No es un mundo sin Borges, todavía
En Vidas americanas (2024), Patricio Fontana se había ocupado de la emergencia del género biográfico en el siglo XIX, en la obra de Sarmiento, Alberdi y Juan María Gutiérrez. Ahora, mediante un salto temporal, se aleja del centro canónico para arrimarse hasta los Arrabales de la biografía. Y allí, en los márgenes, encuentra los libros que le están aportando vitalidad a la literatura argentina contemporánea, en tanto experimentan con “modos heterodoxos, transgresivos y aun paradójicos de contar una vida”.
Con estilo diáfano, salpicado de humor y remates ingeniosos, pero sin perder rigor crítico, Fontana enfrenta sus preguntas con diferentes recursos: análisis de paratextos (tapa, contratapa, portada, faja, subtítulos, página final); mirada al contexto (editoriales, traducciones); construcción de series (tradiciones, estilos); registro de efectos inmediatos (entrevistas, reseñas, posteos en redes sociales); uso de la propia base teórica y crítica (una formidable acumulación de lecturas). Así, por ejemplo, la hipótesis que ofrece sobre “Tres años con Derrida” —único ensayo, de los siete que componen el libro, sobre un autor extranjero— es que, en ese detrás de escena, en ese making-of de su biografía sobre Jacques Derrida, Benoît Peeters no deja de hablar del tiempo porque debe hacer verosímiles los tres años que le llevó escribir las mil páginas de ambos libros. Muy cerca también de la idea de making-of, en “La luz negra” se narra una búsqueda que podría haber terminado en una biografía, pero que la novela de María Gainza descarta porque prefiere un “identikit”, una imagen difusa, antes que la decepción que produce en las biografías la revelación de los secretos. Sensación que se comprueba cuando, después de que, en Migré, Liliana Viola evitara decir el secreto de su biografiado, Fontana persigue esa incógnita más allá del libro y, tras quince páginas de una trama ensayística llena de suspenso, descubre aquel nombre temido.
Por otro lado, Arrabales de la biografía se ocupa también de un grupo de textos basados en conversaciones. Es el caso de Magnetizado, donde Busqued conversa con el asesino Ricardo Melogno. Fontana, para no “incurrir en la inercia o el automatismo críticos”, evita seguir las lecturas que lo consideraron un libro inclasificable y lo define como ficción, porque, más que imaginar, Busqued ordena el desorden y “forja” una forma para el relato. Leila Guerriero, por su parte, trabaja “en caliente”, por eso lo que resalta de su charla con Bruno Gelber no es tanto un archivo de vida sino el registro de todo lo que pasa en sus encuentros: “una prolija notación didascálica” que llega hasta a ocuparse de un hipo que no se va. Con el libro de Gabriela Massuh sobre María Elena Walsh, en cambio, el problema es la autoría: dado que se conversa, ¿se trata de una biografía o de una autobiografía?, ¿quién controla el relato?
Finalmente, en una tercera vía, como Imprenteros, de Lorena Vega, además de un libro es una obra de teatro, el crítico debe poner el cuerpo: viaja en subte para asistir a una función y así se vuelve más informal, subjetivo y hasta desafiante, cuando se cuela en las argumentaciones con varios “me gusta usar”, “mi sensación”, “me gusta pensar”.
Entonces, ¿Fontana es alguien que no puede abandonar lo que lo obsesiona y fuerza la lectura hasta encontrar el género en todas partes? ¿O más bien es solo un fan de la biografía y es ella la que se le impone y lo despabila como a nadie? Se trata de un transitado problema epistemológico: ¿el investigador le hace decir a su objeto lo que él quiere, o el objeto está dispuesto y a la espera de su lector ideal? Como sea, Fontana tiene una posición: si bien es un lector académico de biografías, también las lee compulsivamente, por gusto y placer, incluso —dice—, de manera fragmentaria, buscando las zonas chismosas. Porque lo que importa es, antes que el personaje en cuestión, esa forma a la que define como “arte vulnerable” y “género perecedero”, en tanto siempre es posible actualizar su objeto por la aparición de nuevos archivos, o porque “cada época impone una idea de qué es una vida y un modo de contarla”, afirmación barthesiana que bien podría extenderse a los modos de la investigación misma.
Patricio Fontana, Arrabales de la biografía, Beatriz Viterbo, 2025, 132 págs.
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