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ARTE

Todo arte fotográfico desata juegos de apariencias, flujos de aparición y desaparición. Su argumento (sostiene Barthes en La cámara lúcida) reposa sobre la evidencia de que “la cosa ha estado ahí”. Esa presencia reclama estatus de certidumbre; pero ¿de verdad es tan indiscutible? Luego interviene otra apariencia, la pseudoeternidad del pensamiento: ¿por qué no se la discute? Tenemos que invertir la dirección del proceso: ¿y si los temas o términos dejan de ser referencia?; ¿y si la retórica fotográfica (asideros estéticos, puntos de fuga, tecnología) se concentra en la forma de mirar? Entonces aparece Guido Guidi. Esta exposición antológica en el Palacio de la Virreina de Barcelona (que constituye la más extensa de su trayectoria hasta hoy) explaya en nueve salas la ligazón de un arte y su personificación. Veamos algunas claves de su juego estético.

Lo cotidiano. La familiaridad es su trampolín de creación. Imaginemos su rutina de profesor yendo a Venecia: recorre idénticos suburbios, campiñas y pueblos de Emilia-Romania, verificando cada detalle de la ruta diaria, deteniéndose una y otra vez con el único objetivo de mirar. Plantea lo inverso a la instantánea. No captura al pasar. Todo lo extrae de una metódica repetición. Vuelve a los lugares porque percibe más de lo que ve. Dentro de él tiene un ojo que mira con libertad. Pero entremedio coloca el visor de la cámara, restricción retórica sin la cual su visión no conseguiría expresarse: la cámara no tiene mente y a veces capta mejor que el ojo, cuando el razonamiento lo interfiere. Sus series concretan un asedio continuo a lo mismo. Son una crítica implícita a la fotografía espectacular o monumental. A cambio ensalzan la repetición. Guidi retrata espacios, claro, pero la repetición transfigura la temporalidad de lo observado.

Lo vernáculo. Amplio es el mundo mental de Guidi. No se recluye en su geografía semirrural. Sabe que lo universal brota de rasgos que trascienden el marco de lo idiosincrático. La posible contradicción, Guidi la resuelve con una ironía que recorre toda su obra. Empieza emulando lo que parece obvio: retrata fachadas vulgares. A continuación se distancia de ellas con diacronías que centran la atención en otro sitio: alguien pasa, el sol reverbera, se ve la sombra del fotógrafo. Se muestra irreverente ante cualquier instante decisivo. Arte, parece decir, es que todo siga ocurriendo; y a la vez que en su seno todo vaya cambiando. Su fotografía desafía la significación convencional. Cada vez tiene que comenzar “desde cero”.

Lo mínimo. ¿A qué se debe tanta atracción por lo despojado y sencillo, versión suya del arte povera? Revisando seis décadas de obra sobresale su tendencia a fotografiar lo que nadie mira; tal vez porque no se exhibe o no tiene presencia. Siente devoción por lo irrelevante. Los bordes de las carreteras que recorre. Todo tipo de no lugares de tránsito. La textura de un muro descascarado. O el passepartout de sus fotografías, donde escribe reflexiones. ¿Es la vida en el margen de los poetas del haiku?; ¿o la vida en los pliegues de Michaux?

Lo oportuno. Su modalidad expresiva es menos afirmación asertiva que tanteo, interrogación. De su obra surge un campo de experimentación inagotable: no reflexiona sobre lo visto (fotoperiodismo) o lo fantaseado (foto publicitaria). Se mete en los intersticios de lo que parece evidente y allí encuentra vacío (traducido en dudas, luminosas o sombrías). Como en el verso de René Char: “au coeur de l’évidence il y a le vide”. Cualquier detalle puede resultar decisivo para decantar su respuesta. El asunto es estar allí en el momento justo. Su arte no busca tanto lo bello a secas, como vivir atento. Tema y objeto de su aguda atención es el goteo de luz entre sombras que el fotógrafo presencia. Como en el Quattrocento. Como en su percepción de campesino de Cesena. Como en el Zen.

 

Guido Guidi, Da zero, curaduría de Marta Dahó, Palacio de la Virreina, Barcelona, 15 de octubre de 2021 – 16 de enero de 2022.

23 Dic, 2021
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