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La tragedia de Macbeth

Joel Coen

CINE y TV

La apuesta de La tragedia de Macbeth (2021) es conceptual. ¿Cómo contar la tragedia de Shakespeare luego de los filmes canónicos de Kurosawa (Trono de sangre, 1957) y Polanski (La tragedia de Macbeth, 1971)? Apenas en 2015 Justin Kurzel estrenó su versión, de la que quedan sus imágenes cargadas de impresiones térmicas que guardan las pasiones de la historia. Por primera vez en solitario (es decir, sin la coautoría de su hermano Ethan), Joel Coen toma la pieza teatral a través de una estrategia espacial constreñida, desestima tanto el paisajismo como el uso de locaciones y se desmarca de los filmes previos. El resultado no es una película condescendiente, porque le propone al espectador adentrarse en una atmósfera pesada que deviene una suerte de ensayo claustrofóbico.

Afortunadamente La tragedia de Macbeth no es un mero vehículo para el lucimiento actoral de Denzel Washington o Frances McDormand, sus protagonistas. Lo que hay es una mirada basada en el diseño de producción, aquí a cargo de Stefan Dechant. La aparición de una nueva versión de Macbeth genera preguntas, la principal de las cuales es para qué aproximarse nuevamente a la historia del Lord que, convencido por unas brujas, hace todo lo posible para llegar a ser rey de Escocia. Aquí, la ambición, la sed de poder político de la tragedia de Shakespeare, se plantea a través de un tipo de diseño de arte que remite a cierta experiencia estética contemporánea. O por lo menos eso es lo que sugieren las imágenes, de una textura digital aséptica que provoca un distanciamiento y una opacidad que impiden que la narrativa sea transparente, y que permanentemente empujan al espectador a preguntarse qué es lo que está viendo. El blanco y negro del filme, que también desecha la reconstrucción histórica (siempre arbitraria en el cine) está lejos de ser nostálgico como, por ejemplo, en Roma (Alfonso Cuarón) o Cold War (Pawel Pawlikowski).

El mundo que plantea Joel Coen, que vuelve a nacer como cineasta con esta nueva ópera prima, lo constituyen espacios de líneas simples que prescinden de adornos. Hay rasgos del cine originario, del expresionismo alemán, pero, de nuevo, no se trata de un homenaje. El horizonte está marcado por la suspensión, la bruma está detenida como la tinta en un pedazo de cartón que pinta un paisaje; el cielo de la noche estrellada y donde vuelan los cuervos que forman la imagen de la corona negra (es decir, el presagio de la muerte que anuncian las brujas, a las que da vida la fantástica Kathryn Hunter con la inquietante contorsión de su cara y cuerpo), es parte de un mundo más encapsulado que contenido.

En el castillo de Macbeth no hay objetos extravagantes, ni siquiera alfombras o cortinas fastuosas, sólo espacios de hormigón crudo que transmiten una sensación de pureza. Destacan los corredores y escaleras que colocan a los personajes en situaciones moralmente comprometidas, como ese plano de Macbeth en el rellano mirando a los que están a sus pies, o los arcos que tientan a entrar en la oscuridad. El vestuario, neutro, sin excesos, remarca una sospechosa imparcialidad. No deja de resultar curioso que Apple sea la plataforma que distribuye La tragedia de Macbeth. La película remite al diseño de sus productos estrella, que dominan el mundo.

Al adaptar la pieza de Shakespeare, Coen la pervierte. Funda su planteamiento en la creación de un mundo impoluto en apariencia, donde la mancha de la traición y la venganza están, quizás, en las entretelas de su construcción. Es un guiño a nuestro presente que refleja que las incendiarias pasiones que llevan a Macbeth y Lady Macbeth a su ascenso y caída contradicen la idea de un mundo ordenado, desinfectado, que niega lo virulento, lo maligno.

 

The Tragedy of Macbeth (EEUU, 2022), guión de Joel Coen a partir de la obra de William Shakespeare, dirección de Joel Coen, 106 minutos, disponible en Apple TV+.

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