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Homo ludens

Patricio Rago

LITERATURA ARGENTINA

Muchas veces se escucha a los adultos decir "esto no es un juego", "yo no estoy jugando", "no juegues conmigo", como si jugar fuese una acción ominosa, que solo puede acarrear desgracias a los participantes. Pero a la vez, en la vereda opuesta, se constata el compromiso y la alegría que asumen los niños cuando juegan. En ese momento, nada más importante en el mundo. ¿Cuál es, entonces, el carácter esencial del juego? ¿Falta o sobra compromiso? ¿Falta o sobra seriedad? Sea como fuere, el acto de jugar, según el filósofo neerlandés Johan Huizinga, es constitutivo de la cultura humana, un espacio de simbolización y de libertad, aunque determinado por límites y reglas. 

En un diálogo heterodoxo con esta rica tradición antropológica, Patricio Rago escribió Homo ludens (2026), que sin ser un ensayo clásico (debajo del título de tapa dice “novela”), aborda desde el punto de vista de un jugador de hockey las módicas hazañas del equipo, dentro y fuera de la cancha.

La columna vertebral del libro son las transformaciones: jugadores mediocres que de pronto brillan, jóvenes circunspectos que de repente estallan, personajes anodinos que se convierten en héroes, y por supuesto, la más radical de todas las transformaciones: morir. De hecho, así abre Homo ludens, con la muerte de un entrañable profesor (y ex jugador) del club. Las formas que adopta la muerte son variadas, pero hay una que atraviesa todo el recorrido y tiene que ver con tomar conciencia de las limitaciones, saber que uno no es lo que creía, que nunca será el crack que soñó, que permanecerá para siempre como promesa incumplida. En la novela sobrevuelan las dificultades de hacer el duelo por no ser esa joyita, pero también se explora lo complicado de la despedida, cuando el cuerpo no da más, ya no responde y nos vemos obligados a abandonar la práctica, bastante parecido al trauma del “fin de un amor cuando el amor sigue intacto”. Entre tantos duelos, el más difícil de procesar quizás sea el duelo por la infancia. La razón es sencilla: algo se fue, pero sigue actuando en nosotros. Justamente porque crecer está asociado, de alguna manera de la peor manera, a dejar de jugar, a perder una inocencia que, por diversos medios, los compañeros de equipo y especialmente el narrador se resisten a perder: “Sabíamos que nos quedaban pocos momentos como ese: de magia, de infancia pura, de juego absurdo”.

Al contrario de las novelas iniciáticas, Homo ludens es una novela de fin de ciclo, por eso las páginas rebosan melancolía (incluso en los episodios felices el tono es ese), más allá del humor y del vocabulario licencioso del narrador, que además de deportista es librero y militante político. Como siente que se está terminando una etapa, aparecen los agradecimientos, un intento de ajustar cuentas con las personas que fueron fundamentales en su vida. Pero, se sabe, cuando termina el viaje, empieza otro. Y esta novela se instala en esa transición, en un entre muy fino, en la inminencia de un final, lo que obliga al narrador a contar varios pasajes en presente.

Si consideramos que jugar (por ejemplo, con el lenguaje) no es un desvío de lo humano, sino una de sus formas más originales, comprenderemos los dibujos rupestres de la tapa y las ilustraciones del interior. Como si el tiempo de concluir fuera, en realidad, un retorno a los orígenes. Llamativamente, el Homo ludens de Rago dialoga, más que con su homónimo neerlandés, con El juego del juego (1982), de Jean Duvignaud. El antropólogo francés sostiene que el juego es una actividad gratuita que escapa a la lógica utilitaria de la sociedad (algo por lo que el narrador apuesta en su militancia). No está orientado a producir bienes ni a cumplir una función práctica; es un espacio de libertad donde pueden surgir comportamientos imprevisibles y relaciones nuevas entre los sujetos. El equipo de hockey del que habla el libro parece acercarse a esa dimensión del juego. No por casualidad, el deporte, la literatura y la política son una forma de invención colectiva.

 

Patricio Rago, Homo ludens, Emecé, 2026, 296 págs. 

9 Abr, 2026
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