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Luz era su nombre

Silvia Moyano del Barco

LITERATURA ARGENTINA

Un hombre de poco más de veinte años que llega a la Capital con la intención de hacer una carrera en el ambiente del cine y una mujer mayor, de edad indefinida, soltera, de buen nombre y mejor posición, son, como el agua y el aceite, los personajes principales de Luz era su nombre, el libro más reciente de la Serie del Recienvenido, una colección del Fondo de Cultura Económica que rescata y reedita “grandes obras de la literatura argentina de las últimas décadas del siglo XX”. La tarea de elegir y prologar los títulos de la colección creada por Ricardo Piglia la continúa hoy Aníbal Jarkowski.

El modo en que Humberto Ventozzi y Adelina Güemes se cruzan para darle forma a este drama tiene exactamente la extensión y la forma de un aviso clasificado. Ventozzi, al borde de un abismo personal, siente que su deseo actoral se diluye, lo mismo que sus ahorros, y entonces, con un nombre fraguado y la vergüenza latente, publica un anuncio: “Joven culto, serio, de temperamento artístico, dueño de un infinito caudal de cariño, desearía relacionarse con señora o señorita seria”. Y agrega una preferencia. Sería conveniente que quien se postulase gozara de un pequeño capital o alguna renta. Nada ocurriría, sin embargo, si a la trama no se sumasen Cupidum SRL y sus gerentes, el señor Mario y el comisario retirado Cabrera, intermediarios modélicos en su rol de ventajeros y extorsionadores. Es esta la empresa que contacta a la pareja y la que, en otro plano, urde la estafa. Se trata, sobre todo, de endeudar al incauto. 

La necesidad y el desencanto que atenazan a Ventozzi, cierta elusiva ambigüedad con la que se construye el personaje de la señorita Güemes, los secretos, las mentiras y alguna escandalosa perversión —¿hay algo entre ella y su sobrino?— envuelven su relación en una espiral de nerviosismo y ardides, deseo y humillaciones, que la encauzan página a página hacia el policial: narrada en primera persona por un atónito Ventozzi, tres o cuatro años después de ocurridos los hechos, el relato se parece a la expiación de un crimen. 

A veces un poco sosa, a veces algo desprolija, cosas que acaso no sean más que la forma de expresar el alma simple y artística que atesora en su seno el narrador, insistente en la anticipación del suspenso —“esto no es nada comparado con lo que pasó después”, asegura en varias ocasiones—, la novela aparece envuelta en un affaire que es algo así como otra intriga, reconstruido como marco histórico y de apreciación en el “Prólogo”. 

Luz era su nombre fue galardonada con el primer premio —y cien mil pesos— en un certamen para novelas inéditas organizado por el diario La Nación en 1961. Entre los miembros del jurado se encontraban Borges y Bioy, que —según apunta Jarkowski— la eligieron gracias a que pudieron juzgar a sus personajes “como si fueran reales”. Frente a una revelación de este tipo, uno se pregunta cómo es que la atmósfera sórdida, las variables de una economía de las relaciones amorosas que sutil pero descarnadamente inciden en el vínculo desde el comienzo, la sentimentalidad exacerbada y el autoexamen psicológico que le dan un tono de expresividad inequívoco a la novela, casi en las antípodas del mero hecho sintáctico, la hacen sin embargo elegible para unos jueces que, desdeñosos de los valores del realismo, se suelen afiliar al partido de la narrativa de evasión. ¿Premiarla fue también alguna clase de juego? ¿Acaso sospechaban que, como sugiere Jarkowski, la autora de la novela, una docente secundaria con un título de grado en filosofía y ciencias de la educación, firmó el original en nombre de otros dos? ¿Acaso sospechaban que los hermanos Canto, Estela y Patricio, eran los verdaderos portadores de esta Luz? ¿Era tan difícil, como insinúa Bioy, encontrar “una buena” entre todas las presentadas al premio? Las biografías de los implicados y sus vínculos personales abren y no cierran una colorida gama de hipótesis y conjeturas, casi de la misma calidad que las que entrelaza la novela, que le agregan una posdata jugosísima. ¡Qué fantástico resulta en ocasiones el subgénero de las obras galardonadas con los más serios premios literarios! 

 

Silvia Moyano del Barco, Luz era su nombre, FCE, 2026, 126 págs.

18 Jun, 2026
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