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El prófugo

Natalia Meta

CINE y TV

Buena parte del cine de terror contemporáneo es un parque temático de trampas y emboscadas para el estado de ánimo de un espectador videoadicto. Cuando no está lleno de tendencias arty (el extraño revival que las formas del giallo están padeciendo en Europa), revienta en un manierismo para trogloditas que entiende la pornotortura como una forma de la osadía. Al estar sobreestetizado, ganó en impactos vacíos y diluyentes todo lo que había ganado en sofisticación hasta la segunda parte de la saga de Scream, que vino a trazar una línea desigual de perplejidades internas entre lo que el cine de horror supo (todavía) entregar en la década de 1980 y la forma en que fue leído después por guionistas y directores que parecían más influenciados por Baudrillard que por Wes Craven.

Ante ese desborde de lo visual, Natalia Meta propone escuchar. Su manierismo es acústico, y la incomodidad que provoca es la propia del pánico, una sensación etimológicamente sonora. La apuesta es crear el horror dentro de la cabeza del público, entrando por los oídos, siempre susurrando, casi nunca gritando. Que Inés (Erica Rivas) se dedique al doblaje de películas en las que se adivina un softcore euroasiático que puede o no ser sangriento resulta un detalle tan espejeante como irónico: cuando comience su pesadilla ―apenas regresada de las vacaciones más breves y espantosas de la historia del cine argentino―, Inés se irá dividiendo entre distintos traumas (el de la voz, el del cuerpo, sobre todo el de la mente) que la doblan a ella en el mundo, entrándole desde otras dimensiones que son abiertas (siempre) desde lugares que el espectador no puede ubicar (nunca) en ningún punto del plano. Casi todos los encuadres filmados por Meta son perfectos; su apabullante poderío visual está a la altura del mejor Dario Argento, como si a la Suspiria original se le hubieran agregado los personajes psicológicamente deteriorados que sólo puede producir la Argentina. Pero dijimos que lo que verdaderamente asusta en El prófugo no es lo que se ve sino lo que se escucha, porque es a partir del nerviosismo sonoro como adivinamos ese interior oscuro al que a veces llamamos alma como un lugar que sólo puede ser tocado por la mano invisible del sonido y su sombra.

Entre Natalia Meta y Lucrecia Martel comienza a haber mucho en común, pero con una diferencia que resalta originalidades casi inéditas fronteras adentro. Lo que en Martel es una habilidad prodigiosa para crear tensión mediante el sostenimiento del plano, en Meta es un talento paralizante para el montaje y la edición, que permite viajar del silencio al horror con la velocidad de un parpadeo, como si con cada decisión estética se hubiera decidido manipular la imagen y el sonido junto con la respiración del espectador.

 

El prófugo (Argentina/México, 2020), guión de Natalia Meta a partir de la novela El mal menor, de C.E. Feiling, dirección de Natalia Meta, 90 minutos.

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