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La vida por delante

Magalí Etchebarne

LITERATURA ARGENTINA

Hacia el final de “Casi siempre desesperados”, el último cuento de La vida por delante, Ana piensa que, aunque haya dicho lo contrario, esa noche Ramiro no se irá a dormir en otro lado. Se tomará una cerveza en un bar, le hablará al chico de la barra sobre la obra de teatro que está escribiendo y, cuando el chico diga algo al pasar —“algo simple, luminoso y demente como solo puede habitar en la verdad, y poético como solo puede nacer en la sintaxis de alguien que no se considera un artista”—, lo anotará en el celular y terminará apareciendo en la obra de teatro. Es el final de un viaje a Mar Azul, en el que, yendo y viniendo desde la ilusión del comienzo hasta las discusiones, las manías del otro cada vez más insoportables, las frases hirientes y el tedio, “la muerte lenta del amor” entre Ana y Ramiro se desovilla. También Leslie, la escritora norteamericana de bestsellers eróticos que viaja a las Cataratas del Iguazú en “Un amor como el nuestro”, está al acecho de lo que terminará alimentando alguna de sus novelas, y hasta Julia, la correctora de la editorial que la acompaña, se siente un ave de rapiña (“se lleva cosas, se regocija frente al desastre”) corrigiendo lo que escriben otros. A Leslie, sin embargo, la tragedia que anuda a Julia con los suicidas de las cataratas se le escapa.

Ese tráfico promiscuo con la vida está en el adn de mucha literatura reciente, pero Magalí Etchebarne acerca la lente y afina el oído para que, sin la coartada de la autoficción, lo visto y lo oído insufle las historias arborescentes de los cuatro cuentos. “Voy a usar eso que acabás de decir o esto que acaba de pasar, lo siento”, acaba de confesar después de recibir el Premio Ribera del Duero por La vida por delante, “voy a traicionar lo que sea que esté traicionando en este viaje de la escritura a la vida”.

Pero eso es apenas el comienzo. Nada es simple en las relaciones humanas, la red de causas y azares es infinitamente compleja y, en la figura facetada que componen tomando cierta distancia, hay un punto de partida para la sobrevida no ingenua del realismo. De ahí que cualquier intento de resumir los cuentos de La vida por delante —tentativa vana de las contratapas— traicionaría el delicado bastidor que trama los hilos de cada relato, los tensa y los amplifica hasta dar espesor a unas vidas a primera vista planas.

“Solía abordar las fuerzas mayores de la vida”, decía Willa Cather de Katherine Mansfield, “mediante incidentes comparativamente triviales. Lo que más le interesaba eran las relaciones personales, sobre todo las incatalogables, aparentemente carentes de importancia”. También Etchebarne va detrás de esa materia escurridiza que se resiste a los moldes rígidos del género —amor, desamor, enfermedad, muerte—, “fuerzas mayores de la vida” que bajo los disfraces barrocos del gótico o la evanescencia del fantástico corren el riesgo de escaparse. En la tradición realista moderna del cuento que la acerca a Alice Munro, Raymond Carver, Lucia Berlin, Lydia Davis o Hebe Uhart, no se conforma con inventar una trama para después ganar por nocaut con el golpe de efecto, sino que expande, concentra, suma, resta: inventa una gramática propia para no hipotecar la extrañeza de la mirada. Como Munro, va y viene en el tiempo y el espacio, tejiendo los hilos que se conectan o se desgajan, facetando la pieza hasta que en algún momento todo cobra consistencia; a veces el bastidor no alcanza y, poco antes de ceder a la ambición de la novela, las historias se derraman para arborecer en otro cuento. Como a Uhart, le sobran gracia y soltura que se conjugan en la transparencia del estilo, un tono inquieto y a la vez reposado, una mirada al bies que consigue rozar la intimidad de las vidas que retrata. Pero no faltan los adjetivos precisos en los que el cuento se abisma (un gato se llama secretamente “Cáncer”, “un nombre lujoso, contundente y ácido”; un pijama queda una noche debajo de la almohada en un “matrimonio mal doblado” que se separa; una poética se esconde en “algo simple, luminoso y demente” que alguien dijo), ni las observaciones agudas, inteligentes sin alardes, que regalan las pausas: “La seducción es esta pista de marchas y contramarchas, frenadas fuertes y giros inesperados, un circuito de aprendices”, “Un hombre hermoso que se ríe es un drama, el anzuelo fatal”. Imposible en el recuento, sin embargo, hacer justicia a la sucesión de escenas encadenadas, diálogos breves y climas cambiantes que refractan el avance recto hasta llegar al final que nada cierra y deja todo vibrando.

Los cuentos parecían contarse solos en Los mejores días, el primer libro de cuentos de Etchebarne, y el comentario corría el riesgo de estar de sobra. Ahora cuesta resumirlos sin aguar la fiesta.

 

Magalí Etchebarne, La vida por delante, Páginas de Espuma, 2024, 120 págs.

Imagen: fotografía de Eugenia Kais.

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