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“Sufrir a solas es perderse lo mejor del sufrimiento”, escribió Carlos Monsiváis en su estudio sobre el melodrama latinoamericano magistralmente titulado “Se sufre porque se aprende” (sin peros tranquilizadores). La frase es mantra y manifiesto en este libro: mantra porque no es fácil verle algo bueno al sufrimiento, ni que hablar de “lo mejor”; hace falta obstinación para sostenerle la mirada a lo que duele, sin ceder a los impulsos evitativos ni negar tampoco que, en fin, duele. Y manifiesto, además, porque la nota colectiva a la que apunta sutilmente Monsiváis es clave para el programa político de este libro.
Hilando estudios culturales, giro afectivo y teoría política en un recorrido literario, musical y fílmico, Camila Arbuet Osuna construye una genealogía feminista del despecho latino, desde las Furias griegas hasta la furia travesti de Camila Sosa Villada, como una variedad del sufrimiento históricamente devaluada y paradójicamente política. El despecho, por supuesto, pertenece al dominio privado de la pérdida amorosa, pero también lo desborda sin remedio, tanto en su expresión como en la variedad inextricable de desengaños que lo alimentan. Este afecto fabulador, novelero y teatral, sostiene Arbuet Osuna, vive de la puesta en escena, lo que es muy distinto que acusarlo de fingidor. Al contrario: también hay verdad y potencia en su delirio desbocado. En vez de hipersensible, o por hipersensible, este dolor podría ser “síntoma de la urgencia de otro imaginario social, un malestar que presiona por ser escuchado”.
La pregunta difícil, sin embargo, es qué hacer con un dolor que nos supera. ¿Qué pasa cuando se nos va de las manos, cuando nos salimos de quicio? Un argumento implícito y transversal de este libro es que sí, el desborde podrá ser insalubre, malsano, patológico… ¿y qué? La salud no es ni tiene por qué ser el único valor que cuente en la vida. De hecho, cuando se la instrumentaliza contra la vida bajo la máscara insoportable de la responsabilidad individual y una desafección sanitarista que sostiene la dominación, tal vez sea necesario rechazar la salud como valor último. Tal vez una “apología de los cuidados” que se lleva puesto “el drama insidioso y violento que nos habita” poco tenga que ver con cuidar. Y los afectos feroces, precisamente en su ferocidad, podrían ayudarnos a desarmar inhibiciones y certezas caducas; tal vez podrían incluso insuflarnos energía, llenarnos de furia, en una época que francamente las exige.
A tono con su apuesta, El despecho y los afectos feroces es un libro rabioso pero no atropellado, lleno de ferocidad y libre de estridencia; Arbuet Osuna regula el voltaje de su prosa con una maestría admirable, sin olvidarse de dejarnos espacio para respirar, para resonar. El sufrimiento exuberante que describe es bastante específico, pero también es muy nuestro, muy común, y nos haría bien reconocerlo. Porque quizás sea justo lo que necesitamos: una “impotencia vuelta volcán”.
Camila Arbuet Osuna, El despecho y los afectos feroces. Políticas feministas del desborde, Eduvim, 2025, 216 págs.
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