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La poesía en la hora de los subgéneros

DISCUSIÓN

El último llamado a Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes suscitó en estos días un debate interesante. El motivo: los géneros que la convocatoria enumera (ciencia ficción, fantástico y terror) y las razones que la directora y algunos de los jurados han desarrollado para justificarlos.

La discusión se volvió álgida, incluso agresiva, y desigual, ya que las voces oficiales cuentan con la posibilidad de argumentar desde los medios, y las alternativas se han manifestado sobre todo por redes sociales o mediante notas y adhesiones.

Lo interesante son los argumentos, las posibilidades de pensar y repensar la literatura que el debate abre, así como la función del premio.

Entre quienes defienden el recorte, no sin contradicciones, se argumenta una marginalidad del género, al mismo tiempo que se citan autores como Borges, Bioy Casares (mucho menos Silvina Ocampo), entre los nacionales, y muchos otros entre los internacionales. La argumentación fluctúa entonces, autocontradictoria, entre la cita prestigiosa y una reivindicación de lo “nuevo” (en tanto habría una nueva forma de los géneros) o lo “desatendido”.

Desde el punto de vista de la significación del premio, Mariana Enríquez, la nueva directora del FNA, habla de un estímulo, lo que no deja de ser interesante. Un premio refrenda, da prestigio, se sabe, y puede funcionar como factor de promoción y novedad. En ese sentido, sin embargo, las convocatorias deberían darse a difusión con más antelación, porque a pesar de que hay quienes hacen pública su intención de producir o modificar textos para que se ajusten al género, el tiempo de cuarenta y cinco días desde el anuncio hasta el cierre del concurso no permite una consideración seria de la idea de estímulo.

Respecto de otras objeciones se ha presentado un comunicado que reunió más de cuatrocientas cincuenta firmas en tres días, en el que destaca una defensa de la poesía. Las autoridades del concurso han reconocido que “puede ser difícil” para los poetas encuadrar su trabajo en este llamado. Se pueden encontrar poemas con temáticas afines a la ciencia ficción, lo fantástico y el terror, por supuesto. Sin embargo, como señaló Daiana Henderson, no es el tema la cuestión del poema. Y esto es así, se podría decir, desde el principio, no sólo desde la idea moderna del estilo (Flaubert) como definición de lo literario mismo. ¿De qué modo pensar la repetición de tópicos tradicionales desde la poesía antigua sino como un privilegio del tratamiento, del arte y de la técnica sobre la materia? Lo mismo puede decirse del barroco. En el romanticismo se trataría más bien de una “visión poética”, algo como un sesgo sobre cosas, sujetos, modos, que el poeta construye en una trayectoria que abarca poemas, paratextos, modos de vida incluso. Después del modernismo, lo poético es el tratamiento sobre el lenguaje, un lenguaje que llega, en ocasiones, a desasirse casi por completo del objeto, para mostrarse en el juego entre los significantes. Esta idea también fue puesta en cuestión después, pero nunca deja de funcionar como fondo, aun de la llamada “poesía confesional”. Son las posibilidades e imposibilidades del lenguaje, su articulación poética, lo que da lugar a lo literario y sus variantes, porque, como dice un aforismo de Lichtenberg, “en ningún lugar habitan monstruos más extraños que en las profundidades de la sintaxis”. Por eso, José Villa da ejemplos de poetas argentinos contemporáneos que han desarrollado algo de esos géneros: Germán Arens, Jorge Aulicino, Marcelo D. Díaz, Daniel Durand, Darío Rojo, Irene Gruss, Julia Sarachu, Daniel Samoilovich. Pero agrega Villa: “La cuestión es que no han escrito con las clasificaciones establecidas, sino al contrario”.

Se abrió a discusión también la idea de que esta elección genérica permite dejar fuera un tipo de poesía, al parecer agotado, que se llamó, laxamente, “poesía del yo”, al mismo tiempo que Enríquez propone leer los desdoblamientos de la categoría gramatical de la persona en Pizarnik como pequeños cuentos de terror, una idea genial para, por ejemplo, escribir un ensayo. Tanto Poe como Freud, Camus y Cioran coincidirían en que los monstruos más aterradores son los que viven en la profundidad del sujeto. Pero Verónica Yattah extiende la apuesta y afirma que defiende una “poesía sin temas pero llena de imágenes / poesía en verso, poesía en prosa, poesía breve y de largo aliento. Poesía intimista, íntima. Sí: porque reivindicamos la emoción y una intimidad que pide antes un diálogo amoroso, a veces más amable, a veces enroscado. Con todos los matices posibles, con contrastes, un diálogo permanente con las personas y los objetos, con el mundo que nos rodea. No es un ensimismamiento, todo lo contrario. Trabajo de hormiga la escritura, generoso y atento. Poesía íntima incluso cuando no haya un poema escrito en primera persona, porque sin ese pacto yo/tú entre el poema y quien lee, no hay poema”.

Entre paréntesis: ¿ha quedado olvidado también el objetivismo, ahí donde la poesía se aleja tanto del tema como del sujeto para acotarse a la percepción, con o sin dimensión metafísica?

Y más allá de eso, ¿hasta dónde se extienden los géneros, incluso los géneros “narrativa”, “poesía”, “ensayo”, que el llamado del FNA reconoce pero pone a competir entre sí? Desde el punto de vista del aforismo de Lichtenberg, ¿entraría todo en el terror, o en la fantasía? Estos géneros, que se han definido siempre desde la narrativa, ¿son temáticos? ¿O tienen que ver con efectos esperados en el lector, con una visión del autor, o con la relación con una supuesta realidad y una capacidad crítica? ¿Hay géneros más adecuados que otros en determinados contextos sociales? Los matices son infinitos. Hay hallazgos en el camino, posibilidades literarias tal vez insospechadas. Pero no se sabe qué idea va a determinar las inclusiones y exclusiones del jurado, y eso genera incertidumbre, si se desea aspirar al premio.

Diego Bentivegna se pregunta: “¿Puede haber en el Fondo concursos destinados a premiar obras que participen de ciertos subgéneros, como los que se nombran en la convocatoria? Claro. Pero no debería hacérselo en detrimento del premio para promocionar la producción literaria en general de la Argentina. Se puede generar otro premio, buscar fondos para eso, tal vez de las editoriales que operan con esas formas y que inciden, por ejemplo, en las lecturas escolares. Pero no hacerlo perjudicando a las personas que, en general, escriben y que no se ciñen ni al fantástico, ni al terror ni a la ciencia ficción”. Por lo demás, se destacan algunas omisiones: la necesidad de rever las modalidades de elección de los jurados, la relación del FNA con las editoriales y el mercado, la revisión de los géneros tradicionales; en cuanto al federalismo, afortunadamente se ha extendido mucho esta vez, con cinco premios por zonas.

Por lo visto, el sueño de Flaubert, el de un libro sobre nada, ha quedado para muchos en el pasado. No se sabe qué deparará el futuro. Este es el presente: uno controversial, en el que se demuestra que lo literario está siempre del lado de las preguntas, que su vitalidad no disminuye, que plantea cada vez —más allá y más acá de los enfrentamientos por poéticas, grupos, defensas desinteresadas o tensiones y ambiciones personales— las preguntas esenciales por la relación de la palabra con las personas, las ideas, los afectos, y el mundo en que se vive.

Por ahora, en tanto la nota que pedía la revisión de la convocatoria no ha sido atendida, y hasta tanto se tenga tiempo y ganas de avanzar con missreadings creativos como los que teorizó Harold Bloom y propone Enríquez, tal vez lo mejor sea seguir el consejo de ciberterrorismo literario que dice: hay que mandar todo, mandá lo que tengas, y que se arregle el jurado.

¿Continuará?

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