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TEATRO

El concepto wagneriano de “obra de arte total” (Gesamtkunstwerk, en la palabra compuesta del alemán) postulaba una obra integral que fuera síntesis de música, teatro, literatura, pintura, escultura, arquitectura. Ese ambicioso proyecto, formulado en El arte del futuro, se condecía con cierto productivo ideal simbolista de sinergia y fusión orgánica entre los lenguajes artísticos que se terminaría de realizar en la experiencia unificadora del espectador. La obra de Pablo Rotemberg aplica más bien un procedimiento de distanciamiento al extraer pasajes musicales de las óperas Parsifal, Sigfrido, Lohengrin, La Valquiria, Tristán e Isolda, para ponerlos en contrapunto con las potentes coreografías creadas por el director y las cuatro bailarinas (Ayelén Clavin, Carla Di Grazia, Josefina Gorostiza y Carla Rímola). El artículo femenino que antecede el apellido del compositor en el título anuncia lo que se verá, una apropiación irónica, sensual y juguetona, una inoculación de desparpajo y corporalidad en el universo wagneriano. Las cuatro intérpretes desnudas —sólo llevan rodilleras, coderas y zapatillas— y el espacio despojado —apenas cuatro sillas y un micrófono lo escanden— generan un efecto de contraste con la monumentalidad de la música y sus grandiosos crescendos orquestales. Casi se podría hablar de una “anti obra total”, dado que la apuesta es más a radicalizar aquello que es específico de la danza, la relación entre forma, ritmo y movimiento corporal, que a generar correspondencias armoniosas entre lenguajes artísticos. El micrófono es usado alternadamente para presentar los fragmentos musicales y escenas o para alguna ocasional intervención oral. Por otra parte, también hay secuencias en las que se recurre a otras músicas —el minimalismo de Phill Niblock o la ligereza glamorosa de una bossa nova a la italiana de Armando Trovajoli—, aguijoneando lúdicamente la belleza neorromántica y solemne de las partituras wagnerianas.

Más guerreras que suaves doncellas, las valquirias de La Wagner desmontan estereotipos de lo femenino, construyen secuencias cuyos hilos conductores son la violencia y el erotismo, unidos o separados. En la tradición de la danza contemporánea, con un despliegue físico imponente, las cuatro intérpretes juegan las secuencias en solos, dúos, tríos o cuartetos, hacen de hombres o mujeres, agresoras o agredidas, dominantes o pasivas, borronean los contornos de los estándares de género. Si hubiera que señalar un clímax de la pieza, sería la escena que titulan “La violación de Carla Rímola”, en la que las otras tres abusan de Rímola y llevan al extremo la cosificación del otro, asunto que también aparece, de maneras menos perversas, en otros pasajes; la forma coreográfica estiliza la violencia, pero no mitiga la perturbación que provoca en el espectador. Con su tenue dramaturgia, con la fuerza de su poética del erotismo fronterizo y de la mixtura irreverente de lo alto y lo bajo, La Wagner pone en escena diversas formas de la violencia y así hace resonar junto a la poderosa música la sordidez que arrastra también el nombre de Wagner, por su conocido antisemitismo y por la apropiación que el nazismo realizó de su figura y de su obra. Está claro que La Wagner no es la obra de arte del futuro que imaginaba el compositor alemán; es una obra del presente en la que punza, renovado y persistente, el pasado.

 

La Wagner, dramaturgia y dirección de Pablo Rotemberg, El Portón de Sánchez, Buenos Aires.

2 Oct, 2014
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