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Disminuya velocidad

Franco Rivero

LITERATURA ARGENTINA

La memoria del lenguaje es también la memoria del mundo con sus patrones y sus alteraciones en diferentes planos: “dicen que el agua tiene / memoria / que en las calles / al llover / corre hacia lo que fue / laguna o estero / y que el río siempre / retoma su cauce / que es inútil / forzar desvíos”, leemos en Disminuya la velocidad. La escritura poética no es un recurso para leer ni para interpretar la realidad; más bien se trata de un espacio que habitamos con sus ciclos y sus transformaciones de acuerdo con lo que sucede con nuestras vivencias, y ese sería el punto de partida de Franco Rivero.

El paisaje rural de provincia es una geografía particular en la cual las aves, los insectos, los peces, el río, los árboles, los pescadores, el tabaco, dibujan un territorio único y sensible. Lo que le otorga sentido a la palabra poética de Rivero es su capacidad para contener y encender la imaginación desde un lugar en el que predomina la intimidad.

Desde una lengua que asimila el guaraní se articula una voz singular en que las condiciones de una época anterior están enunciadas en algunos versos donde los afectos terminan siendo emociones poco claras y apenas expresables: “cómo sostiene un punto / un pez / si nunca se apoya / sobre el mismo punto / no hay cielo porque / no se mira para arriba / o porque no existe / ese paisaje / la posibilidad / de un engaño visual”. Aquello que ocurre en la bóveda celeste resuena en el universo acuático, la voz del poeta es una voz anfibia que se deja llevar por la corriente del lenguaje con la naturalidad con que respiramos hacia una región desconocida.

En los aprendizajes para la vida cotidiana están las voces de nuestros padres y madres: “tare’ ỹ en el agua / el agua es todo / y si te ahogás / es por el agua / que también sos vos”. La poesía se convierte en un diccionario con el fin de consultar por nuevas formas de decir. Y lo que aprendimos es un saber del cual depende toda nuestra vitalidad y toda nuestra existencia.

El reconocimiento de los otros obra por medio de sus voces y por medio del paisaje; no hablamos sino que somos hablados por lo que acontece a nuestro alrededor. El tono contemplativo de la escritura de Rivero pierde intensidad al capturar aquello que registra su campo de visión. Todo está silenciado y atravesado por lo que ocurre fuera de nosotros en simultáneo con nuestras captaciones mentales, o líricas, de lo que conocemos: “a mí el campo me entró con el tabaco: por la nariz / después por las manos / la vista / hojas con venas / nunca había visto / las tocaba / como quien no ve / o no cree / en lo que ve”. Pareciera ser que lo real no puede contenerse en el interior de la escritura y los sentidos se desbordan por completo cuando el radar sensitivo se detiene en un aspecto concreto.

El universo sentimental de Rivero recubre de una sensibilidad poco usual el contacto con nuestros seres queridos, le devuelve contenido a la poesía y desde allí hace la diferencia con aquellos y aquellas que demandan de la escritura un correlato objetivo. No hay tensión entre oralidad y escritura; la voz es una prolongación de nuestros vocablos que articulan ambas dimensiones de un modo orgánico. Y ante la sensación de tener una expresión en la punta de la lengua y no poder decirla aquí hay una resolución feliz: el poeta encuentra en una modalidad lírica un orden interior desde el cual reconstruye los vínculos afectivos de una manera demorada y con una atención plena en el presente.

 

Franco Rivero, Disminuya velocidad, Editorial De Acá, 2018, 80 páginas.

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