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¿Qué se cifra en las elecciones formales de la obra de Guillermo Iuso? ¿En los brillos de las pinturas, en una materialidad que parece tomada de una caja de manualidades y que haría feliz a cualquier niñx? Si es posible tener alguna certeza con respecto a lo que vemos, es que en sus pinturas el tratamiento de la superficie pareciera responder a una compulsión por el relleno. El gesto supone una temporalidad particular, donde la mano puede seguir produciendo, aunque la cabeza esté en otra parte. El pensamiento rumiante, que retoma, insiste y vuelve a pasar por el mismo lugar, pareciera encontrar en ese procedimiento su equivalente material, como se deja ver en su muestra más reciente, Noche perfecta.
Las frases, una constante en la producción de Iuso, y aquello que la vuelve reconocible, habitan ese espacio permeable entre el protagonismo y la marginalidad. Quiero decir, como si hubiera escrito el texto y después hubiera puesto todo alrededor. O, por el contrario, como si hubiera ocupado toda la superficie para construir un hueco en donde entrara el texto. Junto a esta negociación permanente con la frase, lo pictórico despliega una autonomía propia: no ilustra la anécdota y hasta parece indiferente a ella. Hay algo del informalismo en esas porciones de color que se encuentran y se interrumpen mientras van armando una arquitectura sensible y abstracta. De cerca, las obras están plagadas de texturas, se ven las diferentes alturas de los relieves de materia, los garabatos, como costuras ornamentales, que recuerdan la carpeta escolar, la agenda adolescente, la decoración de tortas, una estética que remite, en definitiva, a Utilísima.
El autodiagnóstico, la autolectura, la propia regulación del entusiasmo hacen fracasar la separación entre la obra y el artista, porque el problema está materialmente inscripto en la obra de Iuso. Solo si tenemos presente que el arte es ficción nos podemos reservar el beneficio de la duda. Es cierto que no hay en Noche perfecta, como en momentos anteriores de su producción, un derrotero preciso de una gira con amigxs, ni registros exhaustivos de salidas con chicas. De hecho, hay una sola pintura con porcentajes, una sola que contabiliza, como si ya no hubiera voluntad para el afán clasificatorio. Así, la muestra es una narración que se arma sin arco temporal, las frases nunca terminan de decidirse entre la banalidad y la epifanía, entre la pavada y la revelación.
Su economía de los procedimientos se cifra en cómo trabaja las superficies decoradas, y es justamente esa economía la que impide que las frases se vuelvan simples consignas o aforismos. Como si el carácter procedimental con que construye sus obras obligara a leer de otro modo. ¿Qué hace con estas frases? ¿Cuál es el modo correcto, si es que lo hay, de leerlas? No las ilustra ni las embellece del todo, pero tampoco las vuelve literatura; es como si hasta pretendiera “salvarlas”, por decirlo de algún modo, de su conversión en un artefacto literario. Muchas, ni siquiera parecieran ser sus mejores frases, sino meros apuntes que tienden a una banalidad excesiva: Absolut, Heineken, son algunas de las inscripciones que recorren las obras. ¿Qué vuelve, entonces, a la anécdota merecedora de una pintura? ¿No establece su procedimiento una relación directa con esa forma tan personalísima que son los tuits? ¿Y entonces por qué simplemente no son un tuit? ¿Por qué estos textos tan autorreferenciales, que renunciaron a la pretensión de universalidad, producen, igualmente, identificación? En definitiva, puede que no nos identifiquemos con aquello que le pasa a Iuso, sino con la manera en que se lo cuenta a sí mismo. Ahí logra lo improbable y perturbador: hacernos cómplices de su manera de hablarse a sí mismo.
Lo cierto es que en un tuit la frase pasaría de largo. En su obra, por el contrario, pareciera haber horas invertidas en rellenar los ochenta centímetros que hay de lado a lado de la pintura, entre pomos de brillantina gastados, artesanía y bricolaje. Como si ese tiempo y materia puestos en la pintura la hicieran merecedora de una atención diferenciada, como por una especie de investidura que la distingue, precisamente, tanto del tuit como de la literatura. Con los procedimientos más improbables, con esa mezcla de escritura y decoración de tortas, la pintura entra en ese lugar jerarquizado, sacralizado, y en esa misma operación pone en crisis la investidura, la estira, juega con su límite. La pintura no sale destruida, pero tampoco continúa siendo la misma. Queda obligada a justificar por qué sigue siendo pintura cuando sostiene frases que, fuera de ese soporte, probablemente pasarían inadvertidas. En ese rebasamiento permanente se asienta el hacer de este artista que logra retenernos por insistencia, como lo hace una noche perfecta que no queremos que se termine.
Guillermo Iuso, Noche perfecta, curaduría de Santiago Villanueva, Galería Ruth Benzacar, Buenos Aires, 13 de mayo – 27 de junio de 2026.
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