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El sol mueve la sombra de las cosas quietas

Alejandra Kamiya

LITERATURA ARGENTINA

Desde la inocencia de la mirada infantil hasta la experiencia adocenada de los viejos, Alejandra Kamiya parece dominar todas las voces en cada uno de los relatos breves de El sol mueve la sombra de las cosas quietas, y saca de ellas el máximo provecho con oraciones simples y pequeños gestos. Como una artesana de la brevedad, en cada relato dice mucho sin la necesidad de recargar, con una economía de palabras que logra evocar mundos enteros.

Un ejemplo de esto es el cuento final, “Veré árboles”, que analiza una vida desde la ternura de una niña en el recuerdo (“Imagino las ovejas, mezcla de animal y nubes. Quiero tocarlas”) hasta la sapiencia de la vieja que será (“Mañana va a ser ayer todo el tiempo”), en un único movimiento que parece un columpio yendo de un extremo al otro de la estructura que lo sostiene, sin perder nunca el eje.

En varios relatos aparece el pan como objeto simbólico, y en él se condensa esta simpleza narrativa de Kamiya. Harina, agua y levadura, las manos que lo trabajan y el fuego que lo moldea: esa es la receta del pan, equiparable a la de papel, lápiz e imaginación que implica la versión más simple de la tarea de escribir. En el cuento “La casa”, Sara se compra un terreno y edifica su casa con sus propias manos y con la ayuda de un par de peones. Construye su horno de barro: “Cuando salieron los primeros panes, blancos, tibios, ella supo, como se sabe sólo a veces, que lo que estaba haciendo era bueno”. Como Dios en el Génesis, Sara crea y luego mira su creación para descubrir que es “buena”. Orgullosa, le obsequia el fruto de sus manos a su vecino: “Amasé pan”, le dice y le entrega “el bollo blanco todavía lleno del recuerdo del fuego”.

Los trece cuentos de la colección comparten un mismo tono, aunque aborden distintas temáticas y estén compuestos por diferentes voces narrativas. Quizás el menos logrado sea “Un círculo pequeño”, y no porque sea peor que los demás, sino porque en la extensión (veinticinco páginas, el doble o el triple del resto) carece del aura de lo breve y pierde el efecto de obra preciosa.

En este sentido, es imposible no reconocer la relevancia de la herencia japonesa en la obra de Kamiya. Sin embargo, no es necesario vincularla con cierta vertiente de literatura argentino-nikkei (por ejemplo, con Anna Kazumi Stahl, aunque la pasión nipona por las flores sea compartida, como se puede observar en la salina de “Los gestos de la sal”). En todo caso, la belleza de los relatos de Kamiya no está definida por el exotismo de lo nipón —que aparece tematizado en apenas dos de los trece cuentos—, sino, ante todo, por un uso preciso de las palabras, que tejen hilos sencillos de historias frescas, un respiro a la vorágine cotidiana a través de la construcción de una casa, el perfume de una flor o el amasado de un pan.

 

Alejandra Kamiya, El sol mueve la sombra de las cosas quietas, Bajo la Luna, 2019, 160 págs.

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