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El gigante de tinta

Silvio Mattoni

LITERATURA ARGENTINA

En El gigante de tinta se recupera la pregunta por la relación entre hablar y cantar. Los poemas son piezas musicales que retoman la voz del poeta y la desplazan a un territorio borroso en el que se disipa el límite entre la materia de los sonidos y las declinaciones de la lengua; el yo lírico se pierde como un satélite que se aleja de su planeta. Es una concepción de la poesía que no se contrapone con la escritura entendida como grafía, sino que da cuenta de la musicalidad de los versos como si la voz detrás de cada texto fuese la de Orfeo, que ensaya diferentes notas hasta dar con la indicada. Es lo que pasa con “Esta noche”, un poema que reconstruye una escena de voces familiares que se confunden con las letras de una canción pop; a medida que la canción se hace más intensa, el poema también. Las hijas del poeta son quienes convierten fácilmente una escena de un barrio de provincia en una breve epifanía familiar: “Las tres van a ascender dentro de poco / a las desdichas de la autonomía / y yo las tapo con algo de silencio / para que no se apague esta noche, ‘tonight / we are young’, brillen más, préndanse más que el sol”. Desde esta visión es difícil decidir qué lugar ocuparemos con respecto a lo que nos toca vivir, como si tuviéramos la sensación de que la vida, con su resplandor, estuviese sucediendo en otro tiempo y lugar frente a nosotros: “¿Es preciso amar la vida o mirarla / hasta que pasa? La pregunta retórica / no tiene respuesta. Amo todo lo que miro / y mientras lo miro pasa”. Esta extrañeza frente a la propia experiencia no nace de una fisura anterior; más bien tiene su origen en inquietudes sobre el futuro, como la de preguntarse qué será de nuestras vidas cuando no seamos jóvenes. Y qué quedará de nosotros en la memoria de nuestros seres queridos cuando no estemos más en el mundo.

Así como trazan una correspondencia deliberada con las constelaciones, los poemas articulan otra con los sonidos, acaso semejante a la armonía musical de los cuerpos celestes. Hay una facultad lírica en la poesía que consiste en dejar un mensaje para el porvenir. En todo caso, la trama familiar siempre es el centro de gravedad en el cual se sitúa el poeta cerca de sus afectos, como en el diálogo con su hijo sobre Orión y las estrellas: “Escribí lo que pensé / y lo que nunca dije, que allá arriba / había un gigante y que las tres luces / de su cinto inclinado acá en el sur / tenían nombres de mujeres bíblicas. / Ahora él reconocía mi silencio / y junto a la figura de puntos engrosados / por el flujo de tinta suave y firme / empezó a anotar lo único que sabe / escribir, su nombre en mayúsculas de imprenta”. Las palabras poéticas, las canciones y el movimiento de los astros descansan en una misma voz que habitan los hijos y los antepasados a la vez.

La lengua no reproduce las relaciones afectivas en el tiempo: las teje; mantiene un vínculo con la pérdida de aquello que aún no ocurrió pero que en cualquier momento puede transformarse en un acontecimiento cuyas consecuencias desconocemos. Se escribe para no morir. Y la poesía es un cuaderno sentimental que ordena de manera sucesiva relatos mínimos, formas sensibles, episodios románticos y cosas que no tienen nombre en una épica en contra del olvido.

 

Silvio Mattoni, El gigante de tinta, Zindo & Gafuri, 2016, 78 págs. 

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