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Caperuxita

Agustina Pérez

LITERATURA ARGENTINA

Caperuxita lleva en el nombre una cruz. Una cruz de ventana tapiada que la escritura de Agustina Pérez se encarga de desmontar para dejar entrar un mundo. Esa cruz es, quizás, el antepenúltimo carácter de un alfabeto demasiado conocido. Una equis. La imagino girando como una hélice a toda velocidad hasta destruir todo lo que quede por fuera de la letra. Porque la suya es una imaginación lingüística. En un mundo de signos permutables y de imágenes que no se hacen eco de las palabras —el nuestro—, Agustina Pérez construye con toda libertad una ficción lingüística. De una crucifixión, hace cruz y ficción. Inventa una Caperuxita de pies antiguos y ojos modernos que da lugar a un deseo —de escritura, sí—. Y ojalá su escritura sea el futuro.

En la distancia que va de la Tierra Reseca a las Últimas Poblaciones, una laboriosa hacendera tergiversa en lugar de tejer. Tiene una tarea difícil: trazar un puente que se sale de los lugares comunes del tejido, hacer con la madeja —una esplendente corona de espinos— un lugar de pase. Entonces el relato se vuelve textura pura: una tejedora “de cuyo tacto depende, acaso, el cauce del mundo”, que bordea en lugar de bordar, montada en la escritura de Agustina Pérez, siempre en vilo, lleva a sus lectores a dar el salto de una vez, a atravesar el tramo por recorrer, en un relato hecho de astillas, de esquirlas, de filosas piedras preciosas. De poesía, bah.

A caballo, entonces, entre Caperucita a Través del Espejo y Alicia en el Bosque o —mejor— Alicia en la Salamanca de Santos Vega, la palabra, la piedra, son señales para perderse mejor. Caperuxita toda es la anatomía de un desplazamiento, un movimiento minúsculo que todo lo transforma: de una cartografía incomprensible —no se entiende, dicen que no se entiende— a una cartografía de la pérdida. La escritura de Agustina Pérez propone modos literales de perderse en la letra. Un delirar “para el desastre mejor”. En cada una de sus frases hay: como un chasquido, un fósforo que se enciende y conduce a otra dimensión del sonido y del sentido. Cada vez.

El problema parece estar en las vocales (o en la esperanza, o en el rumbo que toma la escritura de un sueño); por eso, Mirto Dermi las reemplaza por letras O de mayúsculo, de variable tamaño y con eso restablece el errado orden del mundo. En un trabajo sutilísimo con la palabra, el sonido, el fraseo, Agustina Pérez reivindica un lenguaje nuevo, ocupa un espacio, un intervalo, que no pueden poseerse ni llenarse con la santísima trinidad de ninguna interpretación. Sola de toda soledad, Caperuxita casi no se cruza con Felipe II el Atrevido, el Indiscreto, el Certero, el Peregrino, el Obsequioso, el No Enterado. Aquí las aflicciones/aficiones no empiezan, se abandonan. “¿Estás dispuesta a resignarlo Todo por un extravío manifiesto?”. Caperuxita dice sí y accede, no para de acceder. “No hay atajo y lo que hay: trabajar en las condiciones dadas por sentado, por fatidiquísimo trono —el atoro del sol, su rebuzno”.

Así, esta niña decimonónica se lleva a cuestas “todo el despropósito del mundo”. Y sigue las instrucciones erráticas para perderse mejor: “se vuelve cielo encapotado que desorbita las brújulas”. La apuesta de Agustina Pérez es alta —como la de toda escritura—. Y el final de su novela es feliz porque está a salvo de que nadie diga nada a no ser que hable su lengua. Porque es imposible hablar de Caperuxita, sólo se puede hablar en ella, al modo barthesiano: en un plagio desenfrenado. Oh, abuela, qué grandes son tus manos. Para abrazarte mejor. “Pero. Abuela. Qué es ese despatarre lógico. No se abraza con las manos. La única verdad a la que podemos aspirar es a la de la alucinación de la etimología”. Así, alucinados, los lectores entramos en el juego. Y en aquel desquicie mayor, por supuesto: la literalidad. ¿Lobo está?

 

Agustina Pérez, Caperuxita, Club Hem, 2021, 95 págs.

17 Mar, 2022
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