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Cuando Brian Eno publicó en 1978 su disco Music For Airports, seguramente no pudo ser consciente de las consecuencias de ese trabajo, que suele considerarse fundacional de la llamada música ambient. Tampoco es presumible que lo sea del todo hoy, pasados casi cincuenta años. Es como si en ese entonces hubiera comenzado a trabajar en una dirección cuyos resultados crecieron hasta volverse un suceso. Para dar una imagen: alguien construye un hotel sin saber que ese establecimiento llegará a ser, con el tiempo, la casa matriz de una afamada cadena hotelera. Por cierto, no se trataba de cualquier hotel, sino de uno cuyo emplazamiento podía estar en cualquier parte y funcionar de manera autónoma, incluso aleatoria. Podía estar en lugares anónimos y de estadías pasajeras, pero también en espacios que pudieran albergar lo más íntimo de la vida de un huésped. El ambient concibió la música en su dimensión espacial y al modo de un hábitat. Ese espacio lo conceptualizó como pasible de ser narrado y vivenciado. La narración era la música (la atmósfera por ella creada); y el transcurrir del tiempo, el sonido de una película que el oyente podía disponer del modo que más gustase y en la situación que juzgara adecuada.
Digamos que estamos en 2026 y que en uno de los cuartos de ese inmenso hotel todavía en funcionamiento se hospeda durante un tiempo Noe Mourier, cantante y guitarrista del grupo de rock indie Coco, y que allí graba un disco solista llamado El cielo fue soñado para mí. Cuando se retira, esa grabación de fuerte carácter introspectivo se ha vuelto habitación, y quien allí entre de ahí en más podrá hacerlo para ir en busca de una conexión más profunda consigo mismo o con el entorno, con ese espacio que ha quedado transformado en música.
El trabajo de Mourier consta de diez pistas, nominadas cada una de ellas con una única palabra: “Merazal”, “Aletehia”, “Catedral”, “Cetro”, “Obito”, “Idilio”, “Tenue”, “Arriba”, “Pausa”, “Florence”. El disco comienza con una superposición de voces suyas que quizás sean el camino de ingreso a ese otro mundo de poco más de media hora de duración que propone la artista, como una suerte de canto gregoriano venido de un lugar cuya divinidad son los sintetizadores. En el universo musical de este trabajo de Mourier dominan los ostinatos levemente desfasados, las texturas que se componen como si lo que estuviesen construyendo fuese un refugio. Las partes de piano, cuando este se hace protagonista (como en “Obito”), son cristalinas y están envueltas en el eco de su propio sonido. La voz de Mourier reaparece en “Idilio”, el sexto tema y ya hacia la mitad del disco, como dividiéndolo en dos. A partir de allí no volverá a escucharse sino hasta el tema final, “Florence”, donde vocaliza una melodía sin letra que se puede interpretar como una suerte de despedida o una preparación del cuerpo frente a la presunción de que está pronta la hora del despertar. Un idilio de la artista con su arte o consigo misma, podría tal vez decirse. “Todo hecho está / Todo hecho parece estar / Nada es como lo contaron / ni como me lo cuento ahora”, dice Mourier en esa canción. Si todo está hecho, la suerte está echada. Si nada es como se cuenta, el desengaño hará ver la realidad de lo falso (de lo que es aparente) como la experiencia de un sueño. “Al final estás cansado de este mundo antiguo”, dice un verso de Guillaume Apollinaire. Aferrada a su grano de arena con el que hacer soportable el mundo (o sumergida en la delicadeza del suyo propio), Mourier canta inmediatamente después: “Pero voy a despejar el cielo / de las nubes malas”.
Como personal del disco figuran, además de la propia Mourier (voz, piano, sintetizadores, samples), Ulises Conti (piano, chelo, autoharp, vibráfono, campanas, copa de cristal), a cargo también de la producción general; Santiago Martínez (sintetizadores); Agustín della Croce (piano, chelo); Lara Baldino (grabaciones de campo, samples) y Martín Feldman (sintetizadores). El cierre se siente como la finalización de una deriva, el movimiento lento y continuo de un objeto que ha entrado en ritmo consigo mismo, algo muy propio de las caminatas con ese costado un poco místico que tienen cuando se practica eso que se llama “caminar al azar”.
Noe Mourier, El cielo fue soñado para mí, Metamúsica Records, 2026.
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