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Sería infructuoso partir de la premisa de que Esta parcela de Guadalupe Santa Cruz (1952-2015) es una novela. Esto no dice nada más que la inserción en una tradición de la que la escritura de Guadalupe Santa Cruz se intenta desprender. Los destellos de certeza que la narradora chilena nos entrega en este libro póstumo descentran el problema del tiempo del relato y la secuencialidad para abocarse a otra forma de estructura. Santa Cruz nos invita a que el relato sea como un cuerpo acéfalo. El yo solo aparece como unidad en la medida en que se está deshaciendo. La merma del cuerpo, del cabello, del habla. La cantante sin voz que es la narradora registra el proceso de perderse con minucia y una lógica propia que se declara negativa a la explicación. “No me pidas explicar el acá y el allá, uso sus bastones para avanzar rápido. No me preguntes por dónde comienza […] No lograré dibujarte un mapa, no”.
Santa Cruz establece una relación entre continente y contenido alterada. Parcela es el cuerpo, parcela la sala común, parcela la vegetación desbocada de los jardines. ¿Quién habita esa parcela? ¿Es la parcela lo que habita? ¿Es la enfermedad una parcela? Una metonimia vuelve una cosa su estructura, todo nombre opera más allá del nombre perdiéndose unos dentro de otros como en un juego de muñecas rusas que hacen y deshacen su relación de jerarquía. Se concluye que las cosas que se pierden en la escritura, en “este ejercicio prolijo de trasvasar las palabras”, como lo describirá la narradora, son las que importan. Pero algo se consume y disminuye: “Peligro yo al escribir”, anota la cantante. En la letra siempre algo se va y es la oportunidad para hacer notar el aire y la vacuidad, el ritmo de la espera que pareciera dominar esta prosa, y es el yo el que aquí queda diferido.
Paciente es quien espera y quien padece. Paciente el yo que asiste a la intervención de su cuerpo que ahora parece un lugar desconocido. Una enfermedad contamina el habla, interrumpe, hace mella de la idea de presencia que se encarna en la voz. De ahí en más es la escritura la que acompasa el lugar del cuerpo, de la materia presente. La escritura como un espaciamiento de la palabra hace a la voz padecer otro tiempo.
Esta parcela es la locación, la porción pequeña del lenguaje que resiste al desprendimiento. En su parcela Santa Cruz se resiste al mapa y al índice, y con ello a la unidad libro. Esto nos obliga a entrar de maneras oblicuas a la voz que viene, va, se interrumpe, sabe mirar al yo desde afuera y también por dentro.
Santa Cruz entabla diálogo con Pascal Quignard para hablar del tarabust. Este verbo rescatado por el filósofo francés es más parecido a una obsesión que a una idea. Definido por él en El odio a la música como un “grupo de sones asemánticos que turban el pensamiento racional al interior del cráneo y al hacerlo despiertan una memoria no lingüística”, el tarabust precede a la gramática y la grafía, acecha como un fantasma, como el síntoma que interrumpe. “Trino, esa es la palabra. Ese el sonido de la palabra y de la palpitación ligera, movediza, de esa naturaleza alada que agita cuerdas en el aire, que es en sí misma la cuerda sonora, el nervio acústico revoloteando en ese anonimato que llamamos naturaleza”, señala la narradora.
Como el tarabust, en Esta parcela hay algo que se instala en un cuerpo sin voz y persiste en la obsesión de registrar la pérdida más allá del lenguaje. La narración de la cantante es un trino que palpita y se desplaza, agita el pensamiento, el oído y la visión. Escritura en un sentido ampliado, que precede al concepto de alfabeto: la huella que produce el signo de todo cuerpo. El cuerpo es en efecto la gran y pequeña escala de la parcela: el silencio, la música, la grafía son en relación a su movimiento. Como en un sonar, toda palabra sirve para detectar el límite en que el cuerpo se constituye y se devuelve como forma al mundo.
Si cuerpo y jardín son finitos, como escribe la cantante, es porque en ellos habita algo común: la posibilidad de exponernos a la finitud. Su contagio es todo abierto. El límite es permeable en la precisión de sus rasgos. Continente y contenido no se pueden separar porque existen en la medida en que juntos hacen mundo. En la escritura algo de cada cosa se pierde y es esa juntura la que funda la significación. En la enfermedad, como en la escritura, la paciente se resigna a la merma.
Santa Cruz nos propone un registro de esa merma, la pérdida sin la cual no habría escritura. Una semántica brotada de bulbos que obligan a la voz a zumbar como un trino, turbar el pensamiento, escribir otras formas de perderse.
Guadalupe Santa Cruz, Esta parcela, Mar de Fondo Ediciones, 2025, 142 págs.
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