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En el final de aquel verano interminable

Gerardo Gandini

MÚSICA

Gandini permanece. Han florecido los conciertos y recordatorios a diez años de la muerte de un compositor que ha dejado su marca en la música de tradición escrita argentina y, también, más allá de sus limitadas fronteras. Digamos que solo sus dos óperas, La casa sin sosiego, estrenada durante los días de consagrada impunidad, y La ciudad ausente, bastarían para tenerlo como referencia ineludible. La primera contó con el libreto de Griselda Gambaro. En el caso de la segunda, selló su complicidad con Ricardo Piglia. Pero, además, quedan de Gerardo Gandini numerosas obras instrumentales, especialmente para piano, como mundos llamados a ser visitados.

La cuestión de la “permanencia” obsesionó al joven Pierre Boulez cuando decretó, en los cincuenta del siglo pasado, la muerte de Arnold Schönberg y la actualidad de su antagonista, Igor Stravinsky. Boulez actuaba con aires de mandarín y provocador en el cenáculo de posguerra. Sus escritos, de carácter programático, como lo fue “Stravinsky demeure”, pero también prescriptivos (el que no utilizaba la serie para componer era un idiota), tuvieron lectores atentos y devotos más allá de Europa. Gandini fue uno de los primeros en advertir que esas páginas ya eran hojarasca al cruzar el Atlántico. Y también detectó pronto, a fines de los sesenta, el cansancio de las llamadas vanguardias académicas. La estética de tabula rasa que intentaba borrar la memoria musical bajo el peso victorioso de la estructura y la matriz había resultado tan infértil como soporífera.

Ezequiel Grimson y Pablo Fessel se han propuesto recopilar buena parte de los textos de Gandini en un intento de anclarlo en el presente, por fuera de las celebraciones. En el final de aquel verano interminable, editado por Gourmet Musical, nos presenta a un artista perspicaz que apuesta también por la palabra. Es irónico, polemista, incitador y, además, dueño de una escritura capaz de eludir los lugares comunes de la especialización. “Era un gran lector, uno de los mejores que he conocido”, lo define Piglia en un prólogo iluminador. En el final de aquel verano interminable fue un jocoso proyecto narrativo de Gandini, suerte de “novela conceptual”, según Piglia, disponible a aquellos que quisieran sobrepasar aquello que el título proponía. La escritura, ahí, como una posible carrera de relevos. La música lo era también en un sentido. Lo es.

Un día Gandini se cansó del pasado inmediato y entendió que la historia era un enorme yacimiento, el trampolín ineludible para dar saltos hacia adelante. Y no dejó de discutir con un modernismo con fecha de vencimiento. “La etapa de experimentación y descubrimiento de nuevos materiales está agotada”, decía en 1978, y se derrumbaba la estatua de Juan Carlos Paz, quien había fallecido seis años antes y era considerado el padre del progreso inexorable y el cosmopolitismo reverencial. “No se puede decir que la música de Paz sea mala, pero se puede decir que es fea”, señalaba el autor de Impromptu para piano y orquesta, obra poderosa, de comienzos de aquella década. “Están los que han hecho el camino del dodecafonismo, han transitado el serialismo integral y se han sumergido en los laboratorios electrónicos y la computación. Son puristas: aquellos para los que todo acto creativo debe tener un sustrato racional; aquellos que elaboran gramáticas para lenguajes que a veces se agotan antes de que estas prácticas puedan aplicarse”, sostenía en 1984. Nunca se apartó de esas ideas. El rechazo a la fantasía metonímica lo llevó, con razón y sin razón, a polemizar durante sus últimos años con los fetichistas del ruido y las técnicas extendidas.

“El compositor tiene asumido lo de que vivir en el Sur también existe, lo eligió y sabe que por eso carece de ciertas cosas que hacen más estimulante la vida de un compositor en el Norte”. Hay en esas palabras de 1986 algo más que aceptación: una responsabilidad y, si se quiere, una enseñanza práctica. “Si en algo no podemos ser subdesarrollados es en la creatividad, en la utilización exigente (autoexigente) de la libertad”. No habría habido escena sin un superyó (y una necesidad mínima de goce) tan elocuente.

Fue el gran crítico y ensayista Federico Monjeau quien detectó la centralidad de Gandini en los años noventa. Se convirtió en el principal y entusiasta divulgador de su modus operandi, sintetizado en Eusebius (1984-1985), una pieza orquestal que filtra la homónima de Robert Schumann y la transforma en otro objeto. Reescritura, borrado, superposición, proceso proliferante, corte, asociación, fundido, diría el compositor al explicar su maquinaria. Y añade “deconstrucción”, acaso con Jacques Derrida en su mesita de luz (hay que decirlo: Gandini fue posmoderno, en el mejor de los sentidos, si los hay, antes de que se cayera el primer edificio de Le Corbusier).

En “Del recato y otros pudores, reflexiones sobre el oficio de componer”, de 1997, compendia con soltura y pinceladas de humor sus ocasionales digresiones de años. “¿Es el placer un componente necesario de la escucha?”. Y sentencia: “Estamos convencidos de que todo eso que se llama música contemporánea es un gran error histórico” (y ajusta cuentas con el mandarín Boulez, lo condena al basurero de la historia de la técnica). Lo dice desde adentro, un grito que estalla dentro del propio campo, y que todavía resuena y conmina a ser respondido. Muchos de los textos reunidos en este valioso libro son algo más que una nota al pie. Gandini se nos presenta como un modo de intervención y circulación. Criticó el rock, del cual conocía poco o nada, y al mismo Astor Piazzolla. El destino le guardó una ironía: tocar en el grandioso sexteto del bandoneonista y entablar una amistad con Fito Páez (los arreglos de algunas de sus canciones son francamente olvidables). Apostillas apenas de una trayectoria que llama, diez años después de su muerte, a ser discutida y pensada. “El compositor puede mirar hacia atrás, no puede volver atrás; no puede esperar al medio, puede intentar modificarlo”. ¿Quién podría ser indiferente a esta exhortación de hace cuatro décadas?

 

Gerardo Gandini, En el final de aquel verano interminable, prólogo de Ricardo Piglia, edición a cargo de Ezequiel Grimson y Pablo Fessel, Gourmet Musical, 2023, 208 págs.

 

30 Mar, 2023
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