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En El espacio vacío Peter Brook señala que una sala de teatro es como un cristal de aumento y como una lente reductora. La escena puede ser insignificante, pero en su diferencia respecto de la cotidianeidad puede fácilmente separarse de la vida. Y prosigue: “La unicidad de la obra consiste en ofrecer algo que no puede encontrarse en la calle, en el hogar, en el bar, con amigos o en el sofá del psiquiatra, en la iglesia o en el cine”. Es cierto: el teatro es un espacio otro que, sin embargo, hoy vacilaríamos mucho en definir por su carácter meramente ficcional. Veamos si no lo que sucede en La tristeza, que trabaja justamente con aquello que encontramos a cada rato en la calle, en el bar, con amigos o en el sofá del psiquiatra: ese estado de ánimo (esa Stimmung) que le da nombre a la obra y que podría ser incluso un signo de nuestra época. Y, sin embargo, basta que empiece la representación y que la actriz Fernanda Bercovich se apropie rápidamente del escenario y se convierta en recepcionista de una agencia de remises para comprobar que, efectivamente, fuimos transportados a otro espacio: ni la casa, ni la calle, ni el bar. ¿Se puede hablar de la tristeza sin sonar triste? Sí, y valga como ejemplo esta pieza de Consuelo Iturraspe.
La autora ha señalado que la escribió inspirada en el cuento de Anton Chéjov que lleva el mismo nombre. Por lo pronto, hay en la trama de La tristeza un personaje ausente que se ha retirado del mundo: una mujer rusa, reciente compañera de oficina de Sonia (Fernanda Bercovich) y Caballo (uno de los choferes de la remisería y confidente suyo, de quien sólo tenemos el registro de su voz a través del radiotransmisor mediante el que se comunican) y que, con su drástica decisión y ciertas “cositas” que dejó escritas en un cuaderno íntimo olvidado en uno de los cajones, despierta en los protagonistas primero curiosidad y luego misterio. Ella los enfrenta a aquello que, a cada rato y a pesar suyo, vemos tímidamente salir de sus propios ojos y de sus conversaciones, una intuición que proviene de ellos mismos: lo pobre que se les ha vuelto la vida. “La distancia. Temblar en los brazos de alguien frágil. Agonizar. Desenamorarte. Perderte. Una conversación aburrida con un gran amigo. El destiempo. La música que nos habla. La obsesión por el dinero. Las peleas por dinero. La falta de dinero. El dinero. La lista sigue. La lista es infinita. Haciendo una lista entendí que todos los caminos de la tristeza conducen al mismo lugar: el trabajo”. Es el poderoso cierre de esas enigmáticas anotaciones de “la rusa” que Sonia lee en sus tiempos muertos (casi todos) en la agencia y que al espectador le llegan proyectadas en la oscuridad de la sala, como fondos de pantalla o entreactos que consolidan una atmósfera emotiva. La música de Ariel Obregon las pone de relieve. Algo del malestar oculto se ha conmovido; el desasosiego ha dejado de resistirse. Ese texto encontrado funciona un poco al modo de ese disruptivo verso de un famoso poema de Rilke que concluye como si fuese un desgarrador imperativo categórico: “Debes cambiar tu vida”.
La actuación de Bercovich es brillante. Sus diálogos con Caballo, siempre a través de un radiotransmisor, son hilarantes, reveladores por lo intrascendentes. Olvidamos que estamos viendo eso que suele llamarse unipersonal (una única actriz en escena), y el modo en que son abordadas la angustia y el desamparo del mundo del trabajo (en otro tiempo hubiéramos agregado la palabra “alienación”) son lo más lejano a un soliloquio grave en el que el personaje enuncia verdades existenciales, como si ese fuese ya un gesto innecesario o tan cansador como el propio trabajo. Las “verdades”, en todo caso, aparecen en esos juegos de niños que son la materia del tiempo de Sonia en la oficina y de Caballo en el auto: jugar a decir tonterías, a hacerse acertijos y adivinanzas, a simular que discuten en chino o después en coreano. Todo tiene la misma “sabia” y pragmática intención: realizar algo con el tiempo oprimido, hacerlo pasar, llegar con un resto de alegría al final de la jornada. ¿Qué hacer con el tiempo del trabajo cuando este no hace nada con nosotros?
Una digresión que puede ser relevante: desde hace unos meses, en esa misma sala, se representa una obra de Federico León titulada El trabajo. Pero no el trabajo del que se ocupa la obra de Iturraspe (el asalariado y como medio de vida, la actividad vaciada de toda gratificación emocional, además de mal pagada), sino esa ocupación propia del humano relacionada con la interrogación sobre su persona y el mundo: el trabajo con uno o una misma (trabajo de artista, podría decirse, aunque pueda no tener nada que ver con el mundo del arte). ¿Cómo es que usamos la misma palabra para nombrar dos actividades tan inconciliables? Tal vez Sonia, esa empleada que será dejada en la calle por el dueño de una remisería en la obra de Consuelo Iturraspe, en el mundo de la especulación estética encontraría un lugar más hecho a su medida si simplemente la imagináramos concurrente de ese otro lugar y tipo de trabajo que propone, en el mismo espacio y en otro día, la obra de Federico León.
La tristeza, dramaturgia y dirección de Consuelo Iturraspe, Zelaya, Buenos Aires.
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