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A propósito de Green Book, de Peter Farrelly

DISCUSIÓN

El gesto de Peter Farrelly para hacerse con un par de premios Oscar este año es doblemente ruin. Green Book es un subproducto de diseño tan ostentosamente burdo que la operación comercial también incluye sacarse de encima a su hermano Bobby, según la leyenda nunca consensuada, el más proclive de los hermanos Farrelly a esa estética de pedos, mocos y eructos que los transformaron, allá por los años noventa, en pesos pesados —muy pesados— de la taquilla. Lejos de su socio procaz, el más “pensante” de los Farrelly echa mano a un tema “comprometido” (la segregación racial), una estética siempre tentadora que incluye la reconstrucción de época (contrariamente a lo que pueda creerse, el Oscar al diseño de producción es uno de los más codiciados en Hollywood) y una estructura narrativa que nunca envejece ni queda mal, la de la road movie aleccionadora. Una vez hechas estas elecciones (tan milimétricamente calculadas en oficinas de marketing y producción que, frente a Green Book, cualquier film dirigido por Michael Bay podría pasar por cine de autor), Peter Farrelly hace todo mal. Elige para ilustrar el conflicto racial entre blancos y negros a una figura por lo menos controvertida (el músico Don Shirley) y lo pone a interactuar con el estereotipo del ítaloamericano tosco y prejuicioso (Tony Lip), para armar con ellos una lección escolar de tolerancia que ni siquiera respeta una parte de la verdad histórica. Green Book, entonces, no nos habla de los Estados Unidos de la década del sesenta, partidos al medio por las siniestras Leyes de Jim Crow que grabaron a fuego la segregación, y tampoco hace justicia al orgullo con que la comunidad cultural afroamericana enfrentó esa época de persecución e ignominia. En su lugar, ofrece una especie de fábula educativa, salpicada de pegajosa moralina, en la que un proletario blanco pasea a un aristócrata negro por una realidad que sólo se muestra a través de lugares comunes.

¿Es legítimo pedirle a Green Book que se transforme en un manual pedagógico? Claro que no, si no fuera porque al iniciarse el film aparece ese cartelito siempre tan inquietante que anuncia que la película está “basada en hechos reales”. Entonces uno tiene aquí la obligación de decir que Shirley (personaje mucho más interesante como sujeto de una probable biografía documental que como palanca ideológica de un film de “ficción”) fue un músico, por lo menos, indiferente a la poderosa corriente política y concientizadora que invadió la música de sus pares, y que en esos mismos años la postura integracionista que celebra Farrelly era fuertemente cuestionada por el Black Power más reivindicativo. La concientización de la que hace gala Green Book, entonces, no hace más que reafirmar la corrección política de estos, nuestros tiempos, en los que filmar ciertos temas puede deparar premios y prestigios varios mientras se lo haga de determinada manera, aun al riesgo de anquilosar y fijar las sensibilidades colectivas que, muchas veces, posibilitan los sustratos sociales prejuiciosos que se pretende cuestionar. Al margen de estas consideraciones, y para quien no se interese demasiado en estas profundidades culturales, hay que decir que en Green Book no sólo late el conservadorismo más rancio que pudiera esperarse, sino que está mal actuada y peor narrada. En ese sentido, Peter Farrelly ha producido una auténtica rareza. Con el inmemorial conflicto entre blancos y negros, produjo una película “rosa”. Una de esas que, a lo largo de todo el metraje, le indican permanentemente al espectador cuándo reír, cuándo llorar y, por supuesto, cuándo indignarse.

 

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