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Degenerado

Ariana Harwicz

LITERATURA ARGENTINA

Hace más de cincuenta años, Borges se quejaba con Bioy Casares de que la amistad, uno de los mejores temas de la literatura, ya no podía tratarse porque sugería pederastia. Borges se refería a la homosexualidad, pero hoy esa frase puede quedar intacta porque el tabú se ha extendido también a la relación entre adultos y niños. “Las mejores obras fueron imaginadas en siglos sin infancia ni sexo”, dice el narrador de Degenerado, la reciente novela de Ariana Harwicz, en extraña sintonía con las palabras de Borges anotadas por Bioy Casares en su diario. ¿Es posible que se trate de una prohibición injustificada? Es lo que parece preguntarse el libro de Harwicz. Y si fuera cierto, lo sería porque la sostiene una creciente ola puritana que se cierne sobre una sociedad en guerra consigo misma.

La guerra, los tabúes y las transgresiones no son temas para nada ajenos a la obra de Harwicz. En sus novelas, la estructura de la familia nuclear es desarmada e invertida. Padres que sabotean a sus hijos, hombres ausentes o violentados, madres que tienen el mando, relaciones incestuosas. Degenerado continúa lo anterior. Aunque ahora por primera vez el narrador y protagonista es un hombre, el trasfondo sigue siendo el mismo: la masculinidad debilitada. Mientras en las otras novelas esto permitía explorar la libertad de sus mujeres, en este caso el foco está puesto del otro lado. Como en Magnetizado, la novela de no ficción de Carlos Busqued, el que habla ahora es el otro, el victimario.

“La verdad tiene la estructura de una ficción donde otro habla”, dijo alguna vez Ricardo Piglia. Allí parece apuntar Harwicz: ver qué hay de verdadero en la mente del mal, sobre todo, “si es que se puede decir algo sobre el deseo sin volverse un criminal”. El libro en su totalidad es una puesta en escena, un juicio a un hombre que no niega ni confirma que haya cometido un crimen, alguien que quizás sobrevivió a los nazis y a los comunistas, alguien que quizás vio morir a los judíos. Lo que le interesa a este hombre, y a la novela por extensión, es sacar a la luz su discurso “filosóficamente de derecha, políticamente anarquista”. El monólogo, armado de las más variadas referencias conservadoras, es apenas interrumpido por una jueza y por un coro de vecinos. En esa línea, mucho más sutil y llena de matices es la lectura de Magnetizado (e incluso la del último tomo de la serie Mi lucha, en las partes donde Karl Ove Knausgård cede la voz al joven Adolf Hitler).

El problema de Degenerado es que es difícil despegarla de sus antecesoras. Esto indica al menos dos cosas: por un lado, que la obra de Harwicz se desarrolla de manera orgánica, cada libro suyo es una nueva representación de sus obsesiones, vistas a través del prisma de su estilo. Y sobre esto último reposa su debilidad. Porque, por otro lado, a punta de estilo no se puede sostener una obra. El argumento de las novelas de Harwicz es cada vez más fino (en Degenerado, prácticamente inexistente). Por lo tanto, lo que se puede decir de esta es casi lo mismo que lo que se dijo de las otras dos o tres. Se habría llegado a un punto muerto. ¿Qué hay aquí si no un lenguaje desaforado que cuenta poco o nada? Es posible que Harwicz sea una de las estilistas más interesantes escribiendo hoy en día, lo cual, para bien o para mal, no significa que Degenerado no sea una novela fallida. La mayor virtud de Harwicz, esa sintaxis peculiar y feroz, se vuelve un recurso más; su lector habitual, por lo tanto, demasiado autoconsciente como para ver a través de ella.

 

Ariana Harwicz, Degenerado, Anagrama, 2019, 124 págs.

22 Ago, 2019
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