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Un ciervo en tu memoria

Valeria Cervero

LITERATURA ARGENTINA

“Hay un ciervo en tu memoria / y es su sombra la que seduce o asusta”, dice Valeria Cervero, y más que titular un libro, lo que hace es sumergirnos en una visión. La imagen que recorre los fondos de la conciencia como un bosque, que murmura en la espesura, que remueve los follajes y se raspa con los troncos, que salta a los claros por un segundo y desde allí nos contempla y vuelve a velarse, tímida y lábil, es distinta de una proyección, renuente a resultar un reflejo, propia del ensueño (ese que transforma hasta desfigurar, que transmuta, que descompone para ya desconocer los materiales que ingresaron a su crisol). Así susurran estos poemas, desde la oscuridad de las coníferas del lenguaje, en una marejada de voces que agitan las hojas como reacción a las islas de pensamientos que pueblan la mente.

No hay tema, no hay ilación. El poema va regenerándose, parte de hechos y regresa en sueño. Son las voces de la poeta, las voces que la habitan. Provienen del afuera, de los otros, pero son ella: “Casi la historia / de la humanidad concentrada / en una naranja que aún / no podemos comer”. El poder de captación se articula como un magnetismo natural. Darle cabida a lo que no es uno constituye este yo, el lírico, que se abre como una flor de mil pétalos. “Y es la escucha, / el ramillete perdido bajo la casa, / un refresco de voces desde los cimientos, / la humedad que sube por la pared y no cesa / de nombrar la pluma, el viento, / el metal y la hoja, / el ladrillo o el tono, / el agua o el pétalo”, concluye en “La escucha”.

Porque estar requiere dejarse habitar, absorber los acontecimientos en su inconmensurabilidad, soltarlos en el cuerpo y no temerle a la fermentación que se produzca. Ver el ciervo como hijo de la memoria, y también como su alegoría, como su emanación tangible, como su verdad. Rememorar se vuelve entonces el coraje de soportar el cambio entre lo que fue y lo que se grabó en uno: “el año es ese manojo / de florcitas olorosas e invisibles / que lo inundan todo / y a punto de caer”. La suerte de la poesía consiste en ver y aceptar “antes de que las marcas del árbol / se vuelvan mirada de un cielo interno”. Cuando los ojos se cierran, comienza la alquimia de la memoria.

Y nada retorna como fue. Ni siquiera como se inscribió. “La mariposa de tu mente / deja ver cada centro / que se desintegra”, y en esos puntos se abre un agujero por el que algo cae y algo reflota, alterándose cada vez. El ciervo, con su danza a través de la tierra, parpadea su cuerpo y en él percibimos la belleza de lo irrecuperable. Aquello que reaparece tan cambiado que solo admite ser recibido primeramente con nostalgia y luego, con el auxilio del poema, como el motor que nos permite continuar. “Mi abuela italiana tenía los ojos color del tiempo”, recuerda la poeta y, con la certeza del tropo, impulsa lo vivido a lo por vivir. El ciervo husmea en la tiniebla de la psiquis, humecta y entibia con su aliento, trae del pasado a la abuela transformada, la que será en el poema de ahí en más, “sin otro plumaje ni peso que la vida después”.

 

Valeria Cervero, Un ciervo en tu memoria, Llantén, 2025, 58 págs.

21 May, 2026
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