OTRAS LITERATURAS

Koljós comienza con el homenaje oficial que Francia le rindió a la madre de Emmanuel Carrère, una de sus intelectuales más polémicas e influyentes, autora de best sellers sobre la historia de Rusia y la primera mujer en ocupar el cargo de secretaria perpetua de la Academia Francesa. 

Tras la muerte de Hélène Carrère d’Encausse, el hijo retoma el “vago proyecto” anunciado casi veinte años antes en Una novela rusa (2007). En aquella novela venenosa, Carrère contaba lo que no debía contar (“te pido una cosa: que no toques a mi padre”, le había dicho la madre), hablaba de lo inconveniente, lo incómodo, lo indigno: el abuelo Georges había sido, además de colaboracionista, un fracasado con todas las letras, un perdedor nato, un don nadie. 

En Koljós, Carrère se vale de los minuciosos cuadernos del padre, apasionado por la genealogía de Hélène, a los que suma cartas, viajes, fotos, relatos y las memorias de su tío Nicolás, “un mentiroso incorregible”, cuya versión del abuelo causó la enemistad de Emmanuel con su madre. Dos décadas después, pisando los setenta, al hijo se lo nota menos atribulado a la hora de sentarse a escribir un libro que alcanza las 437 páginas —en su versión en castellano—, si bien a poco de empezar repite el mantra que tantas alegrías le ha dado: “Aprovechar la enfermedad (Carrère padece trastorno bipolar) como instrumento de conocimiento” y ponerla al servicio de la creación, como lo hace con las ucronías, esas obstinadas especulaciones sobre cómo sería el presente de haber cambiado algún episodio del pasado. 

Koljós surfea los extremos: el conflicto y la calma, la bonanza y la escasez, la tristeza y la felicidad, la izquierda y la derecha. La oscilación le sirve a Carrère para integrar su obra pasada, de El bigote (1986) a V13 (2022). Implícita o explícitamente pasa por cada uno de los títulos, un recorrido que genera la sensación (típicamente obsesiva) de estar siempre en el mismo lugar y, a la vez, siempre en movimiento. La clave es “contar lo mismo de otra manera”. Entonces Carrère se hunde en el pantano familiar, con sus vacilaciones morales, sus huecos afectivos, el esplendor y las penumbras, y en la historia de Rusia, Francia y Georgia (su prima fue presidenta de la República) y los desastres de la guerra, mientras nosotros, plácidamente, nos hundimos con él en lo que a priori nos importa poco, porque nunca fuimos sovietólogos, ni tenemos ascendencia rusa, con suerte sabemos ubicar Georgia en el mapa y no tendrían por qué entusiasmarnos la entrada de cine que el padre de Carrère guardó en la década del setenta ni las renuncias amorosas de la madre. Sin embargo, no podemos dejar de leer Koljós, aunque apostemos por la demora. 

¿Cómo despierta Carrère esa pasión tan firme? Una pista aparece en la página 255, cuando se refiere al descubrimiento tardío de Guerra y paz —título ideal para describir la relación con la madre—: “Pasa revista a todos los aspectos de la vida en una prosa sencilla y clara, sin misterio aparente, pero esa sencillez, esa claridad, esa ausencia de misterio logran una neutralidad extática”. Aquí un ejemplo de la sencillez de la prosa, dedicada al declive físico y cognitivo del padre: “Parecía haberse quedado quieto en una tarde de otoño, echando una larga siesta al sol”.  

A treinta páginas de concluir, Carrère confiesa que se ha permitido varias licencias poéticas. Con facilidad podríamos suponer que se habrá guardado un par para las últimas escenas: los tres hijos (haciendo koljós) alrededor de la madre moribunda, en la sala de cuidados paliativos. El padre abriéndose paso en el bosque en busca de una promesa.  

Dijo alguna vez Orson Welles que tener o no un final feliz depende de dónde decidimos detener la historia. Y Carrère decide terminarla precisamente ahí, en el momento en que el sol deslumbra a su padre o en el que se cumple el deseo de su madre. Si Una novela rusa era el ajuste de cuentas contra la familia, la historia y fundamentalmente contra sí, Koljós iza la bandera blanca de la rendición, la tregua necesaria para vivir en paz con los mil demonios, más allá de que persista cierto regodeo en trabajar con lo peor de uno mismo, con los inconfesables residuos que nos constituyen. Eso nos hermana con Carrère: aceptar que cada uno hizo lo que pudo.  

 

Emmanuel Carrère, Koljós, traducción de Juan de Sola, Anagrama, 2026, 448 págs. 

9 Jul, 2026
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