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Cómo el pop te canta la cuarentena: Pompeii, de Cate Le Bon

DISCUSIÓN

La ficción sónica donde incluyo a Cate Le Bon (nacida Cate Timothy en 1983) responde a una poética del espacio. Bastó como estímulo que esta cantautora galesa citara el clásico de Gaston Bachelard más unos escritos de la arquitecta Lina Bo Bardi como influencia, pero no del todo. Ciudades (Miami, Pompeya), vecindades, inmuebles (casas u hogares), muebles, decoración, además de efectos de luz ya habitaban su álbum anterior, Reward (2019), que fue grabado al mismo tiempo que ella tomaba un curso de carpintería orientada a muebles. Desde sendas cubiertas, tanto Reward como el reciente Pompeii nos anuncian con ironía la superación de la intemperie en un caso (el clip de “Daylight Matters nos retrotrae a una Monica Vitti como Caperucita Roja en desiertos industriales y postindustriales), y la clausura monástica en otro.

Antes, en 2016, Cate había devenido casa un rato, cantando “I’m a dirty attic”, retomando otra metáfora de Bachelard (una casa es “un espacio psíquico”, o condensado por Girri: “la casa de la mente”). Esta vez, la suciedad yace nada anónima entre las sábanas de la agorafobia (“Dirt On The Bed”), mientras la cita urbana es sita en la ruinosa pero turística Pompeya, donde conviven el “horror extremo y la frivolidad total” que, en sus palabras, se corresponden con la catástrofe que estudiamos en Historia y su posterior conversión en “llaveritos” y demás merchandising turístico. “La vida es así de ridícula”, concluye en algún otro reportaje donde también alude a uno de los grandes ensayos de Rebecca Solnit, La oscuridad de Woolf: Acoger lo inexplicable. Ese mismo que empieza con el acápite de la Virginia del título: “El futuro es oscuro, que es lo mejor que puede ser el futuro, yo creo”. Le Bon concibió este álbum en plena cuarentena, es decir, enfrentada a un futuro oscuro y sin poder salir a perderse por ahí, como deseaba la autora de Las olas, ya alcanzado el cuarto propio. El Primer Mundo capitalista se argentinizaba: había que aprender a vivir con la incertidumbre por delante (y ya no sólo derivada de la precarización posfordista). “Todo se sentía tan calmo y además estabas liberada de tener una agenda o un plan”, le confesó a The Guardian. En ese mood de animación suspendida, que la canción “Miami” llega a coreografiar como puntos suspensivos en un vals, asoma la semilla de Pompeii ya en 2019. No obstante, con la pandemia y su lockdown, sobrevino otro tipo de suspensión espacio-temporal, estado excepcional, muy distinto a la que otorgaba ese gran salón con piano cuyos ventanales dan al desierto californiano, ahí donde se compuso Reward. El tempo del encierro obligado fue otro, por más que Le Bon repita que prefiere la “solitude” a la “loneliness”. El “room tone” (como se le llama en cine), o la “atmósfera” (“efecto emocional en el cuerpo de un espacio”, eso dice Tonino Griffero), que nos contagia Pompeii, serán recordados como los de la cuarentena 2020.

Aun cuando la versión del “art rock” (tal es la etiqueta que eligen los algoritmos) ofrecida por nuestra galesa parezca homenajear a la Diosa Sofrosina (quien luego sería bautizada “Sobrietas” por los romanos), en Pompeii no se elogia la moderación como en la gestión de gobierno oficial. “Moderación / No puedo tenerla / No la quiero / No puedo tocarla”, entona con su voz más chardonnay en “Moderation”. La autora afirmó que el tema es “un guiño al dilema diario de tratar de frenar hábitos, heredados y novedosos, cuando querés comerte la luna”, deslizando que se trata de refrenar una pulsión oral que repite atracones. Unos versos atrás, escuchamos que la cantante quería gritar porque estaba fuera de sí y no entendía nada. ¿Entonces por qué no grita de una vez por todas, con aquel aullido que le escuchamos al final de “Duke”, o no acelera la catarsis como en “Wild”, en su (no tan recomendable) etapa de freak folk galés, admiración por Pavement/The Fall y títulos hipster como Mug Museum (2013)? ¿Entonces por qué canta tan moderadamente que le cuesta moderarse?

Últimamente no soporto ese cuelgue hamaca paraguaya del indie rock que alguna vez, cuando estaba de moda la subcultura de los slackers X llegué a consumir cual oxígeno. Me refiero a eso que derivó felizmente hoy en el álbum cuádruple de Beach House (Once Twice Melody es ambient que de pronto muta en canción, como humo gestáltico), o en los recientes experimentos glitch de Low. Hablo contra ese elogio del tibio midtempo con ancestro en las baladas arpegiadas del tercer disco de Velvet Underground, tan medio por miedo a los extremos, como la media y la clase media. Por eso defendería lo último de Beach House o Low en oposición a su obra del pasado; justamente por tocar extremos de la atención y el borroneo tímbrico. Aun parado en este prejuicio, hice de Pompeii el álbum que acompaña mis días desde marzo, cuando la alerta pandémica fue bajando intensidad a pesar de que las fobias siguieran en pose defensiva.

La ejecución instrumental en Pompeii refleja un estado particular de “contención” al que nos atuvimos en 2020. De no haber sido por el Covid-19, Le Bon habría grabado el álbum en países para ella remotos, como Noruega o Chile, ratificando su vocación de tornar habitable hasta lo inhóspito y lo desconocido. Teorizando sobre territorios acústicos, Brandon LaBelle recuerda que hacer silencio es una condición para hacer hogar. Ahí donde va uno a refugiarse del mundanal ruido, justamente. Daniel Melero lo escenificó en “Refugio”, tema central en su disco Cámara (1992). Cámara entendida como chambre y reverb, una soledad acogedora y resonante, la misma de Pompeii.

Cate sabe orquestar música y silencio en partes iguales. Elige el ensamble orgánico en vez de la programación: podría haberle adosado beats mecánicos a los temas y ya, sin embargo convoca a su amiga Stella Mozgawa para que pulse la batería en tempo lentísimo, porque de “mantener un ritmo” se trata, de congeniar vía rubato. No obstante, las guitarras onomatopéyicas o lanzadas a puro Chorus, los festones de saxos y la tímbrica desorientadora de los sintes producen espejismos acusmáticos, donde uno duda del origen instrumental de lo que suena. Una sesión en banda para Cate Le Bon podría equivaler a una clase de yoga donde las respiraciones coinciden en una meditación grupal: “En repetición / sin una función / ni una confesión /reciclando aire” (“Dirt On The Bed”).

“Wheel” cierra el álbum morosamente, convirtiendo a Cate en una Ofelia que flota sobre una languidez sostenida por el conjunto: tanta inercia sinfónica implica un desafío para los que tocan, mientras siguen a un bajo que monologa muy seguro de sí. Digamos, el mood responde al slogan británico del “Keep Calm” convertido en Súper Yo (donde “quédate en casa” reemplaza al “Carry On”). Para no hablar de esa “english way of life” sobre la que cantaba Roger Waters en 1973: una desesperación silenciosa adecuada al aguante. Sin dudas, el recurso al falsette de Le Bon, sostenido por estrofas enteras, ratifica esa “quiet desperation”.

Si nuestro Charly tradujo el ominoso “In the Air Tonight” (1981) de Phil Collins en “Yendo de la cama al living” (1982), paniqueado hasta la agorafobia porque Buenos Aires podía ser bombardeada, el Mood Pompeii demuestra cómo el nuevo enemigo invisible cambió la vida de todes para siempre. Ah, y de paso, no me quiero olvidar de otro Phil Collins, el artista contemporáneo inglés que se especializa en videos sobre subculturas.

A él fue a quien Cate le encargó el excelente clip de “Home to You” (atentos al título) hará tres años: cómo “gente rota” de una comunidad al este de Slovakia intenta hacerse un lugar, hacer un hogar, y solidificarse en la solidaridad, pese a la intemperie de su exclusión. No dejen de verlo para comprender la obsesión de Le Bon por la home-stasis aun en circunstancias tan inhóspitas (migraciones, “situación calle”). Pueden complementarlo con otro álbum reciente, It Was a Home, donde Kaina incluye “Casita” como tributo a su sangre venezolano-guatemalteca para el lagrimón de tode latine en el exilio.

Ahora bien, la contención sin tensión (“playfullness” se lee en varias reviews) que recorre Pompeii no debe confundirse con “moderación indie”, ni mucho menos con esa vocación clasista por lo “cool”. De esta Nueva Pompeya, nos llega un souvenir para recordarnos cómo nos defendimos emocionalmente de la catástrofe sanitaria. La caósmosis doméstica de cada día por la que intentábamos no enloquecer. El rosarino Ezequiel Gatto escribió un urgido ensayo sobre la necesidad de la música en pandemia, una excepción textual a ese profesionalismo bibliográfico en que ha recaído aquí la escritura sobre experiencias musicales.

En “Ambient o música de pandemias” (segunda entrega de su diario online «Signos de época»), prueba que el género instituido por Brian Eno le servía “para que el afuera no me despedace, para no tener que pensar siempre en el afuera, para poder soportar el adentro, para volverlo lugar”. El ambient hace de un sitio un lugar, escribe y sigue: “(…) excluí la posibilidad de la tensión y el alerta, es decir, evito las sonoridades que me inducen imágenes persecutorias, sensaciones de amenaza, alertas”. ¿Alguien se acuerda de cómo musicalizaban los canales de TV (TODOS: de C5N a TN) sus “últimos momentos” o sus “alertas”? Bombardeos techno-sinfónicos que siguen ahí subliminales, acaso anidando micro pánicos en el inconsciente colectivo.

La conclusión de Gatto es que el Ambient era una respuesta a “la insoportable afueridad de la pandemia”. Afueridad: uno de los más precisos neologismos para eso que antes era simplemente nuestro edificio, nuestra calle, nuestro barrio, nuestra ciudad. El mejor sinónimo para aquel Unheimlich freudiano. Cate Le Bon tematiza el cambio de silencio que impuso la pandemia (“El sonido no desaparece / en el silencio habitual / Reinventa la superficie / de todo lo que tocás” o en la comparación “suena más fuerte que los cuartos vacíos”). Se trata de canciones cocinadas en un Dasein 4’ 33” extendido, o sea, un modo de estar en el mundo donde se pronuncia la audición. Ser ahí fue oírse ahí. Todos (lo que tuvimos casa donde quedarnos) fuimos como ese Kierkegaard buscando una inmanencia perfecta de sí, devenir ostra a fin de que el mundo no entre en nosotros. Un “ensimismado” total en su intérieur-refugio, rodeado de espejosque lo mantiene a salvo tanto de la naturaleza como de la historia (todo tempranamente denunciado por Adorno). Sin mistificar el asunto demasiado, cabe señalar que en el mejor de los casos, con el confinamiento se instaló ese aburrimiento que invita a cierto re-existencialismo, una “autorreflexión” que desplaza el confort doméstico del playboy de los 50 (epítome: Hugh Hefner), complementado por la música lounge. Hoy parece que el entreacto fue una oportunidad desperdiciada para cuestionar nuestra “vieja normalidad”.

Esa es la “atmósfera” que impregna Pompeii: rodeados por la Afueridad como estamos, cómo hacemos para mantener la calma quedándonos en casa. Del mismo modo en que pintara su cuadro en un inédito blanco de lienzo, Le Bon arrancó con su música en un silencio redescubierto en el encierro.

“Confiá en el amor / del mismo modo en que estás / llegando sin mirar / a apretar los interruptores de la pared”. Las primeras cosas que canta Le Bon en Pompeii mentan el entorno desde donde se las enuncia, una casa que vuelve a habitar en cuarentena veinte años después, donde incluso se reencuentra con objetos de su familia olvidados en los estantes. Por eso, sabe de memoria dónde están las perillas de luz. En este sentido, Pompeii me recuerda el estado de “insomnesis” (esa falta de sueño que activa la memoria) al que nos sometieron las primeras semanas sin salir a la calle.

Cosas que pasan en la casa de la mente también durante la escucha del álbum: ¿por qué asoma tanto déjà entenduPompeii remite a los Talking Heads de “This Must Be the Place (Naive Melody); “Cry Me Old Trouble” recuerda a la Siouxsie de Kaleidoscope; “Running Away” retoma “Ashes to Ashes” de Bowie; “French Boys” retrocede hasta Gary Numan y pasa por “Logan Time” (1980) de The Associates, mientras que “Harbour” podría haber integrado el Soul Mining de The The (si Cate no controlara la angustia). Incluso Remembering Me podría cantarse sobre el “No soy un extraño” de Clics Modernos. En definitiva, volvemos a comienzos de los ochenta, o sea, a ese momento del post-punk anglo en que la orquestación pop se pone en crisis con la llegada de sintetizadores y máquinas de ritmo. La instancia “start again” tras el “rip it up”.

De ahí que se compare tanto Pompeii con el “Bowie berlinés”, el de la mutación kraut que exhiben tracks como “Sounds and Vision” o “Sons of the Silent Age”. El lado electrónico del ataque 77. Lo llamo el “Trans-punk”: tanto Simple Minds como Peter Gabriel retomaron el prog rock basado en teclados, desde el back to basis y el minimalismo instaurados por Sex Pistols y demás, tomando al Bowie berlinés como ejemplo, en vez de ELP o Genesis. Le Bon cita y recita ese manual de deconstrucción y reconstrucción, lejos de toda retromanía. Los fantasmas de su vida (vaya la mención oportuna al “Ghosts” de Japan, de paso) reaparecen en un momento en que Cate quisiera desligarse de todo hábito (“Moderation”) y todo mandato (“Harbour”): lo que denomina “the remake of my life”. Aquí la palabra “remake” es clave: rehacer no es hacer de cero, es también recordar. El Bowie 77 se reconoce en la amalgama de sintes y saxos, que es totalmente original en Le Bon, tanto como sus arreglos de voces superpuestas en planos diversos. Como dentaduras afiladas los vientos (hay clarinetes por ahí también) contornean las frases; como repulgue, cierran los riffs. Aquí no vamos a llegar al solo de saxo como ex-presión sexual o “sensual” de uno que sopla inclinado. En Running Away hay un leve atisbo de eso, pero es sólo un homenaje a Andy Mackay (Roxy Music). Lo que sí vamos a seguir es un monólogo rumiante del bajo durante la suspensa (sin gravidez de beatDirt On The Bed y durante todo el álbum.

Cuando ese bajo calza en beat por primera vez es pura epifanía pop en forma de microgroove. Sucede en Moderation, con el estribillo que se canta de un tirón cual autógrafo o grafiti: “Picture the party where you’re standing on a modern age”. Acercándose facialmente a la primera María Rosa Yorio y el último Batato Barea, en el clip de “Remembering Me” baila apenas con los hombros (el micro-groove del que hablábamos, como un toc para Tik Tok). Y hay feeling: se hilvanan tendones de blues al final del verso “Cities built on monumental rage” (Pompeii). Ahora bien, la caligrafía tonal de esa frase sobre fiestas imaginarias y la “era moderna” (¿hay algo más Bowie que esta categoría?) fluye, contraponiéndose a las “disfluencias” con que la noruega Jenny Hval escancia la estrofa que cierra épicamente su flamante álbum, Classic Objects, también compuesto en pandemia. En el track, que se llama algo así como “La revolución no tendrá copyright”, oímos: “Un sueño es un remix del / despertar, algo se abre / y deja salir la con / cienciaaaaa / y el auto-control / Como en la cirugía, / algo se esfuma / y se reemplaza”. Preferible al acelere que permite la entrada de la métrica larga en el compás (Dylan en el 66; Fito últimamente; mucho rap), de todos modos, esta táctica de corte y alargue indica lo más “polémico” de Hval. A saber, su insistencia en incluir filosofemas en canciones, ajustar habitus de campus en marcos pop. Veamos.

 

Continuará

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