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Vamos, es el fin. Beso

Emilia Naistat

ARTE

Hay un tipo de pintura que guarda una relación constitutiva con la incertidumbre. Tal vez el procedimiento que hace más visible esa relación es el uso ostensivo del arrepentimiento. Durante siglos, las huellas involuntarias de correcciones que la historiografía de la pintura conoce como pentimenti eran simplemente eso. No se esperaba que el espectador las encontrara, sino todo lo contrario. Pero en la segunda mitad del siglo pasado algo cambió y el pentimento voluntario hizo su entrada triunfal en la ciudad de los recursos formales. Había condiciones para que eso pasara, entre ellas la fascinación que la crítica del período tenía con la idea de que hay algo así como una vida escritural en el cuerpo de la pintura. Si la hipótesis era cierta, el uso de ese procedimiento era la prueba más visible.

En la pintura de Emilia Naistat, el arrepentimiento se combina con un caos que entra por caminos indiciales. A veces, parece haber ingresado tarde a la superficie de inscripción; otras, da la impresión de haber estado ahí desde el origen de los tiempos. De ese modo, toda la pintura se organiza alrededor de esa herida. El caos entra por el costado, bajo la forma de raspaduras, de lesiones que solo una mano desencadenada del ojo puede hacer verosímiles. Son pequeñas escenas de escritura. Son los círculos de una descarga gráfica que crece desde abajo o que hace su marcha lenta desde uno de los lados. Pero también cae desde arriba, como el polvo de una tormenta que se deposita sobre una superficie pulida.

Las pinturas que muestra en Via Monte Galería encierran el misterio de pequeñas explosiones, hundimientos, vibraciones. En cada obra, cada marca está al borde de su propia inexistencia. Tienen la entidad de lo que casi-no-es. Esa cualidad abre para cada una de ellas un espacio de aparición: una zona de indeterminación donde la escala del detalle no hace menos insoportable la violencia con la que vienen al mundo: son pequeñas catástrofes.

Tal vez la pintura que se hace de ese modo solo puede mostrarse como un cuerpo afectado, conmovido por el malestar de portar una identidad vulnerable. Los dos términos del sintagma son necesarios en la obra de Naistat: identidad, porque es clara la voluntad de estas pinturas de persistir en su presencia como objetos cerrados y concluidos; pero vulnerable, porque se abren al entorno, se dejan afectar por el costado en el que la naturaleza imprevisible del mundo las alcanza a herir.

Frente a las pinturas de Naistat pienso en las ideas de Blanchot sobre la escritura como una nada luminosa: un espacio de espera. Es una pintura escritural, es cierto, y sus caracteres centellean alrededor de la nada. Hay que demorarse para ver el retraso de una huella, la rápida recomposición de sus equilibrios inestables. Tal vez ese tiempo sea el mayor de los regalos que estas obras le pueden arrimar al espectador.

 

Emilia Naistat, Vamos, es el fin. Beso, curaduría de Belén Coluccio, Vía Monte Galería, Buenos Aires, octubre de 2025.

29 Ene, 2026
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