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Amarga Navidad

Pedro Almodóvar

CINE y TV

Desde Dolor y gloria (2019) se volvió casi automático identificar a los protagonistas masculinos de Almodóvar como sus alter ego. Amarga Navidad repite el procedimiento y, de paso, lo vuelve sospechoso. Raúl Rossetti (Leonardo Sbaraglia), un director en sequía creativa, escribe un guion sobre Elsa (Bárbara Lennie), una realizadora que dejó el cine por la publicidad. La película hace explícito el conflicto moral de esa operación, porque el director se alimenta de duelos, intimidades y tragedias ajenas para devolverlas como ficción. Pero, más allá del dolor que irradian los personajes femeninos a su alrededor, Elsa remite a Raúl, Raúl remite a Almodóvar, y todos los planos y personajes terminan devolviendo, según la lectura más cómoda, la cara del autor. Aunque siempre conviene desconfiar de lo que le resulta cómodo al pensamiento y anula la reflexión.

Si el dispositivo es un juego de espejos, hay que acordarse de que el trabajo del espejo es devolver la imagen invertida. El alter ego no es entonces una confesión transparente, sino un reflejo que cambia de signo. Raúl está bloqueado, repetido, exhausto; Almodóvar, que no para de filmar, sostiene en cada entrevista que atraviesa su período más fértil. Elsa dirigió una sola película de culto y se pasó a la publicidad. Recuerda a Pepi, de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), pero en la ópera prima de Almodóvar, ser publicista era un punto de llegada positivo. No un fracaso. 

Lo que el film pone en escena, entonces, no es quién es Almodóvar, sino aquello en lo que teme convertirse. La autocrítica se ejerce sobre una versión caída de sí mismo, una hipótesis antes que un retrato. Esa inversión también alcanza a la idea, atractiva pero tramposa, de que lo mejor ya pasó. Cada etapa tuvo sus rarezas y sus traspiés. Kika (1993), con su exceso y su grotesco, es la anomalía de los años de consolidación, así como Pepi, Luci, Bom… había sido el arranque artesanal y guerrillero del mito de la movida. Leída en esa serie, Amarga Navidad construye el relato del declive como material. Dramatiza la posibilidad del agotamiento para poder pensarla. 

Hay un detalle que condensa el procedimiento. Elsa, el personaje que Raúl escribe, viaja con su amiga Patricia a la playa volcánica de El Golfo, en Lanzarote: el mismo arenal negro que Almodóvar ya había filmado en Los abrazos rotos (2009) y que entonces definió menos como un paisaje que como un estado de ánimo. La película habla del miedo a repetirse y lo hace volviendo a sus propios escenarios. La autorreferencia se convierte en tema al filmar sobre lo ya filmado, reescribir lo ya vivido, volver a un lugar es la medida del cambio.

Conviene, además, no aplanar el linaje. El director que se contempla en su propia obra no nació con Dolor y gloria: ya en La ley del deseo (1987) el protagonista era un cineasta, y leerlo como desdoblamiento del autor resultaba casi inevitable. Dolor y gloria solo volvió esa lectura más notoria. Si se fuerza el argumento, el linaje llega incluso hasta Pepi, Luci, Bom…: en el personaje de Carmen Maura ya podía rastrearse una proyección del autor. Vista en esa serie, Amarga Navidad no dramatiza el miedo a repetirse —ese fantasma demasiado citado—, sino la sequía creativa, el vacío de no saber qué contar. Y es tajante con su propia cura. El bloqueo se resuelve escribiendo. El duelo, el pánico, la parálisis ceden en el momento en que el personaje vuelve a la página y esas mismas emociones y vivencias se convierten un material nuevo que no estaba antes en el mundo.

 

Amarga Navidad (España, 2026), guion y dirección de Pedro Almodóvar, 111 minutos.

18 Jun, 2026
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