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Oppenheimer

Christopher Nolan

CINE y TV

De centro implosivo y bordes redondeados, Oppenheimer alcanza en su onda expansiva al cine entero de Christopher Nolan dotándolo de esa pretendida madurez que los premios de temporada se empeñan tanto en validar. El personaje elegido no es menor, un J. Robert Oppenheimer de formales traje y sombrero contenidamente compuesto por Cillian Murphy que es reflejo turbio para la humanidad en su creación de un arma de sofisticación genocida. Por supuesto, no es la única materia a la que se abocó el inquieto físico estadounidense, pero sí la que lo eyectó a las primeras planas de un siglo XX que recién despertaba a la corrosión nuclear y sus fantasmas de Guerra Fría. Parado a medias entre la biopic histórica y el thriller de botón rojo con base en el libro Prometeo americano de Kai Bird y Martin J. Sherwin, Nolan gesta un fresco nuclear en el que colisionan ciencia, política, ingenio militar y patriotismo con resonancias evidentes en una contemporaneidad de ensambles opacos.

Esa brecha entre lo visible y lo invisible, lo microscópico y lo macroscópico, lo abstracto y lo concreto es la que le interesa especialmente al director, que insiste en mostrar cómo una fórmula de pizarrón mental se convierte en una bomba de destrucción masiva. Para llegar a ese acontecimiento para el que no existe representación posible (y no la habrá, afortunadamente), Nolan construye su película de tres horas átomo a átomo en un montaje presuroso en el que se intercalan individuo y sociedad. En su esencia, Oppenheimer es la típica biopic que subsume una vida en un ramillete de sucesos significativos: en este caso, la llamada gubernamental invocada por el coronel Groves (Matt Damon) a que el genio cambie el gueto académico por el servicio a la nación dentro del Proyecto Manhattan; una intriga adúltera de connotaciones ideológicas que involucra a la abnegada esposa Kitty (Emily Blunt) y a la amante comunista Jean Tlalock (Florence Pugh); y la audiencia interna de posguerra en que Oppenheimer es despojado de influencia por sus propios acólitos por iniciativa del celoso Lewis Strauss (Robert Downey Jr.).

Lo que despega a Oppenheimer de retratos afines como La teoría del todo (2014), El código Enigma (2014) o Una mente brillante (2001) es la crucial hora intermedia, cuando ya instalado en Los Álamos el protagonista pone a punto el artefacto explosivo junto a su equipo en una progresión espeluznante. No vuela una mosca en el desierto al momento de la detonación nocturna de la prueba Trinity, metonimia con forma de hongo que prefigura la catástrofe de Hiroshima y Nagasaki. La cámara registra el estallido con incendiaria belleza asordinando las consecuencias absolutas, irreparables, cósmicas del evento, cuyo artífice cita al Bhagavad-Gita en un rapto de éxtasis tanático: “Me he convertido en muerte, el destructor de mundos”.

Por lo demás, para ser un largometraje sobre una ciencia vanguardista, Oppenheimer echa mano a recursos manidos: flashbacks, alternancias de color y blanco y negro y visualizaciones perezosas de los fenómenos de la física. Como ya hizo en las especulativas Tenet (2020), Interestelar (2014) y El origen (2010), Nolan les roba fuego cuántico a los dioses para importarlo a las colinas de Hollywood, aunque su principal talento siga siendo la narración clásica como la exhibida en Dunkerque (2017). Oppenheimer es, en ese sentido, un drama sobre la dualidad y la causalidad, como demuestra la escena clave en la que el presidente Harry Truman (Gary Oldman) le dice al físico arrepentido que nadie se acordará de él al momento de evocar la bomba, haciéndolo sentir el alfeñique de una cadena de mando que sólo Hannah Arendt podría descifrar. Pero es cierto que con Oppenheimer Nolan logra por fin conciliar su lado nerd (¿no es su criatura amoral un villano de Batman?), dando un golpe maestro a la opinión pública que lo declara héroe autoral.

 

Oppenheimer (Estados Unidos/Reino Unido, 2023), guion y dirección de Christopher Nolan, 180 minutos.

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