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MÚSICA

“Todo camino puede andar”.  “Cantata de puentes amarillos”, de Luis Alberto Spinetta, comienza con esa certeza que se reafirma sobre el final de la canción, cuando elige siempre el “mañana” por sobre un “pasado” mejor. Spinetta la dio a conocer en 1973. El horizonte de expectativas era entonces muy grande en la Argentina. Cuarenta y ocho años más tarde, cuando el futuro se presenta como problema y el presente es una amenaza, Diego Schissi y su Quinteto les dan una vuelta de rosca a esos dilemas. No eligieron la “Cantata…” sino otra perlita de Artaud, “Por”, para postular una posibilidad de escape a las encrucijadas y encerronas. El disco se llama Te. Para aquellos que quisieran detenerse en este párrafo y empezar sus derivas en Internet, digamos antes que se trata de una verdadera proeza musical. Y si no estuviéramos tan intoxicados por la jerga conmemorativa —el centenario de Astor Piazzolla—, podríamos considerarlo un acontecimiento. El objeto de esta era pandémica que todavía no concluyó.

La historia, dice Stephen Dedalus al comienzo del Ulises, es una pesadilla de la que estamos intentando despertar. Pocos años después, Walter Benjamin proponía “cepillarla a contrapelo”. La historia era para él objeto de una construcción. Su lugar no era el tiempo homogéneo y vacío, sino el que estaba lleno de “tiempo del ahora”. Desde hace décadas, buena parte de la mejor música escrita es la que salta dialécticamente hacia el pasado para luego dar un paso adelante, a veces gigantesco. Esa forma de avance ha descartado la ilusión de un “punto cero” inaugural. El progreso y la diferencia encuentran sus embriones en lo ya realizado. Tocar tango y en un quinteto que, además, tiene un bandoneón ya lo ubica a Schissi dentro de un linaje. Esa pertenencia está lejos de limitarlo o de convertirlo en cultor de gestualidades inventariadas. Timba, Tongos y Tanguera, grabados años atrás, ya son blasones musicales, un reconocimiento de que si bien no “todo camino puede andar”, todavía hay espacio para recorridos originales y conmovedores.

Dijimos que Te se ancla en “Por”. Schissi, que también ha visitado a Charly García, encontró en esa canción de Spinetta de cuarenta y seis sustantivos y una única preposición un disparador que, por ahora, se materializó en diecinueve composiciones. El pianista obró como si fuera un miembro lejano de Oulipo, aquel taller de “literatura potencial” que reunió en los años sesenta a Raymond Queneau y Georges Perec y que, en la actualidad, integra a un argentino, Eduardo Berti. Fue precisamente Por, el libro de reescritura que hizo Berti de la canción, el que le ofreció un marco a Schissi para llevar adelante su proeza junto con su quinteto portentoso. Santiago Segret (bandoneón), Guillermo Rubino (violín), Ismael Grossman (guitarra) y Juan Pablo Navarro (contrabajo) son pilares que le permiten al compositor no sólo dar rienda suelta a su desbordante imaginación, sino también abrir la puerta para que ellos completen o enriquezcan la partitura.

La matriz del Quinteto es el tango, pero entra y sale de sus fronteras, las expande y dilata sobre una certeza compartida: el pasado es actualidad en la medida en que amplía sus nutrientes. Se nota que Schissi tiene una enorme curiosidad por mucho de lo que sucede más allá del género. Su piano puede bascular entre la roña del “dos por cuatro” y los territorios distantes que reclaman otras pericias. Los campos de referencia son variados (el jazz, el rock y la llamada música contemporánea) y nunca aparecen en estas piezas como incrustación forzada. La paleta de recursos tímbricos del Quinteto es enorme. También su plasticidad. Basta escuchar la homorritmia que da comienzo al disco: “Árbol” no sólo es el nombre de un tema de pulsación arrasadora, sino además la promesa de una arborescencia. Te crece hacia arriba.

Te ofrece continuidades (lo que ha sido este Quinteto) y avances. Quisiera seleccionar una de las pistas, una, al menos, y se me hace difícil. El disco es un aparato conciso, unificado y, si se quiere, conceptual, aspiración que por años bailoteó en los labios de compositores de distintas tradiciones y que el algoritmo terminó por inhumar. “Riel” se arma a partir de un pedal, un dispositivo virtuoso y sin aliento. “Aproximación” es eso, un acercamiento a materiales ajenos al tango que Schissi traduce, reconvierte con destreza. “Salto” y “Rey” son los momentos de más pureza, recordatorios de que, si bien hay un origen, esa fuente se somete al continuo de la imaginación. Y para demostrarlo llega de inmediato “Insolación”, uno de los puntos más altos de un disco que nunca cae. Los acordes del piano, que en primera instancia remiten al Messiaen del Cuarteto para el fin de los tiempos, sostienen un viaje textural de cinco minutos con estaciones de estremecimiento cuando unas voces fantasmales se mezclan con el bandoneón. Después llega “Gas”. A sesenta años de “Contrabajeando”, Schissi parece reescribir (o refutar) aquella pieza seminal de Piazzolla: la filtra a través del tamiz del siglo XXI. El papel de Navarro, además de tremendo instrumentista y probado compositor, es acá esencial. El contrabajo ha ganado mucho más espacio e independencia de la mano izquierda del piano en Te. Los demás instrumentos también tienen su propio aire. El trabajo de Schissi como orquestador no es menor y basta escuchar el lugar que tiene la guitarra, tan difícil de diferenciarse espectralmente.

Recién en “Nube”, la pieza final, se escucha, a modo de cita, el “Por” de Spinetta. No se trata sólo de una versión rearmonizada: queda en suspenso, como si el disco pidiera volver a ser una y otra vez escuchado, o como promesa de que las veintitrés palabras de la canción que faltan ofrecerán nuevas conquistas, nuevas expansiones, nuevos hallazgos. En ese sentido también, la música de Schissi es, al menos, un hilito de confianza en el mañana.

 

Diego Schissi Quinteto, Te, Club del Disco, 2021.

22 Abr, 2021
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