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Qué hago con la noche

Gustavo Álvarez Núñez

LITERATURA ARGENTINA

Gustavo Álvarez Núñez es periodista, editor y poeta, pero, esencialmente, es músico. Un músico formado por la tradición de las viejas y buenas canciones del rock nacional. Por eso, cuando escribe su novela Qué hago con la noche, parece estar componiendo una canción, como si se moviera dentro de la clásica estructura de tema-estribillo-puente-tema-cierre. Claro que la novela no se presenta con esta forma, sino bajo otra cuyas secuencias y ritmos son similares: la pelea de box. Son once capítulos a los que se llama “rounds”, más la vuelta final, la del knock-out. Hay que ser capaz de decirlo todo, entonces, en tres minutos —lo que dura una canción o un round—. 

El combate empieza con toda la adrenalina posible, la violencia verbal es tan elevada que hasta causa rechazo en el espectador (el lector): Sabrina aplica golpe tras golpe sobre su pareja (“inválido mental”, “judío arrastrado”, “incapaz emocional”), pero él no se queda atrás (“tilinga provinciana”, “parásito corporativo”, “criatura del mal”). Los contrincantes no necesitan medirse, ya se conocen, esta es la revancha, el final de su segunda convivencia después de que la primera terminara con Gervasio en la lona tras ser volteado por un golpe de ella en la rodilla con un bate de béisbol. 

Salvo el round del empate, ese que retoma los hechos de aquel primer combate-convivencia, los dos rincones se reparten la narración: dos rounds son para Sabrina y cinco para Gervasio. En el medio, también hay un round de transición para cada uno —el necesario cambio de aire de los boxeadores para poder seguir—, cuando ciertos hechos cotidianos les traen reminiscencias del pasado. De acuerdo con este recuento arbitrario, Gervasio parece dominar el encuentro. Sin embargo, es alguien derrotado antes de comenzar: “era un hombre agotado”. Viene de dejar el trabajo que lo llevó de gira por el mundo acompañando, como parte de la producción, a grupos internacionales de rock. Ese trabajo marginal en la industria es la expresión de su fracaso: él es el que no pudo ser músico, mucho menos una leyenda, y por supuesto, no deja ninguna obra para la posteridad. Pero momentáneamente parece haber una salida: sus deseos, expectativas, intentos, frustraciones, compromisos, experiencias sedimentan en un saber que se vuelve concreto y decanta en el dictado de un seminario sobre rock. Allí, cuando el conocimiento y la pasión pueden volcarse hacia los otros, puede también vislumbrarse la posibilidad de una redención: el rockero frustrado se vuelve el Profesor que, por lo menos, tiene una teoría. ¿Qué es el rock? Es “la fantasía de tener una vida diferente a la esperada […] un modo de mirar el mundo entre anarco y displicente […] forma política pero sin autoridad política […] forma religiosa pero sin autoridad religiosa”, cuya expresión musical es la canción, ese espacio de consuelo, identidad y comunidad. 

Pese a todo, no hay finalmente redención para Gervasio. En el que sería el último round de la novela, madura el knock-out. Lee un breve ensayo que le acercó una alumna —“La joven promesa”— y pierde definitivamente. Escrito para el tío de la chica, se adecua perfectamente a él no solo porque los dos tenían todo para triunfar y no lo hicieron, sino porque ambos nacieron el mismo día que el rock argentino: 3/7/67, primera edición de “La balsa”. 

¿Es que entonces, siguiendo la serie de analogías que formula la novela, el rock nacional también habría fracasado? ¿Es eso lo que nos propone pensar Álvarez Núñez, quien se ocupa frecuentemente de hacerlo bajo otras disciplinas? ¿Aquello que tal vez no admiten plantearse ni el periodismo ni la historia?  

 

Gustavo Álvarez Núñez, Qué hago con la noche, Tusquets, 2025, 240 págs. 

5 Mar, 2026
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