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Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma

Jane Schoenbrun

CINE y TV

Los críticos anglosajones han recurrido con insistencia al adjetivo “surrealista” para darle estructura y anclaje a su entusiasmo por la rareza que entraña el tercer largometraje de Jane Schoenbrun. Es porque no cuentan en su repertorio con una categoría que describe tanto mejor su combinación de absurdo, desenfreno narrativo y metarreflexión: “aireano”. En Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma ―que continúa tensiones ya presentes en el cine previo de Schoenbrun: Todos vamos a la feria del mundo (2020) y Vi el brillo del televisor (2024)―, el gesto reflexivo toma la forma de la obsesión cinéfila. Sería cansador hacer el recuento de todas las referencias y guiños cinéfilos que jalonan esta película de casi dos horas. Solo en los primeros diez minutos aparecen: una escena de rodaje, una referencia explícita a Sunset Boulevard, el hallazgo de una película de culto en DVD en una estación de servicio y una secuencia à la David Lynch que termina con un plano congelado, recurso habitual en el cine B de los ochenta. Además de los créditos, que narran la suerte de Camp Miasma (la película de la primera toma), un slasher convertido después de su estreno en 1983 en una jugosa franquicia, con secuelas y mil productos derivados, desde videojuegos hasta muñequitos a cuerda, y más recientemente objeto de sesudos artículos académicos que condenan su violencia, misoginia y homofobia. 

Kris Williams (Hannah Einbinder) es la cineasta de moda y ha sido contactada por un estudio para dirigir la enésima secuela de Camp Miasma, con la ambición de revitalizar la franquicia. Kris, por su autoidentificación como queer, parece ser la artista indicada para blanquear este producto popular acusado de demonizar a un sujeto trans en la figura del asesino serial que lleva de máscara una rejilla de ventilación de aire acondicionado y una lanza desproporcionadamente grande ―un gesto por demás anticuado en la era de la cultura de la cancelación―. El plan de Kris es convencer a Billy Presley (Gillian Anderson) de formar parte del proyecto. Billy fue la estrella adolescente de la primera película, pero se negó a retomar el papel, y ahora, sesentona, vive recluida ―cual Norma Desmond en Sunset Boulevard― en el sitio donde se hizo el rodaje original. La entrevista se convierte en una ocasión para que ambas mujeres compartan y contrasten su relación con Camp Miasma, con el sexo, con el mundo, con el cine. 

La cinefilia es el fondo del cine de Schoenbrun, pero se trata de la cinefilia de los millennials, que poco tiene que ver con la experiencia de la sala de cine, y está incluso un paso más allá de la cinefilia de videoclub de la generación X ―la de Tarantino, por ejemplo―. Por un lado, la de Schoenbrun es una experiencia de consumo “democratizada” por la televisión y la internet ―medios que ocupan un lugar central en sus películas―. Por otro, como sus historias bien subrayan, es una experiencia solitaria. En su esfuerzo por reclutar a Billy, Kris usa su recuerdo de haber visto Camp Miasma en VHS, de contrabando, a los ocho años, sola, para hablar del poder del cine. 

Sin embargo, la película redobla la apuesta y se convierte con eso en el cierre natural de esta suerte de trilogía sobre las pantallas. En Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma la pulsión cinéfila se vuelve tan extrema que el deseo de los personajes ya no es ver películas, ni siquiera hacerlas, sino vivir en ellas. Con ecos cervantinos, Kris afirma: “Creo que vi demasiadas películas de chica y me cagaron la cabeza”; pero llegado el momento, le confiesa a Billy que ya no está interesada en recrear la escena climática de Camp Miasma en su propia película, sino que también quiere experimentarla, quiere ser un personaje de una slasher, ese subgénero del terror en que un asesino mata sin ton ni son con un arma blanca. El guion acompaña con destreza este planteo: la muerte del personaje de Billie Presley sucedía en el momento de su iniciación sexual, un lugar común del género. Pero no fue solo la iniciación sexual del personaje, sino también la de la actriz. La simbología no es sutil: muere penetrada por la larga lanza, a manos de un asesino apodado “Little Death”, expresión que remite a la petite mort, la asociación, de resonancias batailleanas, entre orgasmo y muerte. La fusión entre vida y arte es tal que no resulta azaroso que los personajes prefieran resolver sus conflictos en el marco de una película, y que su frase promocional “Si se pone demasiado real, siempre podés apagarlo” funcione como un mantra.

El título mismo de la película parece estar dando una clave para su comprensión estética ―si bien el “camp” del título es el sustantivo común en inglés que designa algo así como una colonia de vacaciones, también evoca la categoría que describe la experiencia artística de la comunidad queer, célebremente definida por Susan Sontag como una “sensibilidad” que encuentra placer, con ironía y afecto, en el artificio, la exageración, la teatralidad, el “mal gusto”―. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma está llena de estos gestos y parece querer exhibirse como un compendio del camp. Desde los decorados de cartón y el vestuario kitsch de Billy Presley, pasando por su mero apellido y la ampulosidad de su actuación, hasta las golosinas barrocas con sus paquetes brillantes y el pollo frito de Kentucky Fried Chicken que comen en su primera cena, con su salsa para sopar. Pero el elemento que mejor contiene esta referencia, el que se convierte en una suerte de manifiesto camp dentro de la película camp (en una puesta en abismo que bien señala el patrón compuesto por la máscara de Little Death, reproducida obsesivamente por Billy: un cuadrado dentro de otro, dentro de otro, al infinito), es la premisa del film que ha hecho famosa a Kris Williams: una reversión de Psicosis desde la perspectiva de la cortina de baño. 

 

Teenage Sex and Death at Camp Miasma (Estados Unidos/Canadá, 2026), guion y dirección de Jane Schoenbrun, 112 minutos, disponible en MUBI el 2 de octubre.

24 Sep, 2026
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