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Oral y escrito

Eduardo Stupía

TEORÍA Y ENSAYO

Reconocíamos el trazo de Eduardo Stupía por sus escenarios abstractos, abigarrados de líneas, que convocan la mirada como una perinola e imprimen en la retina su propio movimiento; ahora el trazo ha devenido escritura. Oral y escrito se titula el volumen recopilatorio de conferencias, entrevistas, artículos para suplementos culturales, textos para catálogos y ensayos, que junto con Líneas como culebras, pinceles como perros (Ripio, 2018) nos muestra otra faceta de Stupía. Emancipados de su carácter coyuntural, nos permiten aproximarnos a una concepción no ya de la imagen, sino de la palabra para este soberbio artista visual. Ambas, palabra e imagen, sin perder cada una su especificidad, trazan una contigüidad de flujo, cuya ligazón inicial habría que buscar en el hecho de haberse inscripto finalmente en Bellas Artes por estar cerrada la Facultad de Letras. Este desplazamiento en buena medida impregna el modo lateral de leer y escribir del artista. Como dijo Wallace Stevens: “La lengua es un ojo”.

Desde aspectos biográficos hasta semblanzas de artistas y consideraciones respecto al arte contemporáneo, los textos recorren un amplio espectro. En “Una conferencia” nos cuenta que de un tío dibujante de banderines y de los pintores callejeros aprendió los primeros rudimentos del oficio. A raíz de una colaboración con Ricardo Piglia nos desasna sobre la función de la ilustración: lo que ilustra un texto no es la imagen, sino “la conexión entre ambos”, lo ilustrado es “una confluencia heterogénea de dos entidades irreconciliables”. En una suerte de biografía literaria reconoce ser “un lector desparejo, lagunero, inconstante y salvaje”, así como no dudaría en colocar en el centro imaginario de su caótica biblioteca la irradiación que emana de los libros de Héctor Libertella. En “Paisaje” ensaya un viaje en el que la referencialidad del paisaje entrevisto por la ventana se borronea hasta esfumarse completamente. Hay espacio para una semblanza del enorme Gerhard Richter, el “pintor producido por la propia pintura”. Hay también textos sobre fotografía (Nora Aslan, Daniel Ackerman) y un ensayo crítico en torno a las películas sobre el alunizaje que se permite bautizar un nuevo género cinematográfico como “ficción transgénica”.

No hay grandes diferencias entre los textos orales (transcripciones) y los escritos, lo que equivale a decir que Stupía habla como escribe, o viceversa. Sin embargo, esto no es del todo justo. La de Stupía es una escritura sinuosa, pródiga en perífrasis, oxímoron y metáforas (“postes de luz que babean las líneas pentagramadas de los cables”), que se mueve entre la abstracción rigurosa y la imaginación visual. Asimismo, la cercanía material con las obras descritas, la pericia, si se quiere, técnica, no escatima elogios, pero se calibra en una distancia crítica. El artista, dice Stupía, es un ser ético, construye “modos de ver”.

En consonancia con lo anterior, las reticencias frente a determinadas prácticas del arte contemporáneo (el ensalzamiento, por ejemplo, de la figura del artista por sobre las “potencias intrínsecas” de la obra) son tributarias de una defensa enfática de las disciplinas tradicionales, afín a una conceptualización del artista en comunión con la materia. Quizá allí radique el secreto último de su arte, en la configuración de un espacio propio, de una lengua privada, sí, pero también hospitalaria, abierta al intercambio.

 

Eduardo Stupía, Oral y escrito, Fundación Proyecto al Sur, 2018, 128 págs.

11 Abr, 2019
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