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Una nena salva a su hermano menor con la imaginación; otra extraña dolorosamente a su hermano mayor, que está de viaje; una estudiante secundaria oculta su embarazo en la escuela una mañana gélida de invierno; una anciana muere en el festejo de sus bodas de oro, tal como había anunciado días atrás sin saberlo (“una fiesta e dopo morire”). Otras mujeres cuidan, dan consejos, sueñan dormidas y despiertas, escriben, leen, fantasean amoríos fisgoneando desde una ventana. Los cuentos de Una conversación prolongada al infinito no romantizan lo femenino, pero sí se demoran en el espacio doméstico, que es el lugar donde las mujeres despliegan sus redes invisibles: son ellas las que en buena medida prolongan la conversación, las que intercambian noticias y gajos de plantas, las que custodian los recuerdos y logran armar refugios, aunque a veces les gane la intemperie.
Y todo lo que se cuenta se pronuncia a media voz, porque estos relatos tienen la potencia de lo que se susurra: como si la narradora nos confiara secretos largamente guardados; secretos sobre los hilos que enmarañan, pero también unen y sostienen a las familias. Y esta cualidad de literatura contada al oído no tiene que ver solo con la naturaleza intimista de las situaciones narradas, ni con la urdimbre naturalmente frágil de la memoria, sino, y sobre todo, con el ejercicio de una sensibilidad para registrar lo pequeño, lo aparentemente intrascendente. El susurro es la forma que encuentra esta escritura para contar sin estridencias, sin dejar de mirar e interrogarse sobre lo que pasa o lo que pasó. En la estela de la narrativa de Hebe Uhart, los cuentos de Una conversación… rehúyen toda afectación o solemnidad; no se encontrará en ellos ningún golpe de efecto, ninguna revelación. Lo que marca el rumbo y el ritmo narrativo es el interés por los rituales y los vínculos cotidianos. Como si allí, en esos lazos, se cifrara lo verdaderamente crucial —y a veces fatal— de nuestras vidas. La narradora observa y escucha atentamente (cómo habla la gente y qué cosas se dice, cómo se mueve en su casa o en la pequeña ciudad) para encontrar en el detalle el misterio de las relaciones humanas, y también de las relaciones con los objetos, los lugares, los tiempos.
En “Uñas”, el cuento que abre el volumen, una nena explica que su mamá le habla al papá, que es mecánico, a los gritos porque este tiene siempre la cabeza metida dentro de los autos; en “Llorar en el agua”, otra nena come masitas y llora sentada en un rincón de una pelopincho tibia y sucia, al final del verano. ¿Acaso estas imágenes, tan singulares, no nos resultan también de lo más familiares? Hay una especie de reconocimiento, de identificación afectiva que opera constantemente en la lectura. Como si, más allá de lo anecdótico, esas escenas nos recordaran que nuestra vida está hecha de esos retazos de experiencia y no de otra cosa; y, sobre todo, que el pasado no es algo que pasó sino eso que sigue pasando cada día y cada noche. Que la memoria de las familias y las vecindades no se transmite en grandes discursos sino en pequeños intercambios, de boca a oreja y de mano en mano, en esa conversación dislocada y anacrónica que incluye las omisiones, los malentendidos y hasta el rechazo; pero también la confianza, la complicidad, la colaboración. Hay un pasaje, precisamente de “Uñas”, que lo ilustra claramente: “En un rincón del patio descubro una planta que no vi nunca. Creo que es la que Marta, la vecina, le regaló a mamá. Ella siempre le trae gajos, así dice: gajos. Yo espero ver mandarinas o naranjas pero en esos paquetitos que trae Marta hay pedazos de plantas con una raíz colgando que tiene todavía un poco de tierra. Entonces mamá las pone un día en un frasco con agua sobre la mesada y después elige un lugar en el patio para que vivan”. Un fragmento que condensa, con gran sencillez y hondura, la poética de todo el libro; un universo literario que nació con estos relatos.
Jaquelina Miranda, Una conversación prolongada al infinito, Casagrande, 2025, 116 págs.
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