LITERATURA IBEROAMERICANA

“Lleno de triste insolencia está este libro”. La cita pertenece a Víctor Shklovski, a su autobiografía, pero, como sucede con los buenos textos, resuena en la lectura de este extraordinario libro de crónicas sobre Cuba, escrito en un contexto que guarda muchas similitudes con el del autor ruso, como el haber atravesado “el sueño de la revolución como una novela inconclusa”.

Y en estos textos, por donde desfilan personajes de una tragedia personal y colectiva, Carlos Manuel Álvarez se propuso exhibir una “puesta en escena de un país” único, el último reducto de la Guerra Fría. Para eso, eligió enmarcarlos entre dos momentos clave: fines de 2014, cuando Cuba y Estados Unidos reanudaron relaciones diplomáticas después de cincuenta y tres años, y finales de 2016, con la muerte de Fidel Castro, el personaje histórico convertido en epónimo de su país. Una parábola del fin de una época histórica que forjó el esquema mental y lingüístico —es decir, ideológico— cubano durante el último medio siglo, hecho de consignas épicas y que el autor siente, es hora de enterrar.

“Nada es más duro que ser hijastro del tiempo”, se lee en el epígrafe que abre el libro. Y es este lugar marginal, de quien no es heredero, el elegido para escribir. Un lugar habitado por un “nosotros” —personajes y autor—, moradores de ese “parque temático” de la revolución que ni el relato oficial ni el contraoficial han podido abarcar.

En un libro narrado con la maestría de aquellos textos que llamamos clásicos a falta de un adjetivo que designe a los mejores, sus criaturas desfilan bajo la amorosa mirada de Álvarez: un beisbolista de élite que regresa a la casa de su infancia y a su vida campesina; una figura del arte conceptual en su enfrentamiento con la invisibilidad del poder burocrático; un enfermero internacionalista, ejemplo oficial de altruismo que muere del mismo mal que fue a combatir; la despedida popular y masiva al director de los Van Van —“el corazón de Cuba está estremecido”—, la orquesta cubana que acompañó el devenir del último medio siglo; un músico y poeta disidente y de culto, “el Toulouse-Lautrec de la trova cubana”, que eligió no ser un epígono de Silvio Rodríguez; miles de migrantes desesperados en travesía por Centroamérica;  un prófugo del FBI, personaje de un western anacrónico; una ex bailarina habitante del mayor basurero municipal; suicidas, traficantes al por menor, balseros, borrachos, travestis y policías cuyo enemigo no es la inseguridad sino la rebeldía; pobres de todo, habitantes de un exilio interno y protagonistas de escenas que el autor recorta magistralmente y en las que lee los signos de una sociedad domesticada y decorosa —“pueblo grogui y hermoso”— que ha renunciado a cualquier tipo de perspectiva.

Y la palabra revolución, siempre en mayúscula, como si se hubiera transformado en un sustantivo propio, quizás el nombre de ese plural con el que este notable escritor y periodista eligió narrar a su país y el nombre de algo que en Cuba es casi una presencia física y que la definió de una vez y para siempre.

 

Carlos Manuel Álvarez, La tribu. Retratos de Cuba, Seix Barral, 2017, 304 páginas.

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