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Historia de fantasmas

David Lowery

CINE y TV

¿Cómo asimila un muerto la realidad de los vivos? La respuesta es que no puede, y sobre esa atroz constatación se construye este film sobre la pena. David Lowery venía de reverenciar al Terrence Malick de Badlands y Days of Heaven con algo que parecía una recolección de influencias sombrías, recortadas sobre las zonas más reconocibles del ruralismo lírico del New Hollywood. Pero en la fascinante Ain’t Them Bodies Saints (2013) había logrado, también, algo más. Un ímpetu agobiante y obsesivo que lo alejaba progresivamente de la referencia cinéfila y lo acercaba con pertinencia a ese misterio espeso llamado “autoría”. Lowery se lleva a la pareja protagonista de aquella fábula (Rooney Mara y Casey Affleck) y la recoloca en otra que maneja un registro diametralmente opuesto. De los espacios abiertos al encierro triste y del arrebato sentimental a la deflagración del espíritu, la distancia que hay entre Ain’t Them Bodies Saints e Historia de fantasmas es la que existe entre el cine de Terrence Malick y el de Tsai Ming-liang o Chantal Akerman, influencias que Lowery aquí reivindica. Y así como en El río (1997) Tsai ponía a un no-muerto a circular entre vivos con un dolor de cuello que parecía un martirio divino, Lowery pasea un espectro entre ruinas conyugales como en una fiesta triste de Halloween de la que todos han despertado menos el perplejo, silencioso, acongojado protagonista, que cierto día se despierta muerto y, a partir de allí, no puede hacer otra cosa más que observar a los vivos. Sin martillazos dramáticos obvios —pero con un final hermosísimo y sorprendente—, Historia de fantasmas se apropia de la imaginería prerromántica del cuento de miedo y construye sus climas a través de la secuenciación de pormenores, lo que le da al film un tono elegíaco, tristísimo, tenue como la luz de una vela. Rindiendo culto a los desusos de nuestra época, Lowery hace de su fantasma una sábana flotante con dos agujeros allí donde (se supone) deben estar los ojos que miran y captura la dimensión del encierro con el formato cuadrado de pantalla en 1:33. Todo apuntala la sensación de miniatura siniestra, de juguete construido en el taller de Joseph Cornell, esa caja de magia donde las cosas de este mundo podían encontrar una segunda vida siempre y cuando hubieran perdido la noción de lo que es el tiempo.

 

A Ghost Story (Estados Unidos, 2017), guión y dirección de David Lowery, 92 minutos.

 

29 Ago, 2019
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