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Como su título lo indica, El sonido del rugido de la onza es la historia del sonido de un sonido. Escrita originalmente en portugués, la novela relata la historia de dos niños indígenas que, a comienzos del siglo XIX, son capturados en Brasil como parte de un botín científico. La pequeña Iñe-e, de lengua miraña, y un niño sin nombre, de lengua juri, son arrancados de sus respectivas tribus por dos naturalistas europeos que los llevan hasta Alemania. El sonido del rugido parece ser, en principio, el silencio. El lector no oye del todo la lengua real de los cautivos, ni la de sus captores, y la narradora advierte que, para contar esta historia, tendrá que prestarles a sus protagonistas una lengua que no les pertenece, que a pesar de no ser “la misma voz que resonaba por la selva”, es, para ella, “el único medio disponible”.
Esta novela es, entonces, la historia de un límite.
Pero en vez de limitarse a ser El rugido de la onza, a secas, El sonido del rugido de la onza se rebosa a sí mismo y prolonga, ya desde el título, el eco de su eco. La redundancia revela cuán inevitable es la traducción, no solo de un relato como este —mediado por la lengua, la geografía y el tiempo—, sino de todo recuerdo hospedado en el lenguaje. “Esa voz que usted ocasionalmente escuchará en su cabeza —le dice la narradora a su lector— no es la misma voz con que Iñe-e nació”. Al señalarnos una cadena de voces traducidas mediante palabras inaudibles, la narración parece preguntarse por el acto mismo de lectura: ¿qué se oye en la mente al leer? Verunschk elabora una teoría formidable: la lectura, incluso aquella que se hace en silencio, es el eco de palabras escritas siempre en el pasado. Es el sonido de lo muerto. De modo que si leer es imaginar la vida de lo inerte, esta novela es la resurrección de sus muertos y la constatación de que la lectura es un acto póstumo.
Como si supiera que, para dar vida a sus personajes muertos, ella también ha de apagarse, la narradora cede progresivamente su lugar. La primera persona gramatical se convierte en la segunda y luego en la tercera. Narradores incorpóreos y no humanos asumen de repente la voz del relato. Entonces uno percibe que esta novela es, sobre todo, acerca de la posibilidad de convertirse en otro. Así como Iñe-e pasa su cautiverio incomunicada, pero acompañada, la novela avanza hermanando múltiples voces narrativas. Mediante esta decisión estética, que funde y confunde la potestad del narrador, la novela construye una ética de la condición humana. Como los narradores múltiples de la novela, el lector experimenta su propio trance de la primera a la tercera persona: cuanto más lee, más suspende su individualidad, más imagina una experiencia ajena y, sin dejar de ser él, más encarna a otro. Eventualmente el lector se da cuenta de que su naturaleza ya se lo permite, pues, como recuerda Verunschk, es potestad de todo lo humano reconocer su hermandad con lo vivo y lo inerte.
Esta novela inestable nos arrastra en un vaivén no solo de voces, sino también de tiempos (del siglo XIX al presente y luego hasta un pasado incluso anterior), de registros (de prosa literaria a documento antropológico y luego periodístico) y de geografías. Al fin y al cabo, nos arrastra por los estados de la materia del mundo natural, como si los elementos que componen el exterior —el agua, el fuego, el aire y la tierra— fueran la clave para comprender nuestro interior. Entonces la novela se convierte en fábula: nos recuerda que los humanos, junto con el mundo que nos rodea, no somos sino el eco de un sonido primigenio.
Micheliny Verunschk, El sonido del rugido de la onza, traducción de Rodolfo Alpízar Castillo, Elefanta Editorial, 2025, 168 págs.
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