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En el marco del New York Film Festival y después de su paso por los festivales de Venecia y Toronto, se estrenó en la ciudad Biografía de Jorge Luis Borges, la última película de Mariano Llinás. Una biografía, una comedia, un documental, un archivo, una experimentación, la película es, ante todo, un encuentro entre dos formas de aproximación estética. Borges por un lado, Llinás por otro. Podría resumirse así: Llinás fue comisionado para filmar el cambio de manos de la colección de libros, manuscritos, fotos, revistas y objetos de Borges (¿la más grande del mundo?) de la familia Helft al archivo de ISLAA (Institute for Studies on Latin American Art); de Buenos Aires a Nueva York. El mandato se desobedece; la película se convierte en una biografía de Borges compuesta a través de los objetos de ese archivo con un sujeto inesperado: el curador del archivo, Ernesto Montequín, la contracara tranquila y erudita de un Llinás salvaje, excesivo, competitivo por descubrir los secretos de Borges y tratar de ganarle siempre al saber de Montequín. Ese afán, claramente, se modera a través de un humor pícaro, a veces infantil, siempre irónico.
Inteligente, profundamente arraigada en el archivo y la tradición, la película explota la compleja articulación entre la obra de Borges y la de Llinás. El género detectivesco, que en la película interpreta la biografía como una investigación policial; el entrevero entre lo culto y lo popular, a través de la mezcla de la biblioteca erudita con los géneros populares (viejos tangos y milongas); la autorreflexión sobre lo que en la obra se está haciendo; el duelo (entre el director y su personaje); la llanura, que tendrá su protagonismo, y el humor, la digresión divertida, la nota irónica. Entonces es la biografía de Jorge Luis Borges, en todos sus momentos, pero allí donde se interseca con lo que Llinás viene haciendo en su obra sobre la cultura argentina. Son intersecciones, en disenso por lo general, no identificaciones.
De las muchas dimensiones que se despliegan a lo largo de más de cinco horas, y ya que se trata de un archivo, bastan tres objetos para desentrañar algunas propuestas de la película: una lupa, un lápiz, un tocadiscos. La lupa dará la dimensión detectivesca; el lápiz, la literaria; el tocadiscos, la biográfica.
La lupa. Objeto de toda la literatura de detectives, que tanto gustaba a Borges y tanto gusta a Llinás, la lupa aparece haciendo zoom sobre las páginas, sobre los manuscritos, sobre los objetos. Es la manera de decirnos que la película intenta buscar algunas verdades, descifrar los secretos de una vida, de una escritura. Y nos coloca frente a la materialidad de la literatura moderna, la que se sustenta en papel, en la escritura manuscrita, en la imprenta tipográfica. La lupa intenta responder preguntas sobre la vida de Borges, es obsesiva, va y viene, enfoca y desenfoca. Y, por supuesto, no devela sino que propone, supone.
El lápiz. Frente a la relación reflexiva y tranquila con los libros y la tradición que Borges supo ficcionalizar, la película elige concretar una violencia material contra los libros. La primera escena es una suerte de “desembalo mi biblioteca” donde, con agresividad, se tiran libros que se sacan de un bolso sobre una pequeña mesa. El lápiz aparece a lo largo de toda la película con la misma fuerza. Subraya páginas de esos y otros libros, sin piedad; es un lápiz grueso, mordido con ansiedad, descascarado. Desarrolla una actividad febril, marcando desprolijamente renglones, pero también destacando ideas en el margen, escribiendo alguna que otra palabra.
El tocadiscos. Con este objeto se introduce el gran procedimiento de “disco rayado” cuando Borges lee sus poemas o ensayos. La vacilación, la repetición, es una forma de recuperar esa incertidumbre que Borges revelaba en entrevistas y lecturas, pero es una forma inteligente de subrayar —en un sentido literal— la voz. Aquí no es el lápiz el instrumento sino la púa de un viejo tocadiscos sobre un viejo vinilo que nos remarca aquello que Borges, con su propia voz, nos dice.
Los tres objetos tienen como función destacar algo en esa duración magmática y a la vez intranquila de la película. Y también traer viejas tecnologías para pensar la cultura, para conectarse con la reflexión. La ansiedad irónica de la película por develar secretos de Borges, por encontrar claves en las lecturas, tendrá su momento de calma al final. Sabemos que los finales en Borges son decisivos; esta película se preocupa por el final desde las primeras escenas. Y encuentra la forma de cerrar esa caja de Pandora que es el archivo de la manera más Llinás posible (pero también de una manera muy Borges): instalarse en la pampa. Que quede por describir esa prolongada escena de un prolongado atardecer siguiendo a un personaje, Montequín, desorientado. Habrá que esperar a verla. Es una gran escena de un sujeto perdido pero a la vez fusionado con el territorio develando un tema que púdicamente se elide y después de más de cinco horas apenas se deja asomar: la patria. Y es también una manera de incorporar al arte la contingencia, aquello que no tiene todavía palabras.
Biografía de Jorge Luis Borges (Argentina, 2026), guion y dirección de Mariano Llinás, 330 minutos.
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