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Pobres criaturas

Yorgos Lanthimos

CINE y TV

Siempre vale la pena recordar que la gran mayoría de las adaptaciones sobre Frankenstein o el moderno Prometeo —cinematográficas, televisivas, animadas— han puesto el foco en el relato terrorífico del monstruo asesino, con tornillos en el cuello, deficiencia cognitiva y los brazos estirados para caminar. Nada más lejos de la novela clásica de Mary Shelley, que es paradigma del terror gótico, cierto, pero ante todo una historia fundante del romanticismo inglés. Luego del derrotero de asesinatos, la novela llega a su núcleo más interesante cuando el monstruo, en un capítulo que es una epístola escrita por él mismo, comienza a descubrirse nada menos que como un ser humano. Crítica de la razón utilitaria y positivista del siglo XIX, la novela de Shelley es un constante descubrimiento de lo sensible. Disposición para el afuera que, sumada a una introspección profunda y a una curiosidad minuciosa por el dolor y el placer, son los ingredientes vitales con que cuenta Pobres criaturas, la última película de Yorgos Lanthimos, para erigirse como una más que digna relectura de Frankenstein.

El filme, en realidad, es una adaptación directa de la novela con nombre homónimo escrita por el escocés Alasdair Gray. En este caso, Bella Baxter (Emma Stone), creada por God (Willem Dafoe), no huye de casa con sed de masacre sino con unas ansias inamansables de goce erótico y aventuras excitantes. Para hacerlo, encuentra un aliado en Duncan Wedderburn (Mark Ruffalo): un carismático libertino que, luego de acolitarle a Bella todas sus pasiones, no tarda en ser aplastado por la libertad soberana y desparpajada de la criatura y sucumbe al veneno de los celos, deviniendo ya no en el dandi vicioso que aparentaba —del tipo Lord Henry en El retrato de Dorian Gray—, sino en una especie de Otelo inofensivo.

Varias críticas hablan, para bien o para mal, de la liberación femenina que supuestamente tematiza la película. Considero que esta es la lectura más superficial. La lección de Pobres criaturas (si la hay) no sólo es la del triunfo del albedrío por sobre las buenas costumbres, la libertad sexual sobre la mojigatería, etcétera: todo esto ya lo sabemos, no es nuevo. La imaginación moral que el filme nos propone tiene que ver con la posibilidad de vencer vitalmente, incluso al libertinaje, con la alternativa del autoconocimiento. Si bien Bella desea vicio y no escatima en empantanarse en este hasta el paroxismo, pronto comienza a degustar nuevos tipos de placeres que van ensanchando su sensibilidad. Luego conoce los libros: bebe del estoicismo de Emerson y del cinismo de Diógenes (“No me tapes el sol”, exige Bella a Duncan). Con todos sus excesos kitsch, sus planos angulares, aberrados, y los caprichos estilísticos de Lanthimos (quien en esta película peca como en ninguna anterior de hacerse el extravagante), el universo de Pobres criaturas es todo lo contrario al maniqueísmo moral de Barbie.

La película se regodea en la ironía, en lo innombrable, en los matices intercambiables de los juegos de poder. El personaje de Emma Stone, suplidas ya sus necesidades sexuales, es arrollado por una ansiedad ontológica que lo obliga a nombrar y localizar en órganos específicos los sentimientos más confusos del ser humano. No sin éxito logra ponerles palabras: decepción mezclada con ternura; aburrimiento y cariño; violencia y goce. Una curiosidad clownesca, disposición generosa con lo vivo, sólo explicable como el cultivo paciente y amoroso de sí misma.

Hay que decir, para ser justos, que Lanthimos perfecciona por un lado su estilo, enrarece las transiciones y vuelve una marca autoral la extrañeza de los diálogos y las réplicas inesperadas. Por otro lado, el director no puede a ratos con su propio genio y, lo que ya es desopilante y enigmático, lo vuelve hiperbólico y disparatado. Es posible que el verdadero absurdo, el más efectivo dislocador de la realidad, tenga más que ver con la densidad climática de una situación concreta que con la enumeración de sinsentidos, imágenes e ideas. Así pues, como hay más mundos posibles en las dinámicas domésticas de Canino (2009) que en todos los multiversos empobrecidos de Marvel juntos; de la misma manera, hay más geografía, vitalidad e imaginación en el rostro perplejo de Emma Stone y en su cuerpo recién estrenado, que en los neogóticos Lisboa, París y Londres que la película se molesta en escenificar a todo color.

Bella es la película. Ella —literalmente— es hija de ella misma, pues fue creada por God con el cuerpo de una embarazada suicida y con el cerebro de su bebé sin nacer. La nacionalidad griega del autor hace inevitable una asociación dramática: una especie Edipo neonato en cuerpo de Yocasta. Lo que quiere decir, como habría querido Deleuze: un Anti-Edipo, dueño de sí mismo, exento de las determinaciones del destino, de la identidad, del género y del mercado. Así es Bella Baxter. Y es contagiosa.

 

Poor Things (Reino Unido/Estados Unidos/Irlanda, 2023), guion de Tony McNamara a partir de la novela de Alasdair Gray, dirección de Yorgos Lanthimos, 141 minutos.

1 Feb, 2024
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