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Diario de los quince

I Acevedo

LITERATURA ARGENTINA

Que estamos viviendo el retorno de las estéticas de los noventa y los dos mil ya no es novedad para nadie. Colectivamente estamos obsesionados por los recuerdos de esos años, sobre todo quienes en ellos nos criamos o fuimos adolescentes. Pero ¿cuántas de esas memorias son apenas justas con la realidad? Ricardo Piglia, en “El último cuento de Borges” —texto recopilado en Formas breves— dice que las personas tenemos una memoria implantada, pues la cultura de masas es “una máquina de producir recuerdos falsos y experiencias impersonales. Todos sienten lo mismo y recuerdan lo mismo y lo que sienten y recuerdan no es lo que han vivido”.

Quizás, un diario personal funciona como una trampa material para esos recuerdos falseados, moldeados por el relato a la distancia. I Acevedo publicó su Diario de los quince. La aventura de escribir en la editorial Bosque Energético, impulsado por la lectura de los diarios del propio Piglia. Se trata de una selección de entradas de la adolescencia tandilense del escritor: páginas de cuadernos y primitivos archivos de Word correspondientes a los años 98, 99 y 2000, con una mirada ingenua sobre esas épocas, una menos viciada por la dinámica de la nostalgia y las modas circulares.

Allí encontramos un poco de lo que aparentemente todos tenemos ganas de leer: veranos en bicicleta, amistades y romances pequeños sin amor, sublevaciones contra los padres y la escuela; también, algo de lo que al parecer todos extrañamos de los noventa: disquetes, Casa Tía, casetes, Encarta. Pero sobre todo hay mucho de aquello que realmente vale la pena reconstruir, las memorias menos falseadas y más subjetivas de un escritor: exploración de métodos de escritura, tristezas crónicas, problemas económicos que se vuelven cada vez más graves, como previendo la adultez y el estallido. Y la pregunta por si es más verdadero lo que recordamos o lo que registramos de esos recuerdos: ¿sabemos más quiénes somos en la medida en que vivimos o en la medida en que escribimos sobre esas experiencias?

Un diario está conformado más que nada por los deseos que nos atormentan, raramente alguien escriba diarios sobre la plenitud. Pero las angustias de la adolescencia de I no se parecen mucho a las evocadas por la cultura de masas, las de la adolescencia televisada. Uno de los temas recurrentes es la falta de dinero. Pero I no necesita plata para salir a bailar, para comprar ropa o drogas. I quiere comprarse libros, quiere comprarse tiempo para escribir. Deambula por varios trabajos, que divide entre placenteros —escribir— y remunerados —cadetería y periodismo—. Y hace listas de gastos, para descubrir que los más abultados son los de la biblioteca, para recordarnos que la cultura sigue siendo cara y que es muy costoso leer libros aunque, paradójicamente, es muy poco redituable escribirlos.

Piglia, en las notas preliminares de Los diarios de Emilio Renzi, dice que lo que se escribe en un diario luego es difícil de reconocer, casi como si uno no lo hubiera vivido. “Sin embargo está convencido de que si no hubiera empezado una tarde a escribirlo, jamás habría escrito otra cosa. Publicó algunos libros […] sólo para justificar esa escritura”. Para el I Acevedo de la adolescencia, la escritura de su diario es algo indeseable, es la distracción de su gran obra. Pero también es algo que no puede dejar de hacer, así como nosotros no podemos dejar de leer. Hay un valor allí que va más allá de lo literario —aunque los destellos poéticos de la búsqueda estética de I son dignos de admirar—, hay una clave vital en esa “manía por registrarlo todo, por recordarlo todo”, aun cuando siente que son las cosas que escribe las que primero olvidará: “¿Será por eso que escribo? ¿Para poder olvidar?”. Tal vez los lectores podamos preguntarnos algo parecido. Quizá nuestros recuerdos estén hechos más por los libros que leemos que por alguna otra cosa.

 

I Acevedo, Diario de los quince. La aventura de escribir, Bosque Energético, 2022, 216 págs.

9 Mar, 2023
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