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El sexo de las piedras

Fernando Araldi Oesterheld

LITERATURA ARGENTINA

En el prólogo de El sexo de las piedras, Arturo Carrera menciona la tragedia familiar del autor. En el apellido célebre se esconde la sombra de muertes terribles. Pero el libro sólo se refiere al dolor por medio de figuras e imágenes, se niega a contar lo que no puede ser narrado. Su tema es la orfandad y una serie de investigaciones acerca del nacimiento. Preguntas simples y propias de una infancia que se mira retrospectivamente podrían surgir entonces: ¿por qué nací?; ¿es cierto que soy el que soy? Pero no aparecen. El silencio de unas respuestas sustraídas se hace presente en los grandes blancos y en el primer verso del poema único: “Aquí se guarda el silencio”. Todo aquello que no habla deberá ser imaginado, hasta su manera de callar, de guardar silencio.

No es el menor de los enigmas de Araldi Oesterheld su llegada a la forma de libro, el tiempo de una resistencia, el peso insoportable que sin embargo rompió un largo silencio y empezó a flotar más levemente, puesto que los libros son las cosas más livianas del mundo. Una voz en cursiva advierte: “no importa donde abras el libro, la página licúa / la esperanza. / no importa el libro”. Sin atisbos de esperanza, el blanco de las hojas ilumina lúcidamente las procesiones de ausentes que están sentenciados a ser lo que fueron y a sufrir en el pasado una suerte que hubo de definirlos, poniéndoles el semblante de última página involuntaria. ¿Quién habla en el interior del libro? ¿Con quién sueña que habla el poema y su intensidad? ¿Madre? “Ahí donde di a luz, / ahí es mi patria: // (acá falta algo)”. Hay una mujer que falta en la matriz originaria del libro. Las lágrimas suben incluso la árida pendiente de un fugaz comentario. Pero no sólo está ella, la faltante, sino que también aparecen otros, un coro, los que no pueden dejar de sustraerse: “ellos llegan, // desde ningún lugar / ellos llegan, // cruzan un jardín siempre verde / el vacío inclinado / en donde todos los recuerdos / se prohíben”.

Ojalá fueran los anunciadores de la poesía, ese reino último de toda promesa, es decir, la libertad: escribir lo que se quiera, hacer ritmos e imágenes de lo que se quiere todavía, aun cuando casi siempre sólo sea escribir lo que se pueda. Una pequeña estrofa, una iluminación enigmática, un terceto en el que se puede adivinar la salida, las estrellas de un cielo que brillan sobre el purgatorio, todo esto veo en las palabras que siguen: “porque lo real es un llanto / que en el fuego de la cuna / deja letras de ceniza”. Alguien escribió una vez que ningún amor se va del mundo sin dejar su huella. Araldi viene a precisar más esa tenue esperanza sin la cual la vida sería imposible y lo real, ni siquiera un sostén para el llanto: la huella del amor desaparecido son letras. ¡Qué importa que la ceniza se vaya con el viento, con el tiempo! Son letras marcadas a fuego en una cuna que se dejó atrás. Y si “la poesía no es el único bien que hay en el mundo”, como escribió hace tiempo Arturo Carrera, al menos ahora compruebo que todo el dolor, incluso el mal absoluto, puede ser acompañado con sus letras, sus espacios, soledades de repente comunicadas entre sí, porque sí, para que lo más necesario sea dicho.

Fernando Araldi Oesterheld, El sexo de las piedras, Mansalva, 2014, 96 págs.

28 Ago, 2014
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