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OP Traducciones 4. Putin: restauración de la destrucción

DISCUSIÓN

La periodista rusa Liza Lazerson entrevistó a Boris Groys para su podcast y lo publicó en YouTube el 21 de marzo de 2022. Esta es una versión abreviada de esa conversación.

 

Liza Lazerson: Boris, usted probablemente sepa que Instagram va a ser cerrado en Rusia, y que el acceso a Facebook fue restringido. ¿Esto quiere decir que la era de las corporaciones globales y el mundo global en general se terminaron y que estamos nuevamente viendo un renacimiento de los Estados-nación?

Boris Groys: No creo que ese sea el caso. Las compañías comerciales están focalizadas en el dinero, en las ganancias, en los ingresos. Esto significa que deben guiarse por los gustos y necesidades del público, y dependen de la política y la economía. Y significa, entre otras cosas, que no son universalmente capaces de adoptar todos los puntos de vista o de satisfacer a todos los segmentos del público.

LL: Ha habido una discusión de larga data acerca de si esas corporaciones se volverían cuasi-Estados o meta-Estados. Pero vemos que, por el contrario, se han convertido en voceras de las autoridades de los Estados existentes. ¿Ocurrió acaso que el capitalismo cedió terreno a la política y a la ideología en un sentido global?

BG: No, no puede decirse eso. El hecho es que el capitalismo siempre evolucionó dentro de los Estados-nación. Nunca existió un capitalismo sin Estado completamente internacional, en términos generales. En realidad, el capitalismo sólo puede crecer cuando las fuerzas armadas y la policía controlan los territorios en los que ha sido establecido. ¿Qué es el capitalismo exactamente? Es hacer dinero por medio del intercambio. Pero si miramos la historia de la humanidad, siempre que se logró hacer dinero, fue por medio del robo, como durante la totalidad de la Edad Media y todo el período anterior. Primero tuvo que establecerse un cierto grado de seguridad y control. Es natural que todas las instituciones capitalistas sean autorizadas de algún modo por el Estado y estén sujetas a las leyes de los Estados en los que operan. Esto se aplica, por supuesto, a todas las empresas de tecnología de la información. Todas ellas están registradas en alguna parte, pagan impuestos y son legalmente responsables en sus países.

LL: La última noticia es que Facebook permitió que sus usuarios posteen exhortaciones a la violencia contra las fuerzas armadas rusas. En pro de la política del propio país, la empresa está dispuesta a violar sus propias reglas corporativas, algo que anteriormente habría sido inimaginable.

BG: El hecho es que la globalización alcanzó su clímax durante la Guerra Fría. Todos los conflictos mundiales estaban subordinados, en ese entonces, a un solo conflicto, el que tenía lugar entre capitalismo y socialismo, entre el Oeste y el Este, entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y este conflicto dominaba el mundo entero. El Muro de Berlín era, si se quiere, la capital simbólica del mundo. Luego de la caída del Muro, inicialmente la globalización, durante los noventa, continuó por inercia. Pero desde principios de esa década, este gran conflicto se desintegró en numerosos conflictos regionales y menores. Emergió el concepto de identidad étnico-cultural y religiosa. La señal fue, por supuesto, el 9/11, el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York. Por primera vez se hizo evidente que estaban saliendo a la luz conflictos étnico-culturales y que eran más importantes que los de la antigua Guerra Fría. A medida que este conflicto central declinó, los conflictos menores se multiplicaron, junto con las identidades étnicas y culturales. Si se observa lo que estuvo ocurriendo en Asia, Irán, India, China, África y América Latina, esas identidades cobraron fuerza. Lo mismo puede decirse de Estados Unidos. No hay palabra más sucia ahora que “universalismo”, al menos en las publicaciones intelectuales contemporáneas de Occidente. Esto implica que todas y cada una de las identidades culturales pretenden estar representadas de alguna forma, controlar el modo en que lo son y hacerse oír. La consecuencia es que las posibilidades de las grandes corporaciones para actuar se han vuelto más limitadas.

Hay otro punto que no se puede pasar por alto. ¿Qué es internet, en términos generales? Es un espejo que te refleja, una manera terriblemente narcisista de comunicarse con el mundo porque uno solo obtiene aquello que cliquea. Uno conoce una palabra, hace clic sobre ella, y obtiene información sobre esta palabra, concepto, acontecimiento o lo que sea. Pero si algo no le interesa o no lo conoce, no puede cliquearlo ni aprender algo sobre eso. El problema con internet es que es absolutamente tautológica: básicamente no puede decirte nada nuevo. Simplemente reacciona a tus deseos preexistentes, tal como fueron moldeados antes. Naturalmente, siendo internet el medio contemporáneo dominante, te estimula de modo constante el deseo, posibilidad o intención (incluso contra tu voluntad) de permanecer en un círculo más bien estrecho de intereses, opiniones y necesidades ya existentes. Es un efecto bastante interesante: la denominada globalización condujo a una localización total. Si uno sigue a sus amigos o a personas que conoce en internet, vive en un mundo cerradísimo y limitado. Y todas las publicidades que se reciben están personalizadas. Los metaalgoritmos registran todo de modo tal que las cosas que uno recibe son aquellas que ya había encontrado interesantes y placenteras, pero no ve nada que pueda resultarle desagradable.

LL: Está hablando sobre los procesos de descolonización y desglobalización. Vladímir Putin está tratando de propagar el denominado Mundo Ruso, uniendo a Ucrania, Rusia, Bielorrusia y quizás incluso el norte de Kazajistán bajo su bandera, en una especie de estructura imperial ¿Sus acciones son parte de esta tendencia o van contra ella?

BG: Encajan totalmente en la tendencia. La política de Putin es regional: está orientada a defender una región particular y su supuesta identidad étnico-cultural. Irán y los movimientos islámicos en general han servido como el modelo para aquellos que buscan proscribir todo lo occidental, con la esperanza de que, una vez que se lo haya removido, la verdadera identidad cultural propia (por ejemplo, una identidad islámica) resplandecerá con su luz natural. Lo mismo está ocurriendo ahora de modo gradual en China e India. La identidad cultural es descubierta al purgar las “abominaciones occidentales” que se han acumulado como una densa capa en su superficie. Rusia puso de manifiesto una y otra vez el deseo de purgarse de Occidente: de Facebook, McDonald’s, el arte moderno, el rock, de todo aquello que los rusos no necesitan y sin lo cual pueden vivir perfectamente bien. La creencia es que si se retira ese material, la divina sabiduría del espíritu ruso resplandecerá con su propia luz.

El único problema (y es un viejo problema: existe desde el siglo XIX) es que el proceso de despojar y purgar a Rusia de todo lo occidental puede no terminar nunca. Hay un sustrato cultural no europeo en Irán, India y China. Por lo tanto, cuando se purga todo lo europeo emerge algo autóctono, algo originalmente no europeo. No me refiero a si algo así existe o no en Rusia. Sólo puedo decir que todos los intentos de encontrarlo se demostraron inútiles y suicidas. Esto es, que el movimiento de regresar a los orígenes y al Mundo Ruso demostraron ser completamente suicidas.

En este sentido, Rusia reprodujo un tópico bien conocido de la cultura alemana. En el siglo XIX, los alemanes también sostuvieron que la cultura alemana era inherentemente distinta de la civilización occidental, que la cultura alemana debía ser purgada de la civilización occidental para manifestarse en toda su potencia. Luego de un examen más minucioso, sin embargo, se hizo evidente que este poder era puramente negativo. Los pensadores alemanes reflexionaron sobre esto, glorificando incluso esas tendencias suicidas, autodestructivas hasta cierto punto. La cultura rusa también lo hizo, en alguna medida. Podemos leer sobre la búsqueda suicida de los propios fundamentos en las obras de Dostoyevski, por ejemplo. Desde una perspectiva cultural, el nuevo paroxismo que estamos presenciando de purgar las cosas occidentales y volver a la “rusianidad” es una operación puramente suicida.

LL: Es una “operación especial”. Es interesante que diga que los esquemas de Putin se basan en la experiencia del mundo islámico. En este contexto, la constante participación de Ramzan Kadyrov resulta muy curiosa. Es bien sabido que los kadyrovitas, la milicia que comanda el actual jefe de Estado de la República de Chechenia y estrecho aliado de Putin, han sido acusados de numerosas violaciones de los derechos humanos dentro y fuera de Rusia. La apelación a los valores tradicionales también existe en Rusia tanto a escala nacional como localmente, en Chechenia, Daguestán y las repúblicas del Cáucaso. Sobre la base de lo que usted dice, ¿este involucramiento constante de Kadyrov es intencional?

BG: Su participación tiene un claro beneficio táctico o político, por supuesto. En términos generales, sin embargo, pienso que el régimen de Putin está intentando remontarse a una muy extensa tradición rusa, a la búsqueda de los cimientos del Mundo Ruso purgándolo de Occidente. En este sentido, tengo la clara sensación de que las sanciones occidentales son quizás el objetivo más importante de toda esta operación, o, al menos, uno de sus objetivos: expulsar finalmente a Occidente del territorio ruso, del Mundo Ruso. Después de todo, eso es lo que hicieron Irán y muchos países musulmanes, lo que no hace tanto nos mostró Afganistán. Pero para que ocurra, desde luego, es vital que todas las personas que pertenecen al pueblo ruso [russkii narod], incluyendo supuestamente a los ucranianos (quienes en esta oportunidad quedaron atrapados en el fuego cruzado), vivan del mismo modo, al “modo ruso”.

Y sin embargo, nadie le está pidiendo a la gente en Mali o Perú que viva “al modo ruso”. Esa es la diferencia entre la Rusia de hoy y la Unión Soviética, porque en aquellos días había organizaciones y partidos comunistas en cada país del mundo. Esos partidos querían que todos vivieran bajo el socialismo. Era un mensaje universal dirigido a todo el mundo. Pero el actual “mensaje ruso” no es universal: no está dirigido a todo el mundo. En segundo lugar, no tiene sentido para nadie. Es incomprensible incluso para los mismos rusos, y es aún más incomprensible fuera de Rusia, porque nadie entiende en qué consiste la identidad rusa. En el caso del Islam, podemos vislumbrar esa identidad, pero es francamente incomprensible en el caso de Rusia.

LL: ¿Está diciendo que la confrontación ideológica entre Occidente y Rusia, que el régimen intenta construir como base de un conflicto real, no existe en realidad?

BG: ¡Sin duda! ¿De qué defensa de los valores tradicionales hablamos? Esos mismos valores tradicionales los defiende en Occidente cualquier partido conservador que se oponga al aborto, a los gays, etcétera. En rigor, se trata de una actitud conservadora occidental corriente. No hay nada específicamente ruso al respecto.

LL: En uno de sus libros, usted afirma que el valor absoluto del progreso no es evidente y que todos los revolucionarios y artistas combatieron el progreso en gran medida. ¿Podemos situar a Vladímir Putin en sus filas?

BG: No, desde luego que no. Él no combate para nada el progreso en ese sentido. Cuando los artistas luchan contra el progreso, están luchando contra la pérdida de armonía en sus entornos. ¿Qué es el progreso? Alguien vivía en un huerto de cerezos y comía cerezas. Entonces vino un hombre y taló todos los cerezos. Cuando le preguntaron por qué los cortó y ya no había más cerezas que comer, dijo: “¡Esto es el progreso!”. Esto resulta indignante, naturalmente, y uno quiere volver a la campiña. Putin vive supuestamente en una casa de campo, pero no está trabajando para convertir a toda Rusia en un huerto de cerezos. No tiene ese proyecto. Está claro que su concepción de la identidad rusa y del Mundo Ruso no tiene nada que ver con eso. Se trata de algo más, de algo pseudoalemán.

Todos se concentran en la parte histórica del discurso sobre la historia de Putin, pero a mí me impactó algo totalmente distinto. Tal vez sea mi modo alemán de ver las cosas. Cuando dijo que la principal fuerza motivadora de la historia es la voluntad, y que aquellos que tienen voluntad son los que triunfan, y que cuando su voluntad flaquea, son derrotados, pensé de inmediato en El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl. El tema de la tensión, el poder y la voluntad es equiparable a esta visión del progreso, si se quiere. Porque la voluntad concebida de esta forma siempre se manifestó en términos de misiles y aviones, en términos de algo literalmente acorazado. Y la voluntad misma debe ser de hierro. Esto está bastante alejado de la protesta contra el progreso que comenzó en Europa a fines del siglo XIX y continúa hasta el día de hoy.

LL: Si dejamos a un lado esta situación, que hoy se presenta como una catástrofe, ¿cómo analiza a Ucrania desde un punto de vista histórico? ¿Con qué tendencia histórica se corresponde?

BG: En primer lugar, todavía no lo sabemos, porque no sabemos cómo va a terminar esta historia. Estamos apenas en el comienzo de esta aventura. Hegel dijo que la lechuza de Minerva primero debe alzar vuelo y sólo entonces se puede comprender algo. Pero todavía no ha volado. Algo podría decirse, no obstante. Rusia se ha desacreditado enormemente. Esto produjo una enorme cantidad de calamidades y sufrimiento, y todas han sido documentadas. Están siendo observadas en tiempo real en todo el mundo. Por lo tanto, podemos decir con certeza que por un largo tiempo Rusia no va a poder recuperarse por completo en términos morales, y acaso jamás logre recuperarse.

LL: ¿Realmente?

BG: Sí, es lo que pienso. Porque todo es demasiado obvio y está ocurriendo a plena vista. Y al mismo tiempo es inexplicable. Debo decir que todos los textos escritos en Occidente sobre este tópico se han formulado las mismas preguntas: ¿Por qué? ¿Cuál es el objetivo? ¿Por qué lo hicieron? Cualquier explicación sería aceptada, en cierto sentido. Pero no hay explicación, nadie puede encontrar una. Podemos hablar de un psicodrama de algún tipo, buscar impulsos igualmente autodestructivos y conductas suicidas en el pasado, como hice antes. Pero es imposible detectar cualquier justificación racional. No está claro cómo podría terminar. No está claro cuál es el objetivo y cómo puede alcanzarse.

LL: Los rusos parecen ser un pueblo ilógico que realmente podría apretar el botón rojo, a falta de una palabra mejor. Cualquier ruso es capaz de hacerlo, prácticamente.

BG: Ya lo han apretado. Empezaron una guerra con Occidente en territorio ucraniano, pero el propósito de la guerra es incierto. La única explicación que podría ofrecer es que se trata de un intento de trazar una frontera entre los rusos y Occidente; una frontera, además, que ya no sea posible cruzar. No sería una frontera en el sentido militar, sino una que volvería imposible que los occidentales vayan a Rusia y vendan productos que corrompan a la población rusa, y que los rusos vayan a Occidente y obtengan ideas peligrosas. Sería una frontera entre Occidente y Rusia en el plano de la interacción humana que nadie querría cruzar.

LL: Cuando esta frontera entre Occidente y Rusia o la Unión Soviética existió en el pasado, fue construida por las autoridades soviéticas. Pero ahora parece que es Occidente el que está bajando esta nueva Cortina de Hierro. Son las compañías occidentales las que están abandonando el mercado ruso, son las universidades occidentales las que rechazan admitir a estudiantes rusos. Básicamente, es la Cortina de Hierro al revés. ¿Cómo ocurrió esto? ¿Cuán racional es?

BG: Creo que se equivoca en ambas cosas. Porque la Rusia soviética estaba mucho más integrada a los procesos globales. Había partidos comunistas en todas partes, había un movimiento comunista internacional y había movimientos de liberación nacional. Los rusos eran omnipresentes. Quizás no había rusos a los que les habría gustado estudiar en Harvard. Pero aquellos rusos que quisieran ir a combatir a Angola, o que deseasen ayudar al partido Comunista en Italia o Francia, tenían la posibilidad de hacerlo.

LL: Quiero decir que, en el ámbito de la vida privada, los extranjeros siempre llevaron discos y jeans a la Unión Soviética, vendieron corbatas en Intourist1 y trataban bastante bien a los ciudadanos soviéticos. Pero ahora es como si se les dijera a todos los rusos: “¡Adiós! No queremos permitirles que sigan tomando Coca-Cola”.

BG: No, no es así. En aquella época había un enfrentamiento ideológico. Pero esa confrontación era comprensible. Todos en Occidente entendían en qué consistía el socialismo, qué tipo de sistema económico era. Todos sabían sobre Marx, y también se leía a Lenin y a Trotsky. La ideología comunista era comprensible y bien conocida, así que cuando los occidentales iban a Rusia, iban a un país que entendían en términos teóricos. Entonces podían, por así decir, hacerse amigos de algunos rusos pero no de otros, establecer relaciones, llevar jeans, etcétera. Ese es otro asunto. Pero todo estaba claro para ellos. Ahora nos encontramos frente a una explosión de violencia irracional descontrolada que viene de este país.

Cuando la gente ve rusos en Occidente, no sabe cuál es su posición. ¿Son agentes de esta violencia? Y por eso los evitan. La gente en general es cautelosa. No quiere verse mezclada en algo que quizás sea peligroso, y Rusia se reveló como un peligro para el resto del mundo. Ocurre lo mismo que con las regiones donde hay inundaciones o erupciones volcánicas. Uno no va ahí, pero no porque tenga una mala predisposición hacia los volcanes sino porque no quiere que algo le caiga en la cabeza. Las sanciones occidentales son contra Rusia, no contra los rusos. Están dirigidas contra Rusia en tanto Estado con el simple propósito de debilitar el poder militar ruso. Dado que los rusos están implicados en las acciones del país en donde viven, también se han convertido naturalmente en víctimas de esas sanciones. Para ser sincero, es difícil objetar esto.

LL: Sí, Boris, está claro que hay una guerra en curso y que eso [las sanciones] es también un modo de impactar a la Federación Rusa. Sin embargo, el producto más oneroso que Occidente nos compra es la energía. Hay un artículo periodístico hoy sobre los nueve mil millones de euros que la Unión Europea pagó por importar nuestro petróleo y nuestro gas. Con esta perspectiva, algunas de las otras sanciones se parecen lisa y llanamente a la vieja cultura de la cancelación. Las importaciones de petróleo y gas, que en gran medida pueden contribuir a fortalecer el poder militar de Rusia (iba a decir de la Unión Soviética), no fueron canceladas, pero, por ejemplo, la plataforma educativa online Coursera, el examen de inglés IELTS para postulantes universitarios y algunas aplicaciones para ciclistas, todos están abandonando el país. Esos son productos asociados a estilos de vida que definitivamente no afectarán de ningún modo el poder de la Federación Rusa. Esas empresas se están yendo sólo para hacer un gesto. ¿No se parece eso a la cultura de la cancelación?

BG: Quizás se le parezca, quizás no. Pero, como puede ver, la gente está comparando en este caso el estilo de vida de los rusos y el estilo de vida de los ucranianos. Piensan que, dado que no hay bombas cayendo sobre los rusos, en términos generales su estilo de vida es mejor, aun si no tienen esas aplicaciones. Podemos decir que los rusos tienen mucha suerte. Esa es la primera consideración. La segunda es que aquí en Occidente la situación respecto del petróleo ha sido motivo de lamentaciones. Hubo millones de artículos sobre la falta de previsión occidental, que no vislumbró esta posibilidad ni se preparó para ella. Esto es lo que realmente sucedió, y en este punto todos aquí están bastante disconformes.

LL: Quizás sepa que la Universidad de Tartu [en Estonia] decidió este año no aceptar ningún postulante de Rusia y Bielorrusia. En algunas otras universidades fueron canceladas proyecciones de Sergei Eisenstein, conferencias sobre Velimir Khlebnikov y otros eventos culturales. Una universidad italiana canceló una conferencia sobre Dostoyevski. Esos son ejemplos directos de cultura de la cancelación. Los rusos están siendo cancelados retroactivamente. ¿Cómo es que se culpa a Dostoyevski por la actitud autodestructiva de Vladímir Putin?

BG: No se está culpando a Dostoyevski, y cancelar otra conferencia sobre él no dañará a Dostoyevski en sí, desde mi punto de vista. Pero en las actuales circunstancias geopolíticas, dar una conferencia sobre Dostoyevski o algo similar equivale, a los ojos de la sociedad occidental, a una solidaridad pública con Rusia.

LL: Está claro que “cautela” es una palabra delicada, pero en la práctica significa aislamiento. De uno u otro modo, los rusos se convirtieron en parias sociales y culturales. Así es como se lo ve desde Rusia en todo caso.

BG: Es autoaislamiento, Liza. Rusia está embarcada en un autoaislamiento. No se trata de que alguien la esté cancelando; Rusia se canceló a sí misma. La cultura de la cancelación es una noción de tiempos de paz. No estamos en un tiempo de paz ahora. Comenzó a actuar otra lógica.

LL: Uno tiene la sensación de que, como las marcas comerciales son utilizadas para operar dentro del paradigma de la cultura de la cancelación, tienen que decir adiós a Rusia para mantener su reputación. Algunas empresas indudablemente están actuando con este criterio, según parece. Está el caso de Uniqlo, una marca de ropa japonesa, que en un primer momento dijo que definitivamente no se iría, porque la ropa es un producto esencial y los rusos no son violadores y asesinos. Pero después, aparentemente, fueron presionados, cambiaron de idea y por último anunciaron que se irían.

BG: No existe un mecanismo como el de “fueron presionados”. Se trata de cultura comercial, de capitalismo. Usted usa la palabra “capitalismo” pero debe entender en qué consiste. Hay capitalismo cuando las empresas dependen de las ventas y el consumo. El capitalismo contemporáneo es capitalismo de consumo. En este caso, el consumo es más importante que la producción. Para mantenerse a flote, las corporaciones tienen que mostrarse como deseables a los consumidores. No se genera una moda deseable cuando hay misiles cayendo sobre las cabezas de la gente. Tal es el fondo de la cuestión. Aquí no hay una conspiración deliberada o decisiones específicas que se estén tomando. Es simplemente la lógica del capitalismo.

LL: Probablemente usted haya escuchado sobre la nueva ley rusa con respecto a las fake news. En nuestro país está prohibido decir la palabra “guerra” [esta palabra fue reemplazada por un sonido en el podcast], pero esto no es noticia. Hace un tiempo, en los reportes periodísticos rusos se empezó a usar un lenguaje políticamente correcto y extraños eufemismos. En lugar de palabras como “explosión” (vzryv), “combates” (pozhar) y “cuarentena” (karantin), se utilizaban “estallido” (khlopok), “conflagración” (vozgoranie) y “días no laborables» (nerabochie dni). Esos son los términos políticamente correctos. ¿Cuáles son los posibles efectos del control sobre el lenguaje?

BG: No creo que esto conduzca a nada en el largo plazo, porque el lenguaje evoluciona según sus propias reglas. La lengua rusa se americanizó bastante, por otra parte. Esto se debe no sólo a la gran cantidad de palabras en inglés en uso, sino también a construcciones gramaticales y sintácticas que recuerdan bastante al inglés estadounidense. Es una prueba de que el lenguaje evoluciona por sí mismo. Uno puede intentar controlarlo y crear un lenguaje oficial artificial, prohibiendo obscenidades, por ejemplo. Pero ese control no va a hacerlas desaparecer. Como no desaparecerán otras formas del lenguaje a causa de dicho control. En general, el lenguaje podría volverse más paródico, quizás. Así es como fue durante el período soviético.

LL: ¿Qué piensa del término “post-verdad”?

BG: Pienso que es un término bastante estúpido porque nunca hubo ninguna verdad, en realidad. Si por “verdad” se quiere decir conformidad con los hechos, entonces personas diferentes ven hechos diferentes. Cada persona le citará mil “hechos” como prueba de lo que quiere decir. No creo que sea una cuestión de verdad o “post-verdad” sino más bien de que cuando uno le habla a otras personas, tiene que entender lo que quieren decir. Me gustaría volver a ese punto: nadie entiende lo que Rusia pretende lograr.

LL: Entonces, el hecho es que el mundo entero habla de esa manera, pero dentro de Rusia, en nuestra burbuja informativa, tenemos una versión alternativa de la realidad y la gente cree en ella. En el sentido de que realmente no hay una verdad. Para millones de personas, la verdad es todavía aquella que suministra la propaganda oficial.

BG: Así es. Dado que quieren pensar eso, eso es lo que pensarán. Y en esta línea van a interpretar todos los hechos e imágenes que vean. La gente simplemente cree que esta operación (militar especial) está justificada. Para cambiar su punto de vista, deben desencantarse de él. Si piensan que el Mundo Ruso es bueno y necesita ser propagado, interpretarán absolutamente todo en consecuencia. Ningún hecho, post-hecho o fake news los hará cambiar de idea. Deben desilusionarse con los objetivos y las causas de la guerra. Recién entonces cambiarán su punto de vista.

LL: Si interpreto correctamente, en caso de que la operación especial sea exitosa y la República Popular de Donetsk y la República Popular de Lugansk sean liberadas y anexadas a Rusia, ¿la Federación Rusa seguirá viviendo esta verdad? ¿Figurará en nuestros libros de historia?

BG: Sí, por supuesto. ¿Pero qué significaría? Rusia quedaría aislada del resto del mundo. No sabemos si va a ser capaz de controlar esos territorios aun después de ganar esta guerra. Viviría en una represión constante. Y en algún momento, la gente podría cansarse de eso.

LL: La ley sobre las fake news implica, entre otras cosas, que la gente en Rusia no puede ir a manifestaciones contra la guerra. Y sin embargo, recordemos que las manifestaciones contra la guerra fueron un motor de la cultura popular a fines de los sesenta: recordemos los pines con el símbolo de la paz. Buena parte de la cultura popular en los setenta —la cultura hippie, el rock— se basaba en esos símbolos de liberación y de lucha contra el régimen. ¿Por qué nada de esto existe en Rusia en su opinión? ¿Qué tiene que ocurrir para que en Rusia, en circunstancias en que no podemos decir siquiera la palabra “guerra” ni salir a manifestarnos, se desarrolle un corpus de arte y cultura relacionado con lo que está pasando?

BG: Todas esas leyes y prohibiciones tienen como objetivo fortalecer el régimen represivo y nada más. En Estados Unidos, el movimiento contra la guerra de Vietnam surgió en los sesenta en medio de la crisis del viejo sistema social y político y la emergencia de uno nuevo. Era una situación revolucionaria. No hay una situación revolucionaria en Rusia. Pero es posible que empiece a actuar un cierto cansancio. No sé si recuerda el fin del régimen soviético. La gente sencillamente dejó de trabajar, nadie hacía nada. Y decían constantemente que estaban cansados.

LL: ¿O sea que había una depresión colectiva nacional?

BG: La gente podía tomar café o cerveza durante las horas de trabajo. Podía charlar o hablar por teléfono. Pero no trabajaban para nada. Y sin embargo, decían todo el tiempo que estaban terriblemente cansados. Todo fracasó porque la totalidad de esos aparatos —burocráticos, industriales, etcétera— se alimentaban de energía viviente. Se alimentaban de la energía de las masas, como dijo Lenin.

Pero cuando miro a los rusos de hoy, no tengo la impresión de que estén en posesión de grandes reservas de energía. Por lo tanto, se puede escenificar El triunfo de la voluntad, si se lo desea, pero no se puede forzar a las masas a movilizarse. Si estas no se movilizan e invierten su energía, el fracaso vendrá solo, no a raíz de una protesta en contra. El Imperio Ruso fracasó de esta forma, y lo mismo la Unión Soviética. Fracasó a causa de la fatiga: la gente perdió su energía.

LL: Es interesante, porque existe una sensación de fuerte depresión a escala nacional. Pero también me resulta interesante que muchos ucranianos en las redes sociales, a menudo en forma cotidiana, señalen que los rusos son inactivos y haraganes, y que es por eso que nos ocurren estas cosas. ¿Se trata de un rasgo nacional o sólo estamos con un bajo flujo de energía en este momento?

BG: Los rusos han tenido diferentes etapas, incluyendo algunas muy energéticas. En particular, la etapa al comienzo del régimen soviético, en los años veinte. Aquellos fueron años terribles, por supuesto, pero muy energéticos. La gente hizo mucho durante ese período, trabajando al límite de sus fuerzas y capacidades. Fue una explosión cultural increíble, y se construyó un país enorme. Pero no existe esa energía ahora. Esta es una aventura suicida y sin sentido en medio de una depresión total. No tengo idea de cuál es el objetivo.

LL: Ha habido una veneración particular del realismo socialista en Rusia en años recientes. Películas patrocinadas por el Estado —un enorme número de películas patrióticas de guerra— fueron literalmente filmadas en un estilo realista-socialista. ¿Cuán efectivo fue invocar e intentar resucitar al realismo socialista, poniéndolo al servicio del Estado post-soviético?

BG: ¿Qué es el realismo socialista, en términos generales? Me parece que el realismo socialista fue algo que existió en 1930. El arte post-estalinista dejó de ser realista socialista. El fervor por construir un mundo nuevo ya no estaba presente. El arte post-estalinista describió un mundo que ya había sido creado, un mundo en el cual las personas vivían realmente. Frecuentemente representaba ese mundo de modo irónico, como se refleja en todas las comedias cinematográficas de ese período.

Volviendo a aquellos estándares soviéticos, es, en esencia, una estrategia comercial. Cuando uno se dirige a un público amplio, inevitablemente tiene que usar los estándares del discurso, la imagen, el guión, etcétera, que le son familiares a ese público. Si no lo hace, el público rechazará lo que uno produce. Naturalmente, el público ruso conoce las películas soviéticas, las películas de Hollywood y los videojuegos. Y por lo tanto, cuando veo nuevas películas rusas dirigidas a un público popular, observo una combinación de esos tres estilos, con las escenas de batallas modeladas a partir de los videojuegos.

Consecuentemente, ha aparecido un nuevo tipo de arte de masas, que asegura satisfacer al público, pero es difícil para mí decir en qué medida el público responde. Me sorprendería que reaccione de modo particularmente positivo, porque esas películas —a diferencia de, por ejemplo, Alegres compañeros (1934) o Circo (1936), o cosas parecidas— carecen por completo de energía. No son sexies.

LL: Además del resucitado realismo socialista 2.0, hay un giro más amplio hacia el realismo socialista clásico per se. Cuando usted escribió Obra de arte total Stalin (1988), fue una obra revolucionaria, quizás incluso contracultural, porque se oponía al punto de vista generalmente aceptado de que el realismo socialista no era arte genuino Algunos curadores (por ejemplo, Andrei Yerofeyev) dijeron que el realismo socialista debería ser relegado al cuarto de trastos o incluso quemado. Pero ahora que pasó mucho tiempo, el realismo socialista del que usted hablaba varios años atrás fue oficialmente restituido a su legítimo pedestal. ¿Cómo se siente con respecto a esto?

BG: El problema, pienso, es que cuando la gente regresa mentalmente a la URSS olvida que fue un Estado socialista. La Rusia contemporánea es un país capitalista, un país orientado al dinero. La gente en Rusia trabaja para hacer dinero. Nadie quiere volver al socialismo, incluyendo a los actuales líderes políticos rusos.

¿Cuál fue mi argumento en Obra de arte total Stalin? Que todavía había un impulso vivificante en la cultura estalinista, un deseo de rehacer la vida por completo, en lugar de dejarla como estaba, utilizando los métodos a disposición de las autoridades. Pero esa energía vivificante ya estaba completamente ausente después de la muerte de Stalin. Había desaparecido. El arte soviético después de Stalin es un paraíso pequeño burgués. Carece por completo de proyectos utópicos y de energía vivificante. La gente que vemos en pantalla en las películas de ese período no desea construir el comunismo mundial sino echar mano de un departamento de dos o tres ambientes, algo que ya estaba en curso en los sesenta, con las nuevas urbanizaciones colmadas de jrushchovkas2 y todo eso. Y continúa hasta el día de hoy.

¿Cuál es el eje principal de la historia rusa del siglo XX? Es una larga historia de restauración después de la revolución. Es la historia de la Revolución Francesa, que en Francia necesitó veinte años para completarse, pero en Rusia demandó cien años. Primero vino la revolución, luego, la Reacción de Termidor, es decir, la Nueva Política Económica. Tras la reacción de Termidor vino Napoleón, es decir, la dictadura estalinista y las guerras imperialistas. Luego comenzó el lento proceso de restauración. Se inició en la última etapa del período estalinista y terminó, de hecho, en los noventa. Primero, todas las condecoraciones suvorovs3, kutuzovs4, los zares, los palacios y las águilas de dos cabezas —la estética completa de la Rusia prerrevolucionaria— fue remozada y restaurada, y luego retornó el capitalismo. El proceso se prolongó por muchos años. Cualquier cosa podía ser comprada y vendida en Rusia tan tempranamente como a fines de los setenta y los ochenta. De hecho, el mercado ya estaba presente en el país en ese entonces. Simplemente resurgió con el colapso de la superestructura socialista. Marx describe esta situación típica: la base ya no puede sostener la superestructura, y esta se derrumba.

LL: Es curioso que diga que Rusia se pasó todo el siglo XX recuperándose de la Revolución. ¿Eso significa que la actual operación especial es también una especie de guerra inconclusa?

BG: Es una continuación de la restauración. Cuando un proceso de restauración comienza, el impulso es restaurar todo. Lo mismo que cuando comienza el proceso de la revolución y se pretende revolucionar todo. Como parte de esta restauración, surge la pregunta de dónde debería ocurrir, en términos geográficos. Solzhenitsyn, quien delineó el programa de la restauración, como sabemos, argumentó que Rusia, Bielorrusia, Ucrania y el norte de Kazajistán eran una región única y consistente, en donde la restauración debería tener lugar. La restauración es también un proceso violento, de hecho. Se dice a menudo que la revolución genera violencia, pero lo mismo sucede con la restauración. Por ejemplo, la restauración que se puso en marcha después de la derrota de Napoleón engendró un período interminable de guerras coloniales. Cuando el proceso fue lanzado, se volvió inmediatamente violento, y en seguida condujo a la guerra. Ahora esto se está repitiendo en Rusia. La de hoy es una restauración que ha adoptado un violento giro militar. Y dado que no es una revolución sino una restauración, es también sombría y deprimente en su espíritu.

 

Boris Groys es filósofo, ensayista, crítico de arte, teórico de los medios y experto reconocido internacionalmente en arte y literatura de la era soviética, especialmente la vanguardia rusa.

Liza Lazerson es periodista y productora de podcast residente en Rusia.

 

Esta conversación se publicó originalmente en e-flux, N° 126, abril de 2022. Se publica en OP Semanal con autorización de Boris Groys.

Traducción del inglés de Francisco Ali-Brouchoud, y del ruso al inglés de Thomas H. Campbell.

 

Notas

1 Intourist: agencia estatal de viajes internacionales de la Unión Soviética, creada en 1929. Funcionaba como operador turístico para aquellos extranjeros que quisieran visitar la URSS. Fue privatizada en 1992 (N. del T.).

2 Jrushchovkas: Edificios o monoblocks de departamentos prefabricados, construidos con paneles o ladrillos, que toman su nombre del líder soviético Nikita Jrushchov, durante cuyo período (1953-1964) empezaron a edificarse. https://en.wikipedia.org/wiki/Khrushchyovka

3 Alexander Suvorov (1730-1800): generalísimo del Imperio Ruso, célebre por no haber perdido nunca una batalla y autor del manual de estrategia La ciencia de la victoria. La URSS creó en su honor la Orden de Suvorov, una distinción militar que la Federación Rusa mantuvo luego de la caída de la Unión Soviética.

4 Mijaíl Kutúzov (1745-1813): militar ruso con rango de mariscal de campo que comandó los ejércitos imperiales durante las guerras contra Napoleón. Durante la Gran Guerra Patriótica (1941-1945) se instituyó la Orden de Kutúzov, preservada por Rusia tras la disolución de la URSS, y que sigue siendo una de las más altas condecoraciones militares rusas.

5 May, 2022
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