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La obligación de ser genial

Betina González

TEORÍA Y ENSAYO

Para Betina González no se trata en este libro, resultado de años de dar talleres de escritura, de volver a discutir lo enseñable o no del oficio literario, sino de hacer un regalo: transmitir una experiencia. Esa experiencia, de una escritora con sus logros, a sus lectores, empieza por la lectura. No se le suele dar un excesivo valor, y sin embargo lo tiene: que una escritora nos diga qué libros prefiere entre los que ha leído, qué libros la acompañan en el trabajo de escribir. Aquí hay más, porque se detiene en los detalles, en las características de esos libros, esos autores: la capacidad de imprimir un ritmo temporal específico a una narración, la habilidad para seleccionar los elementos de una descripción, o para acertar con un narrador o un tono emocional específico.

Como autora de ficciones, lo hace desde una perspectiva determinada. Las anotaciones resultan interesantes porque dan como resultado una estética, una de la época: rescate de la trama en sentido fuerte, del uso del suspenso para mantener el interés del lector, desarrollo de los elementos sentimentales en los personajes, creación de situaciones atractivas, presencia de la referencia a la “verdad” de lo escrito, como estrategias narrativas eficaces. En este sentido, por ejemplo, deplora al editor de Raymond Carver, por aconsejarle la reducción de lo emocional en el texto, y afirma que los cuentos originales eran superiores a la versión editada.

Pero el relato de la experiencia de vida resultante de ser una escritora va más allá: narra también las desventuras sufridas por la autora al ir como invitada a dar conferencias a otro país, el tedio de los aeropuertos, las conversaciones obligadas con personas desconocidas dedicadas al ambiente cultural, gestores y periodistas, los festivales y la sociabilidad forzada con personajes disímiles. El funcionamiento del amplio campo de lo literario visto sin mitificación, aun se diría sin complacencia, permite un baño de realidad al lector, y tiende la literatura sobre la vida cotidiana.

No es ajena a ello la cuestión de la difícil tarea de hacerse un nombre, con “la obligación de ser genial” que recarga doblemente la presión sobre lo escrito si quien escribe es una mujer (el texto está escrito íntegramente en femenino, y la extrañeza que produce esa elección es ya una performance). El recorrido hilvana anécdotas y reflexiones que se transforman en una posición ética y estética y es, de todas, la mejor regla a seguir. “Escribir es, ante todo, ser una desubicada. Hay que abrazar esa cualidad, hacerla propia, construir(se) en ella una poética”, dice, y marca el punto en el que una escritura se despega de toda corrección, normativa o moda literaria. Se da una lucha inacabable con la duda, y la aventura de la palabra adviene como la inmersión en una zona desconocida que implica riesgos para quien escribe.

El epílogo, al fin, da cuenta de las incertidumbres, los pasos en el vacío, el temblor que acecha a la escritura ahí donde, lejos de la certeza, un abismo se abre, con toda su densidad desconocida, aun amenazante, entre el teclado y la luz que titila en la pantalla.

 

Betina González, La obligación de ser genial, Gog y Magog, 2021, 252 págs.

25 Nov, 2021
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