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Encerrado en la cinemateca total

CINE

 

Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, Estados Unidos, 2009). Dirección: Quentin Tarantino.

 

Dos tramas opuestas en su afinidad. En la primera, cinco cazanazis israelíes, cuatro de ellos sobrevivientes de los campos, encuentran a un Hitler anciano y medio gagá en un refugio desastrado del Amazonas; exhaustos y confusos después de tres décadas de pesquisas, dudando por momentos del valor de su empresa, lo escoltan a través de la selva hasta un pueblo desde donde esperan que un avión pueda devolverlo al mundo civilizado. En la segunda historia, un comando de ocho soldados norteamericanos judíos se infiltra en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial, a fin de “destripar, desmembrar y desfigurar” a cuanto nazi encuentre. Una historia habla de la trivialización del mal en boca de políticos, magistrados y periodistas (“¿Qué sintió en la jungla, Sr. Hitler?”), deteniéndose a reflexionar sobre el resplandor del “gran arte” durante el apagón del iluminismo. La otra es una carnicería a cuchillazo limpio que empieza cuando el comandante del grupo le exige a cada uno de sus soldados cien cueros cabelludos de nazis (“llevo un poco de indio adentro”) y los arenga diciendo: “No sé ustedes, pero yo no crucé siete mil kilómetros de agua, atravesé a los tiros media Sicilia y me tiré de un puto aeroplano para darles a los nazis una lección de humanidad. Los nazis no tienen humanidad”. Con esos datos, ¿cuál es una novela de George Steiner y cuál una película de Quentin Tarantino?

Pero la respuesta es obvia. Y nadie espera que Bastardos sin gloria, la nueva obra del otrora joven maravilla de Hollywood, sea una lección de humanidad, ni para el caso, de historia. Así como Tarantino es el menos didáctico de los directores, sus películas están libres de los dramas subterráneos de la ideología y la moral. En un sentido, se podría decir que están libres de subtexto, con la salvedad de que en otro son puro subtexto: lo que subyace a su cine es, desde luego, más cine. Mallarmé exageraba al decir que había leído todos los libros, pero puede que Tarantino haya visto todas las películas. Su cinefilia es enciclopédica y hormonal. ¿Hay algún otro director tan poseído por lo que Jonathan Lethem llamó “el éxtasis de las influencias”? Las imágenes de Tarantino rebosan de alusiones gratuitas (Uma Thurman vestida de Bruce Lee), y hasta los detalles de casting están calculados en función de películas anteriores (famosamente, John Travolta en la pista de baile, o David Carradine como sensei en Kill Bill). En cuanto a su trabajo con los géneros, Tarantino linda con la obsesividad autística, aunque también, para ser justos, ha sabido ser regenerador: sin duda la resurrección de las películas de gángsteres en la década de 1990 tuvo mucho que ver con el levántate y anda dictado por Perros de la calle [Reservoir Dogs] y Pulp Fiction.

El género central en las últimas películas de Tarantino es el western. Kill Bill era desde luego un western mechado de artes marciales, y A prueba de muerte [Death Proof ] utilizaba los tópicos del bar, la llegada del forastero, el duelo y la venganza para homenajear a los dobles de cuerpo. Con respecto a Bastardos sin gloria (el título es, a su vez, un homenaje a una película de Enzo Castellari sobre la Segunda Guerra, por supuesto aludida), Tarantino cuenta que quería hacer un “un verdadero spaghetti western, sólo que ambientado en la Francia ocupada por los nazis”. No cualquier western, attenti, sino un spaghetti western, o sea de por sí una estilización. La realidad ha quedado a dos o tres pasos antes de que lleguemos a lo de “ambientado en la Francia ocupada por los nazis”. Tarantino también dice que la película es una pura fantasía, que transcurre en “su” universo y que como tal, juega limpio. Pero gran parte de la incoherencia de Bastardos –que, seamos claros, es una montaña de disparates– se desprende precisamente de sus dudosas reglas de juego. Como historia contrafactual, es caricaturesca; como caricatura, es demasiado realista; como ironía, es insuficientemente reflexiva, y tampoco es una farsa o una parodia abierta. El crítico Michael Wood escribió que “la ironía no es el fuerte de Tarantino, pero la estupidez tampoco es lo suyo”. En realidad, la estupidez es consustancial a la inteligencia de este film, como en los cálculos de un idiot savant. Y tal es la fascinación del director por los tributos (¡la banda de sonido de Ennio Morricone! ¡Los planos a lo Sergio Leone! ¡Las miradas fulminantes a lo Clint Eastwood!), que la “magia del cine” que tanto lo desmaya casi no se produce.

La trama tampoco ayuda a espesar la coherencia, en parte porque hay dos tramas superpuestas y redundantes, como si la película trajera su propio plan B. Los “bastardos”, liderados por el teniente Aldo Raine (Brad Pitt), operan con misterioso éxito desde 1941 (en vano se pregunta uno por qué no los imita el resto del ejército, si no en su crueldad, al menos en sus tácticas), pero la mayor parte de la acción transcurre en 1944, luego de que los servicios de inteligencia descubren que casi todo el alto mando alemán asistirá a un estreno en un cine de París. La idea es destruir el cine con los nazis adentro, con la ayuda de una actriz y contraespía alemana y un espía inglés germanoparlante, que antes de la guerra era “crítico de cine”. Lo que los bastardos no saben es que algo similar se le ha ocurrido a la dueña de la sala, Shosanna Dreyfus (Mélanie Laurent), quien los supera considerablemente en viveza estratégica. Shosanna, una francesa judía que al principio de la película escapa a la matanza de su familia, se propone incendiar la sala usando como combustible su archivo de 350 rollos de películas, de lejos la mejor ocurrencia del director. En este punto, con todo, Bastardos pierde el norte: si un complot para matar a Hitler puede ser una fantasía atractiva, dos en simultáneo anulan la poca credulidad que a uno le queda, además de cancelarse mutuamente como dispositivos de suspenso. Tarantino, mientras tanto, no puede resistir una referencia más, un nuevo momento pop. Cuando Shosanna se prepara para la gran velada del estreno, maquillándose al ritmo de “Cat People” de David Bowie, se nos ofrece una especie de clip ochentoso que recuerda las vulgaridades en montaje de Flashdance. Qué hace ahí la secuencia es un misterio, hasta que uno se entera de que Tarantino siempre había querido usar “Cat People”. Y efectivamente, si se lo piensa bien, ¿qué duda cabe de que la imagen idónea para acompañar la voz metálica del Duque Blanco es una rubia en un mortal vestido rojo aprestándose a incinerar nazis?

Aunque un par de personajes mueran en el intento, ambos planes tienen éxito, y entramos así en un universo paralelo donde no es el desembarco en Normandía lo que decide el final de la guerra, sino el combo hipercalórico de un crítico inglés, una actriz alemana, una proyeccionista francesa y varios figurantes norteamericanos haciéndose pasar por directores italianos. Es de suponer que hay aquí encerrada una alegoría sobre el poder del cine o algo por el estilo, pero uno nunca está seguro de cuál, ni tampoco de que Tarantino esté seguro. ¿Qué hacer, por ejemplo, con lo siguiente? La película que los nazis miran gozosos, riendo a carcajadas cada vez que muere un soldado aliado, es la peor especie de propaganda, pero la escena en que, unos minutos después, los mismos nazis mueren en medio de llamas, tableteos de ametralladoras y sangre brotando a chorros es una fantasía igual de inane, chillona y ridícula. Quizás el paralelo sea un mecanismo de desautomatización, pero lo más probable es que se trate de una versión postadolescente de la ley del Talión, o de que quien ríe a lo último ríe mejor. Y también las “cartas de amor” al cine que Tarantino mecha a lo largo de Bastardos parecen impresiones de muchachito inflamado: Max Linder era mejor que Chaplin, pero Linder nunca hizo una película como The Kid. King Kong es un símbolo de esclavismo. O, en boca de Shosanna, la declaración pomposa: “Soy francesa: respetamos a los directores en nuestro país”. ¡Muy bien por Francia! No tanto por Tarantino, cuyos personajes hablan de cine con el mismo fervor fatuo que cuando discuten sobre canciones de Madonna o Quarter Pounders y Royals Cheeses.

Es un caso de justicia poética que lo mejor de Bastardos venga de mano de los actores, aunque el talento pertenece también a la dirección actoral de Tarantino (es un talento que se repite en cada película y consigue perlas de interacción dramática, incluso cuando no pasa nada, como en algunas escenas de A prueba de muerte). Anthony Lane, del New Yorker, escribió hace unos años sobre Pulp Fiction que lo que hacía del filme un espectáculo fascinante era “la tensión entre las habilidades frenéticas de su creador y la resistencia de sus sujetos a que los traten como caricaturas”. Matizando, uno diría que también Tarantino, pese a sus inmensas simplificaciones, se resiste muchas veces a tratar a los actores como caricaturas. Y esa tensión explica en parte por qué Bastardos, aunque haga agua por todos lados, no se hunde en la monotonía en sus dos horas y media. Los tiroteos, por supuesto, estimulan, pero lo que de verdad mantiene en vilo son los lúcidos primeros planos, la exacta risa nerviosa de Diane Kruger como actriz-doble agente, el descaro de Michael Fassbender como el infiltrado inglés, las lágrimas de impotencia de Denis Menochet como el campesino francés obligado a entregar a una familia judía. Y si hay alguien que se lleva las palmas no es Brad Pitt, siempre confiable en papeles cómicos pero ahora medio estrambótico con su acento de hillbilly, sino el austríaco Christoph Waltz como el Coronel Landa, un nazi refinado y calculador. Landa, sin escapar al tropo del villano, tiene los mejores parlamentos en cuatro idiomas distintos, y Waltz es capaz de pasar de una suerte de cortesía rococó a silencios intimidantes en una misma escena. Nada de lo humano parece serle ajeno a este soberbio actor, una ilusión valiosa en una película que, gran parte del tiempo, da justamente la impresión contraria.

 

Imágenes [en la edición impresa]. Eduardo Navarro, Welcome (2008), dibujo en lápiz sobre hoja A4.

Lecturas. En la colección Reservoir Books, Mondadori publicó este año Bastardos sin gloria. Un guión de Quentin Tarantino.

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