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La realidad absoluta es un libro extraño, no por la reconocida capacidad de su autor para establecer, en cada uno de los textos que lo componen, insólitas redes donde elementos aparentemente inconexos se vinculan misteriosa o arbitrariamente, ni por apoyarse en un complejo sistema de referencias, deudor, principalmente, de la historia del arte, la filosofía, el cine, la cultura pop del siglo XX y también de la literatura; lo extraño radica en el asedio a un objeto que, aunque se muestre delimitado en su enunciación, es impreciso, un objeto que, a diferencia de lo que ocurría en Bellas artes (2011), parece de una simpleza tan rotunda que, paradójicamente, se volvería inabordable. La “realidad absoluta” es, o sería, la manifestación del silencio de los entes, una suerte de instancia de no-sentido frente a la cual la única respuesta es la afasia, y el ocasional testigo de semejante epifanía solo podrá dudar entre considerarse bendecido o desventurado, pues, como reza el epígrafe de Shirley Jackson: “Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta”.
En nueve textos que oscilan entre el ensayo y la narración, Sagasti presenta desde una anécdota de infancia en la que el narrador descubre “los ríos que corren en el cielo” hasta las vicisitudes de un escritor fantasma que “roba” una idea lateral del narrador para quien trabaja, con intención de convertirla en un relato propio. Quizá la apuesta mayor del libro de Sagasti sea afrontar con estoicismo ese fracaso renovado en cada intento de capturar la realidad absoluta, que, como ocurre con la gracia, la belleza o la poesía, no por ser llamados concurren a la cita.
La indagación de conceptos, los axiomas, la proliferación de asociaciones, menciones y glosas, pueden recordar a Sebald o Quignard, autores cuyo ritmo sugiere la lenta maduración de lecturas profusas; el estilo de Sagasti es, por el contrario, contemporáneo, impaciente, frenético como las búsquedas en Internet.
Especial atención merece “Serpientes”, texto que aborda la vida y la obra de Aby Warburg, el crítico que intentó masacrar a su familia, el hombre que con un atlas de las imágenes demostró la repetición de las formas a través de la historia. Semejante a un Aby Warburg escritor, Sagasti descubre motivos de la cultura (conceptuales, narrativos, musicales, cinematográficos, etcétera) que se comportan como figuras dimensionables, piezas de un rompecabezas que acaso pueda revelarnos la forma final de la realidad absoluta.
Luis Sagasti, La realidad absoluta, Eterna Cadencia, 2026, 144 págs.
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