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ARTE

Se puede pasear por Ex nihilo, la muestra de José Quinteros en El Gran Vidrio de Córdoba, como quien se extravía por un laberinto de símbolos y referencias a una visión mágica pero materialista de la historia del arte. Ya sean guiños a estrategias propias de los albores de la modernidad, desde el taller del artista como laboratorio avant la lettre hasta las significación efímera de bodegones y naturalezas muertas, ya sean cuestiones próximas a lo procesual o lo povera, aparecen pistas en la exposición que nos guían en la comprensión de una serie de objetos y ejercicios envueltos, a primera vista, en un halo de hermetismo. Un tono críptico que de entrada supone, en realidad, un llamado al espectador, la reivindicación de un tipo de mirada activa y situada, en búsqueda de cómplices entre el público para desencadenar los poderes últimos de la experiencia estética.

Estos experimentos con hierro, acero, cerámica o aceite componen ensayos sobre los bordes entre lo perceptible y lo imperceptible que, a partir del comportamiento y de vicios de la materia, no terminan de constituirse como esculturas o instalaciones acabadas. Cambian de apariencia según quién y cómo sean vistos; adolecen de una forma definitiva; son obras y, a la vez, dispositivos para imaginar fenómenos que están y no están. O bien se presentan como una suerte de registros performativos, o bien surgen de intervenciones directas aunque mínimas, casi imperceptibles, donde el autor dispone unas condiciones de existencia a la vez que se borra de la escena. Una teatralidad implícita, aunque sin actores humanos. Se le cede el protagonismo al objeto, eludiendo la responsabilidad de sostener en el discurso el peso unívoco de la obra de arte. Que cada una elabore su imagen, nos recuerda la proliferación de superficies de cobre pulido que, con la eficacia de un espejo y el misterio de lo monocromático, nos devuelven la impresión deformada de nuestro propio cuerpo en la sala.

No en vano, el propio artista se refiere a este conjunto de tentativas físicas y materiales usando la palabra “operaciones”. Y es que su procedencia y alcance prefieren la humildad a la grandilocuencia, armando un relato de cómo en la experiencia común, en lo cotidiano, se esconde toda posible trascendencia. Si Dios es la Naturaleza, lo vulnerable, lo contingente y lo azaroso, aquello que puede ser destruido, es el lugar de la epifanía, parece querer decirnos José Quintero. De esta forma, la labor mental y las fuerzas del mundo convergen en un lugar casi religioso, donde lo más ordinario se torna mágico y la realidad puede volverse extraña. Porque, como recuerdan las dos imágenes que recuperan el motivo de la burbuja que decora las puertas de El jardín de las delicias, todo acto creativo es precario y se basa, finalmente, en una destrucción posible. La emergencia de un mundo que se evapora para que otro pueda existir, tal vez dentro de este mismo.

Con las referencias nada veladas a artistas como Víctor Grippo o Liliana Maresca, Ex nihilo trae de vuelta un tipo de práctica que es estética y social, pero también un sentido de lo artístico que se emparenta con el universo de la alquimia. A eso hacíamos referencia con aquello de “mágico pero materialista” de las primeras líneas. Con todo, tanto en las “operaciones” particulares como en su disposición general, la muestra no deja de remitir visualmente a un momento de la ciencia previo a la tiranía del positivismo. La ciencia antes de la ciencia, preindustrial, doméstica y secreta: como el anafre y los químicos bajo la mesa cubierta de fragmentos de barro, un conjunto abandonado en el centro de la sala, a un lado de un mueble expositor con más formas en barro, cerámicas deformes, sobre unos rectángulos de cristal que recuerdan a placas de Petri. Como cuando todavía se trataba de acercarse a la naturaleza de manera modesta para responder la pregunta de cómo es posible que se trasmuten o se transformen determinados elementos. Una curiosidad sincera por la vida de las cosas que en nuestro mundo contemporáneo, sin caer en los lugares comunes de la magia, bien podría haberse encarnado en el creciente interés del arte y la filosofía por nociones como “agencia” o “performatividad”, en las que el sujeto y su subjetividad se corren para ceder el protagonismo a los procesos y las cosas: otras ontologías por fuera de toda voluntad humana o la vida desnuda, más allá de un sentido, un principio y un final.

 

José Quinteros, Ex nihilo, curaduría de Federico Baeza, El Gran Vidrio, Córdoba, 30 de noviembre de 2018 – 1 de marzo de 2019.

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