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Television en el Teatro Vorterix

MÚSICA

Si el estribillo de “Prove It” no cacarea (en Vorterix ni se oyó), es como si faltara un instrumento. Ese gimoteo nasal, que Tom Verlaine desenreda de los tejidos de guitarras en su clásico de garage progresivo “Marquee Moon” (1977), llega a ser tan esencial que hasta se loopea al final de “See No Evil”. Basta repasar el “Ay Tray, Ay Tray, Ay Tray” en su versión live de “Satisfaction”, para entender desde otro ángulo la frase con que Simon Reynolds define el rock de los neoyorquinos Television: “Sublimated Blues”. Más que la turgencia del género negro adoptada por un adolescente blanco como pose contracultural, acá lo que importa es la destilación de un quejido. Menos aún, la soltura corporal de una banda lubricada y lúbrica como la de Jagger. Más bien, la tensión intensiva (sharpness, “agudeza” sería la palabra) de un obsesivo que reinventó el rock a dos guitarras. En este sentido, el de la “neurodelia”, Television se emparenta profundamente con Talking Heads y Devo.

Al Television redux que vimos en Colegiales le faltó elevación y fricción: estaban poco inspirados y bastante disociados. Lo que el irreemplazable guitarrista Richard Lloyd describió como “sinergia telepática” entre los instrumentistas brilló por su ausencia. Su suplente, Jimmy Rip, se limitó a reproducir lo mejor que pudo el legado de Lloyd. Pero muchas veces Verlaine doblaba sin poner luz de giro y Rip se perdía. Y la base no siempre mantenía el groove y la gravidez necesarios. Como lo subrayaron las reseñas, el hecho de que Verlaine fuera un guitarrista entrenado en Coltrane y blablablá nos imponía atención en unas notas anodinas, arrojadas sin feeling, sobre supuestas plataformas de jam. El superyó periodístico insistía: “Como el tipo sabe lo que hace, tenés que escucharlo”. Pero no pasaba nada.

Una obra maestra como “Marquee Moon” superó a sus creadores. Por eso, van a someterse a revivificarla para noviembre en Inglaterra. Ese álbum perfecto les impone una puesta en escena de banda, un desafío de ejecución, que poco tiene que ver con el piloto automático de Vorterix. ¿Qué es ver un show de un rockero del pasado, tras el bochorno de Chuck Berry (86 años) en el Luna Park? Berry 2013 representó la frontera final de la fantasía del Rock 2.0 como museo vivo: lo que viene después es el holograma. Y se viene. Como buenos ejemplos extremos del diagnóstico, pensemos en Bob Dylan e Iggy Pop: uno perfeccionó un “estilo tardío”; el otro dramatiza su lucha contra el paso el tiempo. Hoy, que las bandas deben volver a tocar porque no venden discos, ¿por qué deberíamos adaptarnos como consumidores irreflexivos a la nueva economía rockera, que consiste en autocastigarse pagando caro recitales mediocres porque la música se baja gratis? Esto incluye un juego de la mente: completar imaginariamente con nostalgia lo que el escenario no da.

Entonces, ¿para qué ver a Television hoy? ¿Y si escuchamos con auriculares “Marquee Moon”, pero vemos en vivo a The Strokes, unos que desguazaron ese álbum para hacer los propios? Ahora, si vemos a The Strokes al aire libre, sin el sonido adecuado, ¿hay algo más que un ritual social con música de fondo? Charlie Watts se quejó del hippismo que sobrevive en festivales como Glastonbury y de la poca música que realmente se puede tocar al aire libre. Lo declaró antes de entrar en un pub del Soho londinense, donde suele tocar con su banda para unos jazzeros incurables.

 

Television, Teatro Vorterix, Buenos Aires, 23 de abril de 2013.

9 May, 2013
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