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Desde los años ochenta, la dictadura militar es uno de los grandes temas de la literatura y el cine argentinos. Un hecho tan reciente como atroz suele ser tratado con una comprensible solemnidad o, por lo menos, con la idea de que se está hablando de un asunto serio, vulnerable. En esta suerte de tradición, Mariana Eva Pérez propone un volantazo insólito, pero justamente por eso bastante peculiar: mezclar las historias de infancias afectadas por el terrorismo de Estado con un romance hot.
Su premisa es la siguiente: Constanza y Matute son hijos de desaparecidos. Ella es una antropóloga forense trabajadora del GAFA (Grupo de Antropólogos Forenses Argentinos), que busca identificar los restos de Elena Carmen Larriaga y Carlos Alberto Agüero, los padres de Matute. Con el Tokio Bar como escenario principal, emblema porteño del barrio de Villa Santa Rita, Constanza intentará convencerlo de que le permita tomarle una muestra de sangre para cumplir su propósito. Mientras crece y explota la tensión sexual entre ambos, los dos se ven obligados a revisar los traumas del pasado, que, además de la herida compartida, tiene mucho más en común de lo que creen.
La novela bien puede caracterizarse como un típico romance juvenil. Sigue a la perfección un tropo que podemos llamar “el síndrome Jane Austen”: un hombre hostil con un corazón de oro que solo emerge con el amor de la mujer correcta. La autora, con un ojo bastante más adulto, tiene el acierto de aclarar desde el principio que Matute no tiene nada de caballero y que, en términos actuales, “la vara de Constanza está bajísima”. Un narrador de focalización cero, que viaja al pasado y al futuro y se mete alternativamente en la mente de ambos protagonistas, muestra que una situación que genera dos carillas de disquisiciones para ella se resume en él en una línea que implica hacerse un mate y masturbarse. De cualquier forma, esta dinámica del género, sumada a las extensas y explícitas escenas de sexo, provocan la misma adicción que cualquier saga orientada a un público adolescente.
Sin embargo, esto a la autora le presenta un problema que no termina de resolver: usar un formato teen para hablar de un romance que sucede entre personas que necesariamente tienen cincuenta años (o cuarentilargos, como mucho). Es imposible pensar que está ambientada en una época anterior: las menciones al gobierno actual, a la IA y a las apps de citas no lo permiten. Los diálogos, cargados de un lenguaje que quiere ser joven e hiperactual, se tornan acartonados. Algunos hechos también vuelven la trama inverosímil, como la facilidad con la que algunos personajes se embarazan, o ciertas crisis entre maternidad y amistad donde una de las partes ya hace años que tiene hijos.
Pero, dejando de lado este desfasaje, el enfoque personal que Mariana Eva Pérez propone para el tratamiento de la dictadura militar es lo mejor de la novela. Al hablar de algo íntimamente ligado a su propia historia, la autora puede permitirse ser liviana, irónica, usar el humor negro y hablar con conocimiento de causa. El sexo se intercala de forma natural con las descripciones del trabajo que hace una institución como el Equipo Argentino de Antropología Forense, y también, con una mirada profunda sobre los secuestros, las desapariciones forzadas y lo que fue la guerrilla montonera.
Constanza y Matute tiene ese potencial: refrescar una forma de hablar sobre el hecho más violento de la historia argentina, pero, sobre todo, interpelar a un público más joven, lector de sagas tórridas y románticas, con una ficción que utiliza sus mismos recursos pero que les habla también sobre la historia política de los setenta, aun cuando no haya sido la intención de la autora.
Mariana Eva Pérez, Constanza y Matute (hacen la porquería), Emecé, 2026, 440 páginas.
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