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Romería es el tercer largometraje de la directora española Carla Simón, después de Verano 1993 (2017) y Alcarràs (2022), films que ya dejaban ver su inclinación por narrar desde una experiencia personal apenas velada. La película sigue a Marina (Llúcia Garcia Torres), una adolescente huérfana, que tras cumplir la mayoría de edad viaja a la ciudad costera de Vigo para hacer un trámite legal que será la excusa para intentar reconstruir cómo fue el romance entre sus padres durante los años ochenta. En la primera escena, Marina espera en una oficina parecida a un registro civil y la secretaria le explica —con eufemismos— que, para certificar su identidad, necesita que sus abuelos la reconozcan como descendiente. El problema, entonces, tiene que ver desde el comienzo con el estatus social de Marina: la hija no reconocida de un ex traficante de heroína que murió en 1992. La actuación de Garcia Torres encarna con soltura los diferentes momentos que atraviesa el personaje: de una inicial sumisión o resignación a la desigualdad de sus circunstancias, hasta poder rectificar en voz alta ante el notario que su padre no murió de hepatitis C sino de sida.
Romería problematiza la superficialidad de una clase alta —genuinamente en decadencia— desde un lugar muy particular. Marina aparece, una y otra vez, en los márgenes de conversaciones que no le pertenecen: rumores, chismes, susurros, discusiones, indiscreciones que suceden fuera de campo. Simón desplaza el centro hacia el sonido y convierte la escucha en forma de puesta en escena. Es ahí donde la imagen sonora revela a Marina como outsider. Hay una distancia, una brecha emocional y económica, que solo es posible mostrar a través de lo que Marina oye de sus parientes, pero donde no puede intervenir.
Hay un pasaje que resalta por cómo expone el rol del dinero en la familia. Todos los nietos hacen fila frente al abuelo que premia y reprocha a sus descendientes con una mensualidad que esperan ansiosamente. La incomodidad de la situación es doble, no sabemos qué le espera a Marina por su distancia emocional con los primos, pero también por el rito del “beso” que los nietos dan a su abuelo a cambio del premio en efectivo (hemos escuchado que la abuela entraba a la habitación de su hijo con sida con guantes y casco para no contagiarse). Simón logra generar una tensión dramática notable mientras avanza la fila de primos.
Marina tiene una cámara. Hasta el momento, la única manera que ha tenido de conocer su origen ha sido a través del diario de su madre. Los dispositivos de mediación cobran importancia, no sólo como elementos que acompañan la acción, sino como vehículos del lenguaje cinematográfico para enriquecer la historia. Los momentos en los que escuchamos el diario de su madre (hasta 1985) con la voz de Marina, por caso, están filmados cámara en mano. Esto provoca un efecto de videocasete o grabación familiar. Marina se encarga ella misma de documentar esta nostalgia por una infancia que no pudo tener.
La película ensaya un desdoblamiento narrativo posible gracias a la mediación de las imágenes. La noche en que Marina vandaliza la casa de sus abuelos para devolverles el dinero —ese soborno afectivo destinado a comprar su firma ante el notario— ocurre un quiebre: la rabia, hasta entonces contenida, encuentra salida. Llega al puerto, toma un bote hasta el edificio donde supuestamente vivieron sus padres quienes le tienden una escalera desde la terraza y la invitan a subir. Entra en juego la lógica de la alucinación, del mundo onírico, incluso el surrealismo (gracias al efecto analógico de la imagen se mantiene esta ambigüedad); se superponen imágenes de un romance entre Marina con su primo Nuno (Mitch Robles), mientras la voz en off lee pasajes del diario de la madre que terminan de reconstruir la historia. Dar explicaciones a este fragmento del film sería banalizar la complejidad narrativa de Simón.
Romería es una película sobre la búsqueda de la identidad sin maniqueísmos, sin flashbacks, ni explicaciones que sobran. También, es una ácida crítica al rol del dinero en los entornos familiares y una bellísima experiencia que usa todos los recursos audiovisuales y dramatúrgicos a su alcance.
Romería (España, 2025), guión y dirección de Carla Simón, 115 minutos.
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