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Albores

Dino Saluzzi

MÚSICA

Dino Saluzzi vuelve a sacar un disco de bandoneón solo a sus ochenta y cinco años. Albores es el tercero de su carrera. Los anteriores fueron su debut en el prestigioso sello alemán ECM —con el que grabó casi veinte discos—, Kultrum (1983) y, años después, Andina (1988), cuando ya se había instalado en Europa de la mano del jazzista George Gruntz y se había convertido en un referente que capturaba la admiración de Miles Davis, Charlie Haden, Al Di Meola y de compositores del Este europeo como Arvo Pärt.

“Quise charlar nuevamente a solas con el bandoneón. Pero no hablo yo, habla él. Es un trabajo dedicado a los más jóvenes, para que descubran nuevos caminos. Lo siento como una dinámica, algo vivo. Una dinámica errante”, dijo apenas se conoció su Albores, señalado en el viejo continente como uno de los discos del año.

El disco llega para confirmar que Saluzzi sigue más vital que nunca. El salteño nunca fue de aquellos que lanzan un disco por compromiso comercial. Y mucho menos de repetir lo que venía haciendo. De hecho, su anterior álbum, El valle de la infancia (2014), tal vez uno de los mejores de su vasta trayectoria, no se parece en nada a este. La apertura a nuevos desafíos es parte de su programa de acción.

Considerado como uno de los mejores bandoneonistas en el plano internacional, al punto que la crítica lo ubica al lado de Astor Piazzolla —“un grande, pero nunca se salió del tango”, lo define el salteño—, Saluzzi desafía las formas tradicionales del folklore y el tango, géneros que supo cultivar en sus comienzos —desde las zambas carperas de su padre, Cayetano Saluzzi, pasando por Los Chalchaleros, Alfredo Gobbi y Enrique Francini, entre otros—. “La etiqueta es una forma de control”, ha dicho alguna vez, rebelándose ante todo tipo de clasificación, y eso lo llevó a abrevar de otros universos, del jazz a las músicas de tradición escrita.

Albores se escucha como una especie de ofrenda y a la vez de manifiesto artístico. Puede visitar el barroco europeo y la música popular argentina y el imaginario sonoro de su infancia, pero siempre en una atmósfera íntima, confesional. El estilo Saluzzi, más despojado que nunca, a veces sostenido en su infaltable rubato, tiene su propio esplendor: arquitecto de un sonido limpio y corpóreo, riquísimo en variaciones, construye un fascinante tour de force.

Saluzzi regresó hace unos años luego de vivir durante décadas en Europa. Aún no ha sido reconocido cabalmente como compositor. Sigue siendo, más bien, considerado un gran intérprete que maravilla con su fraseo y su estela melancólica. Albores, en su totalidad, se escucha bajo una textura sacra, deliberadamente religiosa, aunque no faltan los toques andinos, milongueros y, en efecto, su particular sello de fina improvisación. El álbum se abre con “Adiós Maestro Kancheli”, un homenaje al compositor georgiano Giya Kancheli, fallecido en 2019. Prevalece en varios temas una atmósfera evocativa. Al igual que un pintor con el óleo, el músico salteño traza pequeños —y deslumbrantes— senderos sobre el espacio sonoro, de manera tal que el oyente vaya completando su propio recorrido perceptivo.

Entre escenas de pequeños pueblos de infancia y de los barrios obreros de la Buenos Aires que conoció en los años cincuenta y sesenta, se destacan temas como “Don Caye. Variaciones sobre obra de Cayetano Saluzzi”, “Ausencias”, “Según me cuenta la vida” —que refiere a “Milonga del forastero”, incluido en Para las seis cuerdas, de Jorge Luis Borges— y “Ofrenda-Tocata”, un cierre de doce minutos con citas a Bach, condimentado por una flexibilidad rítmica y tímbrica que siempre es un retorno a sus orígenes. “En Camposanto, mi pueblo, se escuchaba cantar a ranas y sapos con sorprendente polifonía, con gran belleza de ritmos, con unos tonos y colores que no dejaban de impresionarme”, dijo alguna vez.

Un nuevo disco de Saluzzi, hacedor de sintaxis, como llamaba Gilles Deleuze a los creadores. Tan audaz como irreverente, Albores es la llama viva de un estilo singular e inimitable en una música que es un poco todas las músicas y, tal vez, ninguna de ellas.

 

Dino Saluzzi, Albores, ECM, 2020.

 

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