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Ocho mil caracteres

Varios autores

LITERATURA ARGENTINA

Esta nueva edición de Ocho mil caracteres, la antología digital que reúne una veintena de relatos de los miles que se presentaron a la convocatoria del Premio Itaú, ofrece al lector un sugestivo repertorio narrativo —la variedad temática y la calidad en la resolución entre sus estandartes—, en el que la adecuación a la consigna de la brevedad tiene, precisamente, el componente exacto de nocaut que Cortázar le atribuía al género.

Reunidos en cuatro diversas categorías, los relatos de la sección “Escritores” son, tal vez, los que más interés despiertan. Todos, desde luego, tienen lo suyo, pero aquí hay —digamos así— un plus que incluso podría pensarse como algo cuya entidad aún está en ciernes. Quienes la integran tienen, casi todos, entre treinta y cuarenta años y, dada la índole de sus trabajos y la minibiografía que los acompaña, uno puede pensar que esta participación es como el umbral de una ratificación cercana. Allí están los cuentos que, por su dinámica, apelan a la acción y al movimiento —“La motito”, de Leonel D´Agostino— y los que, por esa misma estructura interna, se recuestan más sobre una veta reminiscente —“Mirar una piedra”, de Santiago Craig—. Otra historia despliega, amén de su intensa temática, una rigurosa estructura especular —“Hacer de ello una costumbre”, de José Trevisani— y otra hace un uso apropiado de la intertextualidad virtual para aportar cierto lujo descriptivo a un cuento de buena factura: “La mosca en la sopa”, de Evangelina Caro Betelú. El relato ganador, “La franela amarilla”, de Belén Sigot, es una delicada aproximación al mundo del rito familiar y los muertos, que al estar narrado cerca de la perspectiva de una niña pequeña podría ubicarse en una localidad como la Coronel Vallejos de Puig, al tiempo que parece revisitar el extraño universo infantil de algunos cuentos de Silvina Ocampo.

A su turno, no deja de ser estimulante leer los relatos del grupo de narradores sub-dieciocho que, más allá de los déficits que se les pueda imputar, se muestran muy aplicados en la reivindicación de un género o una herencia narrativa, ya se trate del policial de enigma —“La tragedia de Menlove Gardens”, de Ramiro Goñi— o de cierta alucinante imaginación —“Y la ardilla entró por la ventana”, de Anto Jiménez Varas—. Sorprende aquí “Conclusiones infalibles”, de Facundo Venencio, un cuento que, en un brevísimo lapso, conjuga una tensa relación familiar, un vicio matemático y cierta manía adolescente, y que concluye en gran forma. En absoluto desentonan los cuentos que se presentan bajo los rubros “Clientes” y “Colaboradores”, concebidos por autores cuya participación denota tanto una cuidadosa ejecución como una robusta formación lectora.

Con representantes de los cuatro países en que se lanzó la convocatoria, esta antología descubre un fresco mural de la narrativa sudamericana reciente. El barniz, también, lo aportan esas últimas páginas que recogen las opiniones de jurados y miembros del comité de lectores: un desacostumbrado bonus track en la tierra de los concursos literarios, útil para observar criterios, aceptar o debatir posiciones.

 

Ocho mil caracteres. Premio Itaú de Cuento Digital 2014 organizado por Grupo Alejandría, Fundación Banco Itaú/Grupo Alejandría, 2015, 169 págs.

11 Jun, 2015
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