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La vida sin centro

Leandro Llull

LITERATURA ARGENTINA

Una medusa, el borde entre el agua y la tierra, un umbral o vía de pase desde adentro hacia afuera, de la imagen a la emoción o la reflexión y viceversa: lo que no se puede decir con certeza. Si el sentido es un centro del discurso, la afirmación un clivaje de los actos de habla, la poesía, para Leandro Llull, se produce en otra dimensión.

Cada poema gravita en torno a estados intermedios, trata de indicarlos, señalarlos, ya que no se puede hacerlo sino en el lenguaje poético o la pregunta, la duda, la indeterminación, bajo riesgo de frenar su flujo. Los poemas se acomodan entonces en torno a esa idea de lo que no tiene centro, expanden sensaciones o emociones fluctuantes, bordean a veces el oxímoron: “Acaricio lo eterno de las duraciones / y pruebo el vacío de no saber / dónde está el principio, dónde el final”. Esa circularidad o vacío es una potencia, una que desarma las fronteras, una que permite pasar de lo exterior al paisaje interior y al revés, para buscar, en lo desfasado, disuelto, sin pertenencia, una palabra que una, una palabra sensible que dé cuenta de eso mismo que ha sido dejado de lado en la vida cotidiana y la velocidad de la producción.

Lo fugaz, lo frágil, lo cambiante son la cifra de una mirada única. Que busca algo más allá de cada día, más allá del cielo, y que lo encuentra, con la política de la medusa, en esa misma constatación de existencia. Para llegar a esa constatación y a esa política, ese aprendizaje en el dejarse ir para que otras cosas y otros seres puedan hablarnos, hay que hacer silencio, observar, fundirse con el sol que cae, el ciervo y su mirada, chicos que juegan en la calle, y permitirse permanecer en ningún lugar, como la orquídea: entre suelo y cielo, entre animal y vegetal, entre significado y falta de sentido. Estar ahí, ser uno con el mundo, significa dejar de ser uno, aplacar la voz.

El poeta nos invita a caminar por ese hilo del verso y de la voz. Para eso, eligió cuidadosamente cada imagen, que cae como un copo de nieve que se superpone a otros, y en esa suma produce un efecto musical, de poema a poema, hasta lograr un tono emotivo pero también de registro de lo que pasa afuera, que es único, lo que hace del texto un libro en un sentido fuerte. El poema surge entonces como canción y diapasón del mundo. Si los títulos remiten muchas veces a escenas cotidianas o paisajes, como postales (“San Sebastián”, “Turner Collection”, “En un subte alguien lee a Virginia Woolf”), el cuerpo del poema da cuenta de los ecos de esa escena en un sujeto atento a ese ir y venir de las sensaciones, al pensamiento y la emoción, siempre con sutileza y un manejo sutil y preciso de los elementos poéticos, que se refuerzan en el remate de cada poema que es un recomienzo o invitación a su inicio y a la relectura.

El poema, bandada de gaviotas en pleno vuelo que disgrega su orden, puñado de arena, plasma sensitivo, se hace diapasón del mundo, un preciso instrumento que permite medir su adecuación a una vibración casi inaudible, para, en ese hueco, abierto a fuerza de sutileza, construir su potencia, con toda la fragilidad del lenguaje, desplegar la política poética de la medusa: “Las medusas danzan al trasluz. / La fina pulpa se desprende y vuelve / a su centro disperso, vacío donde el blanco / encuentra su presencia transparente / y, ciegas y todo pálpito, se amoldan / a las digresiones del sol o de la espuma”.

Leandro Llull, La vida sin centro, Salta el Pez, 2022, 46 págs.

4 May, 2023
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